Santa Cruz

HOMILÍA DEL CARDENAL JULIO TERRAZAS, 04-03-12

Queridos hermanos y hermanas:

(…) La primera cosa que tenemos que reavivar: La confianza, en medio de tantas desgracias: Sufrimientos por las inundaciones, cuatro mil y tantas familias que están sufriendo  todo esto; sufrimiento por las muertes provocadas en las ciudades de los caminos, sufrimientos por el enfrentamientos de hermanos entre hermanos… Hay tantos motivos para creer que la desgracia nos va arrastrando a todos y sin embargo aún en medio de eso, debemos tener la certeza de que Dios no nos abandona y que Él está para recordarnos en medio esos espacios de muerte y de dolor que nuestra vocación es la vida y que no podemos comprometernos con los predicadores de la muerte, del odio y del rencor.

Y luego el salmista dice: Qué penosa es para el Señor la muerte de sus amigos.  Si esto lo hacemos oración, Quizás tengamos que cambiar de mentalidad. Cualquier muerte, cualquier atropello, cualquiera mala intencionada acción hace sufrir al Señor, porque el Señor nos quiere, porque el Señor ha volcado toda  su bondad sobre nosotros.

Con este espíritu comprenderemos quizás mejor lo que significa el evangelio que acabamos de escuchar. Se llama el evangelio de la transfiguración, el evangelio que debe hacernos comprender,  a nosotros que somos los discípulos  de hoy, que no todo es desgracia y maldición, que hay que tener la capacidad de sentir también la presencia de la vida, del resucitado. El Señor iba con los discípulos por el camino y cuando les hablo  de que se iba acercando la hora del sufrimiento, de la pasión, de la muerte los discípulos comenzaron a temblar. Hablaban sin una pascua de una resurrección, pero ellos imaginaban una resurrección llena de venganzas de odios, de represalias, contra aquellos que no han compartido jamás el sentido de la vida para todos.

Por eso es que el Señor leva a los tres discípulos a la montaña, los lleva para que experimenten la gloria del Padre que se manifiesta en ese baño de luz, en esa blancura extraordinaria de los vestidos del Señor.

La Pascua, la vida, eso es lo que le interesa a Dios, eso es lo que nos debe mover también a nosotros. Nuestra fe no es una fe que se termina en el sepulcro, nuestra fe es la fe que se termina en el camino de la vida donde todos tenemos que encontrarnos con este Dios que venció el sufrimiento y la muerte y resucitó el tercer día.

Esa dimensión es la que más cuesta a veces. Es interesante, todos queremos felicidad, a todos nos hace falta esa felicidad prometida, pero como quisiéramos que esa felicidad venga sin esfuerzos, venga llovida del cielo para aumentar nuestra pereza espiritual.
Allí está Jesús transfigurado en la montaña y se le parecen Moisés y Elías. La Iglesia quiere que comprendamos que aquél diálogo extraordinario era para recordar que el sufrimiento, la cruz, la pasión, es una parte de nuestra redención y no podemos dar u ofrecer salvaciones baratas sin que hay ese momento extraordinario de cargar con la cruz personal y con la cruz de nuestro pueblo.

Bonito ambiente y Pedro se entusiasma: Haremos tres tiendas, tres carpas, aquí nos quedamos una cosa tan buena, una cosa tan bella, mirar a Jesús así transformado, ponernos en contacto con Moisés y Elías y escuchar el Padre que nos habla “este es mi hijo amado, Escúchenlo”.
¡Qué más deseaba Pedro!, pero el evangelista añade: Pedro dijo esto porque no sabía lo que estaba pidiendo, no se daba cuenta. Se quedó con la luminosidad del lugar y se olvidó  de que antes que eso, hay que seguir el camino de la cruz. No quería el camino de la cruz, pero el evangelista añade inmediatamente: Era normal que hablaran así porque se habían asustados, porque estaban con miedo.

Hermanos ¿Cuál es la actitud nuestra hoy? ¿Buscamos esos momentos de cosas brillantes y nos queremos quedar allá? Eso es cortar la historia. La actitud de Pedro no es la actitud del maestro, el quisiera quedarse en un mundo donde no hay problemas, ni dificultades, en un mundo donde todos se tenga en abundancia, en un mundo encerrado en sus propias luces y que no es capaz de encontrar el rostro de los que sufren hoy, no es capaz de mirar de frente a aquel que nos está pidiendo signos de vida y esperanza.

Yo creo que la lección que nosotros podemos sacar es que la fe no es para instalarse, la fe que tenemos que renovar en este tiempo tiene que impedirnos quedarnos con lo bonito y tiene que animarnos a bajar dela montaña de la felicidad individual a buscar la felicidad de todos, a trabajar por todos, tenemos que llenarnos de ese espíritu de la Pascua que es ir sembrando vida, vida para todos, vida para el que sufre por las cuestiones climáticas, vida para aquellos que han wntregao también su existencia en bien del cumplimiento de sus deberes, vida para todos los que buscan algo para sobreponerse a los problemas humanos.

La vida, es bueno saberlo y repetirlo, no se consigue con la muerte, a la muerte no se la puede combatir con más muertes y en el corazón de cada cristiano, de cada creyente y esta es también una invitación a todos los que están oyendo esta reflexión. Es que tenemos que despojarnos de esa actitud que piensa que para solucionar unos problemas, hay que matar a los otros. Esa actitud no es la de nuestro Dios, el Señor quiere transformar nuestras vidas para que sepamos que de las angustias y dolores podemos sacar beneficio para convivir mejor, para ayudarnos mutuamente, no para perseguirnos a muerte los unos a los otros.

