Homilía para el 19.º Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C
Domingo 9 de agosto de 2025
Imaginemos una prenda de vestir que tiene un valor especial para nosotros. Tal vez, es el fruto de nuestro trabajo, o un regalo especial, o representa un momento especial de nuestra vida.
Hemos usado ese atuendo con alegría, luego llega el verano, tenemos que viajar, y lo guardamos en un cajón del ropero.
Al regresar del viaje, después de tres semanas, queremos usar ese vestido y cuando abrimos el cajón, vemos que las polillas destruyeron la prenda. La frustración es grande, pero ya no podemos hacer nada. El valor sentimental hacia esa pieza ahora es solo un recuerdo.
En el evangelio de hoy, Jesús nos enseña que allí donde está nuestro tesoro, está nuestro corazón y que no acumulemos riquezas que las polillas se pueden comer.
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La Palabra de Dios hoy nos ofrece muchas enseñanzas, y quisiera centrarme en las frases iniciales de este Evangelio.
Ante todo, Jesús quiere asegurarnos que estamos protegidos por el Señor; por eso dice a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño» y nos recuerda que Dios nos ha dado su Reino y que nosotros podemos entrar en él.
El Evangelio de hoy nos habla de una relación marcada por la gratuidad de parte de Dios. Incluso presenta una imagen que podría escandalizar o parecer absurda para quienes no tienen fe: el mismo Señor —representado en el dueño o patrón de la casa—, cuando ve que sus empleados son fieles, se pone a servirles. Es decir, el Señor se convierte en siervo delante de sus obreros. De allí viene la frase: Siervo de los Siervos.
¿Cómo entender esto? Es la gratuidad y el amor incondicional del Dios cristiano, que siendo Dios, se hizo frágil, se hizo siervo y, además, se entregó en sacrificio para salvarnos.
En esta relación única, escuchamos a Jesús decir: «Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón».
La pregunta hoy es: ¿dónde está tu corazón? Es decir, ¿qué valores o principios guían tu vida? ¿Cuál es tu concepto de felicidad? ¿Cuáles son tus prioridades en esta etapa de tu vida?
La respuesta debe ser íntima, entre Dios y tú, porque Él conoce cada rincón de nuestra existencia.
El consejo de Jesús es claro: no acumules riquezas pasajeras, sino forma un tesoro que nadie pueda robar y que las polillas no puedan destruir.
Las palabras de Jesús también nos recuerdan que nuestra vida misma es un tesoro, porque Dios habita en nosotros desde el día de nuestro bautismo. Todos y cada uno somos un Tesoro. Todos tenemos un tesoro escondido que debemos “trabajar” en nuestra vida interior para descubrirlo.
Ese tesoro es Dios mismo, que vive en el corazón de cada una de sus criaturas. Por eso debemos aprender a amarnos y a vivir agradecidos, porque el Señor habita en nosotros. En cada acto de caridad que realizamos, en cada gesto de misericordia, estamos formando un tesoro ante los ojos de Dios, no ante los ojos de las personas.
Pidamos al Señor que nosotros, sus discípulos, sepamos cuidar el tesoro que tenemos, que seamos fieles servidores, leales y, sobre todo, vigilantes ante el regreso del patrón, porque no sabemos ni el día ni la hora.
POR ARIEL BERAMENDI


