Homilía para el 28º Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C
12 de octubre de 2025
El Evangelio de hoy nos dice que Jesús iba caminando. Solo el viaje entre Samaria y Galilea le habría tomado de tres a cinco días.
Es importante reflexionar que el Hijo de Dios camina entre la gente. No está aislado en algún lugar amurallado ni desconectado de la realidad. Imagino que su piel está quemada por el sol, que sus pies están llenos de polvo y que, quizá, tenga alguna que otra ampolla por el camino largo.
Esta imagen nos recuerda que Jesús está entre nosotros, acompañándonos en nuestro propio viaje. Él no se esconde, o no pasa de largo por nuestra vida.
Además, a Jesús, que viaja por el camino, no le importa nuestra nacionalidad, nuestra condición social, si estamos enfermos o si, para la sociedad, somos considerados imperfectos o impuros. Él ofrece la sanación y la salvación gratuitamente y para todos: judíos, gentiles o samaritanos.
En aquel tiempo, tener una enfermedad en la piel —en este caso, la lepra— significaba ser impuro, estar lejos de Dios y, por lo tanto, ser condenado a vivir en el exilio. Eran personas victimizadas dos veces.
Cuando estos leprosos gritan a Jesús para que los sane, Él los escucha y les ofrece la sanación. Los envía a presentarse a los sacerdotes de la época, y ellos quedan sanos en el camino. Aquí hay una dinámica y un acto de fe muy importante.
Primero, el necesitado busca a Jesús, y Jesús no se esconde, sino que ofrece la sanación. Segundo, el enfermo confía plenamente en Jesús y actúa obedeciendo su palabra.
Pero la enseñanza del Evangelio no termina allí. Tenemos que dar un paso más, porque hay una diferencia importante entre ser sanado o purificado y ser salvado.
En este pasaje del Evangelio, diez leprosos piden ser sanados y todos obtienen el milagro, pero solo uno regresa y reconoce a Jesús como el Hijo de Dios. El Evangelio dice que
“se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias”.
Aquí está la parte más importante, porque Jesús le dice: “Tu fe te ha salvado.” A Jesús no le importó que esa persona fuera un extranjero o un marginado de la sociedad.
Muchas veces nosotros también experimentamos milagros en nuestra vida, pero si no encontramos a Jesús, si no nos postramos ante Él y lo reconocemos como nuestro Salvador, entonces solo somos sanados, pero no salvados.
Pidamos al Señor que en este domingo sepamos experimentar y testimoniar la gratuidad y la universalidad de la salvación de nuestro Señor Jesucristo.
POR PADRE ARIEL BERAMENDI