Cuesta esta parte del mensaje mis hermanos, el Señor les dice a sus discípulos “no hablen de esto” bajando de la montaña y ellos dijeron que si y lo cumplieron pero siempre les quedaba la idea Qué significa hasta que el hijo del hombre resucite?.

¿Cómo lo podemos entender si en la mentalidad del mundo habían enseñado que  la verdadera felicidad era perseguir al enemigo, perseguirlo y piarle de hablar? En cambio el Señor viene a decirnos que la resurrección va cambiar todo, que la manera del Dios de la vida  va entrar en nuestras vidas, que la forma de hablar de Él y de actuar que tiene, tiene que entrar también en nuestro lenguaje y en nuestras acciones.
Somos testigos de la vida, de la vida que le Señor nos comunica en su pasión y en su pascua. No somos un grupo de gente que está condenada a desaparecer en las tumbas. Somos el grupo de discípulos que demos seguir contemplando las maravillas y experimentando la gloria de Dios en el encuentro de  cada día con el Señor resucitado.

Esto claro  tiene que llevarnos a actitudes nuevas. Ya hemos escuchado con atención la primera lectura y ahí hemos podido ver lo que el Señor exige a sus fieles, lo que le exige a Abraham, lo que le pide es que entregue a su hijo y los sacrifique si es que realmente ama a Dios y, Abraham no duda, Abraham asume su responsabilidad, va hacia la montaña y comienza a preparar el sacrificio y en ese momento Dios interviene para agradecerle por su fidelidad, para alabarlo porque ha sido capaz de escuchar sin reproches y sin discriminaciones, la voz del ángel de la vida.

Hermanos, lo que se nos pide es esa actitud de Abraham: Creer a Dios, aún en las pruebas más grandes, aún en los momentos más difíciles, vamos a sentir la voz del ángel que nos va decir: Baja la manos, no hagas daño a nadie, confía en Dios, Él va seguir multiplicando en ti esas generaciones que después salvaran a todos los pueblos, a todas las generaciones sin discriminar a nadie, ni a ningún grupo ni a ninguna persona.
Comprender esto le llevo a Pablo a enseñar a su comunidad, a reflexionar. Si estamos salvados por la muerte y resurrección de Jesús, tenemos que estar más firmes, no tenemos que asustarnos, si Dios está con nosotros ¿Quién podrá estar contra nosotros?
Que bonita reflexión, que bonita conclusión que saca Pablo. Es que Dios está con nosotros y Dios nos ha perdonado en su hijo y Él tendría que juzgarnos no otros y Él tendría que pedirnos cuentas de lo que ha hecho El por nosotros en su entrega total en la cruz.
Estamos invitados a tener presentes esta reflexión, esta enseñanza de Pablo: Si Dios está con nosotros ¿Quién puede estar contra nosotros? Ni la muerte, ni la persecución, ni el odio, ni el rencor, ni la falta de libertad, absolutamente nada ni nadie pueden separarnos del amor de Cristo.

Eso es lo que le da valentía a nuestra fe mis hermanos, eso es lo que nos lleva a decir que seguimos tenido confianza en nuestro Dios a pesar de que encontramos males por todos lados.

Es lo que acaba de reflexionarse también en Roma. No podemos bajar los brazos, no podemos rendirnos aunque el pecado y  el mal parecen atropellarnos por todos lados, a nosotros no nos es lícito ni permitido olvidarnos de nuestros Dios a quien tenesmo que servir a quien tenemos que dejarlo que transforme nuestras vidas y nuestros corazones.

El camino de la Pascua nos lleva a esto mis hermanos, a vivir la austeridad de la paz de este tiempo de cuaresma, siempre con la esperanza de encontrarnos con el Señor de la vida. No es para destruirnos, es para prepararnos o como hemos dicho la oración, purificarnos interiormente, purificar nuestra mirada para que podamos encontrar el rostro del Señor que se entrega a través de este camino: La Cruz y la resurrección, el dolor y el sufrimiento, la muerte y la vida, juntos, sin separar ni hacer caminos paralelos sino invitando a todos a entrar en esta corriente de vida, de auténtica paz y de justicia verdadera.

Hermanos, queremos decir una palabra de aliento a los que sufren por las inundaciones, a los que están amenazados en sus cosechas; queremos animar a nuestros hermanos que combaten entre sí allá en Oruro y Potosí que este Dios de la vida es para todos y que en nombre de Él tendríamos que ser capaces de buscar aquello que nos lleve a compartir humanamente los beneficios de la tierra siempre sirviéndonos los unos a los otros y no persiguiéndonos.

Tenemos que pedir a nuestros hermanos que han levantado la voz con indignación pidiendo muerte cuanto antes, para decirles que la muerte no soluciona la muerte, que a la muerte nosotros quisiéramos responder con la vida, pero no esa vida que es defendida solo cuando uno firma un libro de componendas, sino la vida que uno quiere que sea abundante para todos.

Por allá va la esperanza de que la Cuaresma de este año nos lleve a ser un pueblo que sigue cantando las glorias del Señor y que sigue practicando la fidelidad al Señor de la vida y que no se arrodilla ante ningún ídolo que jamás van a llenar  el corazón y la vida de los humanos.  AMEN.