Análisis

Homilía para el 4to Domingo de Cuaresma. “Laetare”

Homilía para el 4to domingo de cuaresma. Laetare

10 de marzo 2024

 

Si reflexionamos sobre nuestra vida de fe y nuestro paso por este mundo, reconoceremos que somos viajeros y peregrinos. Por ejemplo, yo mismo, y algunos de ustedes, estamos lejos del lugar donde nacimos; y a veces tenemos nostalgia de nuestros familiares, de lugares de nuestra infancia o de los primeros años de juventud. Pero como personas de fe, hay un lugar donde podemos sentirnos siempre en casa, sin importar el lugar físico donde nos encontremos.

 

Hoy nos hemos encontrado alrededor de la Eucaristía y este es un verdadero motivo de alegría profunda. Saber que la Iglesia es, o debería ser, una familia, los cristianos reunidos en comunidad somos una nación elegida, esto es: una Nueva Jerusalén; y en cada Eucaristía encontraremos a Jesucristo, nuestro amigo y salvador. Hoy tenemos la oportunidad para renovar nuestra fe en la Eucaristía y nuestra pertenencia al Pueblo de Dios, porque todo ser humano necesita pertenecer a algún lugar y en esta celebración recordamos que la Iglesia es también la Nueva Jerusalén.

 

Por eso deberíamos sentir la alegría, la paz, la esperanza que nos hace repetir en nuestra celebración: “Alégrate Jerusalén”.

 

Hemos llegado al 4 domingo de cuaresma. En este viaje personal y comunitario hemos celebrado el Domingo de Tentación, el domingo dedicado a la Transfiguración y luego el domingo de la purificación del Templo; y hoy, con la Palabra de Dios, reflexionamos sobre la Alegría y la Exaltación de la Cruz. La liturgia nos propone este color rosado solo dos veces al año y hoy con este color alegre podemos orar y decir “Laetare Jerusalem” (Alégrate Jerusalén).

 

Pero mientras peregrinamos a esa Nueva Jerusalén Celestial, muchas cosas pasan en nuestro peregrinaje. A veces nos equivocamos de camino y aunque Dios nos envía profetas, ángeles y señales, desviamos la mirada y como consecuencia nos encontramos en el exilio, en tierras paganas y sin darnos cuenta nos convertimos en esclavos. Tal cual como sucedió con el pueblo elegido en tiempos de Moisés.

 

Sin embargo, Dios tiene sus caminos y a pesar de nuestra traición viene a nuestro encuentro, y hoy la poderosa Palabra de Dios retumba en nuestras vidas. Este pasaje, para mí es como un terremoto, cuando escuchamos: “Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”

 

Con estas palabras entendemos que la salvación es gratuita. Que somos salvados por nuestra fe y no por nuestras obras. Aunque nuestras obras son consecuencia de nuestra fe y Dios, todavía hoy, utiliza nuestros brazos para seguir mostrando su misericordia, su caridad y esperanza a nuestros hermanos.

 

Si nuestro camino de cuaresma carece de fe, nuestra abstinencia se convierte simplemente en una dieta más, nuestra caridad, en filantropía; y la limosna se convierte en reciclaje ecológico.

 

Hoy, ya no debemos mirar a la Serpiente elevada en el desierto -como leemos en el Antiguo Testamento, porque tenemos a Cristo que elevado en esa cruz que redimió a toda la humanidad.

Estamos invitados a elegir la luz y no las tinieblas.

Seguramente en nuestro viaje de la vida tenemos heridas, resentimientos, inseguridades, dudas, miedos, que están en un lugar obscuro. Todas estas experiencias que nos atan a la obscuridad son como piedras pesadas que hoy podemos depositarlas bajo la Cruz, con la seguridad que la Luz de Cristo sana, perdona, consuela y nos devuelve la alegría de vivir.

El mal busca atarnos a las tinieblas y el bien busca liberarnos y llevarnos a la luz. Y nuestra vida acontece en esa dialéctica.

 

Entonces, ¿cómo estamos viviendo la cuaresma? ¿hacia dónde tenemos dirigida nuestra mirada?

 

A veces me pregunto: si tendría que darle un mensaje a mí mismo cuando tenía 18 o 20 años, ¿qué consejo le daría para ser más feliz? Y entonces me doy alguna respuesta importante.

Pero, creo que en este momento de nuestras vidas es más importante y realista pensar, qué consejo nos daríamos nosotros mismos, aquí y ahora para ser personas más luminosas, más alegres, más equilibradas y más serenas.

 

Hagamos nuestras las palabras de San Tomás Moro que cuando rezaba le pedía al Señor:

Dame, Señor, el sentido del humor.

Concédeme la gracia de comprender las bromas,

para que conozca en la vida un poco de alegría y

pueda comunicársela a los demás.

 

Amén.

 

Por Ariel Beramendi