Santa Cruz

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO COADJUTOR DE SANTA CRUZ, EN EL TE DEUM DE ACCIÓN DE GRACIAS A DIOS POR LA EFEMÉRIDE DEPARTAMENTAL DE SANTA CRUZ

Queridos hermanos y hermanas, autoridades todas, cuerpo consular, estamos celebrando 202 años de las gestas patriótico-cívicas de Santa Cruz, lo hacemos en esta Catedral como expresión pública de nuestra identidad y raíces históricas, culturales y religiosas. Elevamos el “Te Deum”, solemne himno de alabanza, de acción de gracias y profesión de fe en Dios, que la Iglesia canta en ocasiones especiales de su vida o de la vida de la sociedad, como son estas efemérides.

Hoy queremos dar gracias a Dios por tantos dones y signos de vida que ha dispensado  a nuestra ciudad y Departamento  a lo largo de un año: el trabajo esforzado de tantas personas honestas, la creatividad  de la gente pobre que lucha para el pan de cada día, la dedición ejemplar y generosa de un sin número de voluntarios que personalmente o asociados se solidarizan con tantos niños y ancianos, enfermos o abandonados a quienes el Estado no atiende.

Si es deber nuestro agradecer a Dios por los tantos signos de vida, de la misma manera tenemos que reconocer y pedirle perdón por las muchas sombras que han marcado la convivencia social a nivel Departamental y de todo el país. Conocemos bien esos aspectos negativos, son los que las noticias de cada día más resaltan. Me limito a señalar algunos: desencuentros, luchas intestinas, divisiones, sometimiento de la justicia, intimidaciones, libertad amenazada, descalificación de los que piensa diferente. Estos hechos han causado un clima generalizado de desconfianza, falta de credibilidad en las instituciones públicas y el deterioro del orden moral y social.

Ante este escenario, hace falta con urgencia una radical conversión en todos los habitantes de esta tierra, particularmente en los responsables de la vida pública, para que Santa Cruz cumpla con su vocación de tierra acogedora y abierta a todos, donde muchos hermanos, que desde décadas siguen llegando acá de todos los rincones del país con muchas ilusiones y esperanzas, encuentren un ambiente de serenidad y paz, que favorezca las relaciones en igualdad y fraternidad, y se promueva la integración de las diferencias de cultura y origen.

El construir una convivencia más solidaria y pacífica, cimentada sobre la libertad, la justicia, la verdad y el amor, es el gran desafío frente al que está Santa Cruz hoy. ¿Cuál es el camino que puede ayudar al pleno restablecimiento del orden moral y social?

El texto de Isaías que acabamos de escuchar nos da luces al respecto. Al pueblo de Israel que se encuentra sumiso en una situación de abandono e desintegración comparable a un desierto, el profeta anuncia que Dios derramará sobre él su espíritu de vida, que lo transformará en una explosión de vida, comparable a la que se encuentra en un bosque tropical.

Esta transformación se dará porque en medio del pueblo “acampará el Derecho y descansará la justicia”. Es una imagen maravillosa con la que el profeta nos presenta la situación de un pueblo que reconstruye una atmósfera de fe y confianza mutua, sobre los cimientos firmes de la justicia que “descansa” porque se siente segura y no hay amenazas, y sobre el derecho que “está acampado” en medio de él.

“Y la obra de la justicia será la paz y los frutos de la justicia serán tranquilidad y seguridad, y el pueblo de Dios vivirá en paz”. Tranquilidad, seguridad y paz, que no es solo ausencia de guerra, sino principalmente es don de Dios, es el gozo de los bienes para la vida plena, que comporta la realización y felicidad de la persona en una relación fraterna y de igual dignidad con los demás y en el respeto de la creación. La paz es por tanto vida, bienestar, estima, prosperidad, justicia compartida con los hermanos.

La paz es un don, pero hay que acogerlo, por eso es, al mismo tiempo, compromiso. En primer lugar, es compromiso de desterrar todo clase de orgullo, odio, rencor y división, y abrirnos a la benevolencia, perdón y reconciliación, porque no hay paz sin justicia y no hay justicia sin perdón.

La capacidad de perdón y de amor es la base para cualquier proyecto de una sociedad sólida y abierta a un porvenir promisorio. Necesitamos experimentar el perdón, que cura las heridas, supera los resentimientos y restablece en profundidad las relaciones humanas truncadas. Al respecto la CEB en el comunicado “Caridad y Verdad” de la semana anterior decía: “Nos permitimos sugerir, en aras de crear un clima de paz en el país, hacer un gesto de reconciliación, como un indulto o una amnistía a favor de los…encarcelados, exiliados, refugiados políticos, están sufriendo porque no hay garantía de un juicio justo y por la retardación de la justicia”.

Jesús desafía a sus seguidores a no poner límites  al perdón: “Yo les digo a ustedes: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, rueguen para los que los maltratan”.

Humanamente nos parece imposible perdonar al enemigo, ya que encerrados en nuestro orgullo, percibimos el perdón como un fracaso, una derrota, o como un claudicar ante la justicia. Pero, el perdón es un itinerario de humanización de si y del adversario, que se opone al rencor y a la venganza, no a la justicia. Es la opción conciente y responsable con la que se demuestra que el amor es más fuerte del odio, y que lleva en sí la potencialidad de romper toda cadena de enemistad y venganza. La única manera verdaderamente eficaz de transformar el adversario en amigo consiste en perdonarlo, en no responder al mal con el mal, porque el mal solo se vence con el amor.

Esta verdad no se refiere sólo a las relaciones interpersonales, sino que engloba también a las relaciones entre sectores de la sociedad y entre pueblos. El Papa Juan Pablo II en su Mensaje  por la XXXV Jornada Mundial por la Paz, titulado: “No hay paz sin Justicia, no hay justicia sin perdón”, tuvo la audacia de escribir que: “Sólo en la medida en que se afirma una ética y una cultura del perdón se puede esperar también en una «política del perdón», expresada con actitudes sociales e instrumentos jurídicos, en los cuales la justicia misma asuma un rostro más humano”.

Una sociedad reconciliada y en paz apunta al bien común, suscita nuevas solidaridades, en función de la interdependencia entre los distintos sectores de la sociedad, con una particular atención a los sectores más vulnerables y desprotegidos.

La construcción del bien común tiene que ser el horizonte en el que se implementan los planes y programas públicos, desterrando de una vez por todas, los intereses particulares que inevitablemente siembran los gérmenes de la inestabilidad, la rebelión y la violencia.

Hoy más que nunca es tiempo de opciones y tiempo de esperanza, no podemos desperdiciar esta oportunidad. “Ahora es precisamente cuando hay que celebrar la victoria del amor sobre el odio, del perdón sobre la venganza, del servicio sobre el dominio, de la humildad sobre el orgullo, de la unidad sobre la división”. Es el llamado del Papa Benedicto XVI en su reciente visita a Líbano, palabras que son muy pertinentes y actuales también para nuestra sociedad, para que recobremos la confianza los unos con los otros y en las instituciones democráticas.

Comprometernos en este programa es ser fieles y consecuentes con el nombre de nuestra ciudad y Departamento: Santa Cruz. La cruz no es signo de derrota ni de muerte, es sobre todo signo de victoria, de vida, amor y paz, que Cristo nos consiguió con su entrega total y amorosa en fidelidad al Padre y en solidaridad con la humanidad.

Con corazón abierto y sincero, pidamos esta mañana al Señor de la vida y de la historia, el don de la paz y que nos conceda ser sembradores de justicia, de paz y de esperanza.  Amén.