Santa Cruz

Homilía Mons. Sergio Gualberti, 17-03-2013

“Quinto domingo de cuaresma, día de la solidaridad cristiana parroquial”

Siguen muy vivas en nuestra mente y en nuestro corazón las imágenes y las voces del anuncio de la elección del nuevo Papa Francisco, en la persona del Card. Jorge Mario Bergoglio, Arzobispo de Buenos Aires hasta el miércoles pasado. Alegría desbordante y profunda gratitud a Dios por el don del 1er Papa latinoamericano. El nombre de Francisco que él ha escogido, es ya un programa de su pontificado: como su Patrono, San Francisco, el Pobre de Asís, llamado a ser signo de las virtudes evangélicas de la pobreza, la humildad y el espíritu profético. A él aseguramos nuestras oraciones, nuestra sincera adhesión y compromiso de caminar juntos y trabajar por la comunión en la Iglesia y la fraternidad en el mundo.

Acompañamos y agradecemos también a nuestro querido Pastor, el Cardenal Julio, que ha sido participe de estos acontecimiento, y permanecerá en Roma hasta la ceremonia del inicio del Pontificado de Papa Francisco.

Todos estos hechos confirman las palabras del profeta Isaías: “Yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando”. Seguramente la renuncia del Papa Benedicto XVI y la elección del Papa Francisco, son signo de esta novedad que trae el Señor, un signo de los tiempos del que hay que darse cuenta y acoger. Dios nos habla también a través de los hechos de la vida y nos indica los pasos que debemos dar para ser partícipes de su plan de salvación.

Esa novedad es expresada maravillosamente en la actuación de de Jesús, como nos la presenta el Evangelio de Juan. Unos fariseos y escribas han encontrado a una mujer en flagrante adulterio, hecho tan grave que la ley de Moisés castiga con la muerte por lapidación. A esos grupos enemigos de Jesús, no les importa la ley menos aún la mujer adultera, ellos quieren aprovechar esa ocasión propicia y tanto esperada para tender una trampa a Jesús. Si actuaran con recta intención y corazón sincero con miras a quitar el pecado de en medio del pueblo, tendrían que presentar ante Jesús no sólo a la mujer sino también al varón, ya que ambos han pecado.

Ellos bien saben que Jesús es amigo de los pecadores y publicanos, siempre dispuesto al perdón. Ahora bien, si él se anima a perdonar a la mujer adultera, estaría rehusando aplicar la Ley de Moisés y se le puede hacer la acusación precisa de no respetar la ley y proceder en consecuencia. Pero si no la perdona ¿cómo puede decirse amigo de los pecadores e Hijo de Dios con el poder de perdonar?

Una cosa es cierta, los escribas y fariseos no quieren averiguar la verdad, tan solo buscan un pretexto legal para ejecutar la sentencia de la condena ya dictada a priori en contra de Jesús. Esta actitud de constituirse jueces de los otros y prejuzgar está presente muchas veces también en nosotros. Incluso, con tal de disculparnos de nuestros errores, llegamos al punto de echar la culpa a los demás y buscar un chivo expiatorio.

En un primer momento Jesús no reacciona a la provocación de los acusadores, por el contrario parece desentenderse, se comporta como si existieran y se pone a escribir en el suelo. Por fin, ante la insistencia de aquellos, Jesús rompe el silencio y pronuncia palabras que van más allá del aspecto jurídico que los acusadores esperaban, no entra en su lógica perversa, por el contrario los sorprende involucrándolos en el problema. “Quien está sin pecado, que lance primero la piedra”. Jesús no niega el juicio de Dios, pero que cada cual lo haga valer en primer lugar para uno mismo. Jesús así interroga y cuestiona a los que lo interrogaban, y clarifica que la misericordia está por encima de la ley.

En primer lugar, él quiere que cada uno se pregunte a si mismo: “¿Tengo realmente derecho de juzgar si también yo soy pecador y necesitado de conversión y perdón?” Antes que cambien los demás, tenemos que cambiar nosotros, porque las raíces del mal y de la injusticia están también en nuestro interior y corazón.

En segundo lugar, Jesús quiere dejar en claro que el juicio de Dios, sea verdaderamente de Dios y no del hombre, un juicio justo basado en la verdad, y sólo Dios conoce la verdad y escudriña lo más íntimo de cada persona.

