Homilía para el Domingo 26 del Tiempo Ordinario. Ciclo C
28 de septiembre de 2025
En redes sociales existe un challenge que se popularizó hace un tiempo. Se llama “How much is your outfit?” (cuánto cuesta la ropa que estás vistiendo). En menos de un minuto ante una videocámara la persona dice la marca y el precio de todo lo que está vistiendo. Explica cuánto cuestan sus zapatos, la marca de los bolsos, su reloj, la chaqueta, etc.
Aparentemente este challenge nació como una diversión conectada a la moda, y se transformó en entretenimiento, curiosidad y creatividad. Pero, en otros casos, este challenge se convirtió en exhibición y sinónimo de estatus, es decir, entrar en la lógica de que mientras más marcas y cosas caras ostentas, más valor tienes como persona.
Y este es uno de los temas del evangelio de hoy, porque una vez más el evangelista Lucas nos habla de ricos y pobres, y del abismo que puede crearse en la forma de vivir en esos dos estados de vida.
Ojo. No podemos simplificar el mensaje diciendo que los ricos son malos y se condenan, mientras que los pobres son buenos y se salvan. El rico, en la parábola no tiene nombre, es decir, es definido por lo que tiene, “por su outfit” y el tipo de vida que lleva, no es condenado por ser corrupto o injusto, sino por vivir solo para sí mismo. Su corazón está cerrado a la solidaridad y es incapaz de ver a su prójimo.
Es decir, hay un pobre que sí tiene un nombre, pero está tirado en el suelo, en la puerta de la casa del rico, pero se ha vuelto invisible. Hay una puerta cerrada que los separa en este mundo.
La enseñanza es que muchas veces un pobre, un necesitado, un sufriente, que se pone en nuestro camino puede ser una oportunidad y una ocasión de salvación.
Lázaro está tirado en la calle, nadie lo ve ni lo ayuda porque la indiferencia ha construido puertas cerradas en este mundo. Pero, esas puertas en esta vida se convierten en abismos en la eternidad, solo que estaremos del lado opuesto.
La indiferencia es el drama de nuestro tiempo. Todos corremos el peligro de acostumbrarnos a la violencia de la guerra, a la corrupción o a las injusticias.
Recordemos que el Evangelio de Lucas es una base bíblica para la Doctrina Social de la Iglesia, justamente porque toca temas sociales, y habla de la misericordia y de la predilección de Dios por los pobres; y hoy, una vez más, nos habla de la riqueza y de la pobreza, y nos aclara que el problema es el uso indebido de las riquezas, la búsqueda permanente del placer y del poder.
Pero gran parte del texto intenta explicar lo que sucede después de esta vida. Y es algo que tiene que ver directamente con nuestra fe en la vida eterna.
La parábola muestra cómo la injusticia terrena es vencida por la justicia divina. Después de la muerte, Lázaro es acogido “en el seno de Abraham”, es decir, en la bienaventuranza eterna, mientras que el rico acaba en un lugar “lleno de tormentos”, y existe un abismo entre estas dos situaciones.
Por eso es necesario construir puentes en esta vida, es necesario abrir las puertas, abrir los ojos, para encontrar y ver al necesitado, al pobre, al sufriente. Hacerlo después de la muerte no sirve para nada.
Pidamos al Señor la sabiduría para ser solidarios y que nuestro corazón nunca sea indiferente ante las injusticias y el sufrimiento humano.
POR ARIEL BERAMENDI