    ¡Qué distinta sería la justicia humana si actuara como la justicia divina! Una justicia que tiene que establecer la verdad de los hechos y determinar responsabilidades en forma objetiva e imparcial, sin segundas intenciones y evitando la manipulación e instrumentalización de las leyes e instituciones judiciales, prácticas instauradas para amedrentar y perseguir a adversarios o para desprestigiar a personas.

Esas palabras de Jesús “Quien está sin pecado, que lance primero la piedra”, golpean duramente a los acusadores más que las piedras con las que querían apedrear a la mujer, por eso, “Uno por uno, comenzando por los ancianos, se retiraron”. Los ancianos eran las autoridades, tal vez estaban ubicadas más atrás del círculo de la gente para instigarla, por eso son los primeros en retirarse.

Ahora Jesús queda solo con la mujer pecadora. Están puestos en frente: por un lado la humanidad con su pecado y por el otro Jesús con su perdón y salvación. S. Agustín dice: ”La miserable y la misericordia”. Es un brevísimo dialogo: “¿Nadie te ha condenado” y la mujer casi no habla: “Nadie, Señor”. Jesús como Hijo de Dios, es el único que, por no tener pecado, podía haber lanzado la primera piedra, y sin embargo su juicio y sus palabras son de perdón. “Tampoco yo te condeno”. Todos, la mujer y los acusadores son pecadores, nadie necesita condena, sino perdón.

Este es el juicio de Dios, un Padre que ama y perdona sin exigir antes la conversión. Esta es la gran y definitiva novedad de la Pascua cristiana. “Yo hago nuevas todas las cosas… no se acuerden de las cosas pasadas”.

Jesús con esta actuación no huye del problema, no lo evade, ni mucho menos avala el pecado: Él siempre lo condenó y rechazó. Él distingue bien entre pecado y pecador, por eso manda a la mujer: “Vete y no peques mas”. El perdón de Dios es la mejor medicina, rehabilita a la persona, que habiendo sido liberada, puede iniciar una nueva manera de vivir.

Con esa actuación Jesús deja en claro que nadie puede atribuirse el derecho de matar a un ser humano. Es un tema muy actual en nuestro país, donde hay la execrable costumbre de recurrir a los linchamientos y hacerse justicia por mano propia.

El linchamiento es un crimen horrible y un pecado gravísimo, porque uno se adueña de la vida de otra persona, vida que es don de Dios que nadie y bajo ningún motivo puede quitar.

Y no se trata sólo de los linchamientos físicos, sino también de los linchamientos morales, de los apedreamientos de palabra. En nuestra era de la comunicación, grupos de poder que se sirven de los MCS como si fueran tribunales, juzgan y linchan moralmente, con una superficialidad irresponsable y a veces hasta criminal, sin importarles la verdad de los hechos. De esta práctica nefasta no se libera nadie, ni instituciones civiles ni religiosas, ni personas, entre ellas muchas inocentes. Una vez tildadas y señaladas, éstas experimentan una muerte moral y una marginación de la sociedad durante toda su vida.

En este tiempo de cuaresma, el Señor, una vez más, nos llama y ofrece una gran oportunidad de conversión sincera, de mirar, reconocer y pedir perdón por nuestras debilidades y pecados, y de abandonar esa actitud hipócrita y perversa de juzgar a los demás y asumir la actitud de Dios Padre, que ama y perdona.

Miércoles es la fiesta de San José día del padre, un augurio a los papás: que para sus hijos y familia, sean imagen viva del amor paternal de Dios.

Para terminar, les recuerdo que este Vº domingo de cuaresma en toda Bolivia está dedicado a la solidaridad cristiana. En nuestra Arquidiócesis, este año, estamos llamados a ser generosos y aportar con el fruto de nuestras renuncias cuaresmales, al proyecto OIKIA, casa que acoge a niños y adolescentes de la calle para su rehabilitación e inserción en la sociedad y al Hogar San Lorenzo, que atiende niños pobres y abandonados desde los primeros meses de vida hasta los 10 años, para acompañarlos en su crecimiento, educarlos y darles el calor de una casa. “Haz por ellos lo que harías por tus hijos”. Amén.