Santa Cruz

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, 18-03-12

En este IV domingo de Cuaresma la liturgia invita a toda la Iglesia, a alegrarse: “Regocíjate”, porque ya se acerca el tiempo de vivir nuevamente los misterios de amor, de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, durante la Semana Santa.

Signo de este misterio de amor y gozo es la inminente visita pastoral del Santo Padre a México y Cuba, dos países de nuestro continente. Nuestro Cardenal, en representación de toda nuestra Iglesia, ha sido invitado a participar, por eso nos unimos en la oración porque estos días produzcan los frutos de gracia y de vida esperados.

EL PECADO NOS ALEJA DE DIOS Y NOS DIVIDE ENTRE NOSOTROS

El texto de las Crónicas resume e interpreta un siglo de historia del pueblo de Israel, símbolo de toda su historia y de la humanidad:
– Historia de pecado y traición de parte del pueblo, de nosotros.
– Historia de gracia, amor, misericordia y fidelidad de parte de Dios.

“Los jefes de Judá, los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades” cayendo en el pecado de la idolatría y en los vicios más desenfrenados, instauraron una sociedad muy desigual e injusta. El pecado no sólo nos aleja de Dios, sino que divide entre nosotros, nos pone el uno en contra del otro, es una terrible fuerza disgregadora de la convivencia humana, de la comunidad y de la sociedad.

Dios, fiel a la alianza, reacciona enviando a sus portavoces, a los profetas que elevaron su voz por el cambio de vida y clamaron por la conversión: “Dios les envió constantes advertencias por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo… pero ellos se rieron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas…”.

Es el estilo de Dios, no escatima esfuerzos y busca hasta lo último para que el pueblo cambie de rumbo, sin embargo no hacen caso a su palabra y llega la consecuencia inevitable: la catástrofe.

El ejército de los babilonios ocupa y destruye la casa de Dios, la ciudad, hay desolación y muerte por doquier, y para los supervivientes les espera la esclavitud y la deportación. Este hecho pone de manifiesto el potencial de muerte que encierra el pecado y el no escuchar sus palabras: todos son arrastrados en el abismo, también los inocentes.

Al igual que el pueblo judío, también nosotros experimentamos el potencial de muerte que encierra el pecado, cuando hacemos caso omiso de la Palabra de Dios: cuantas maldades, odios, divisiones y violencia a nivel personal y social. Nos hacemos esclavos de nuestras pasiones y egoísmos, nos despreocupamos del bien común y de la suerte del país, buscamos nuestros intereses personales y sectoriales, y no tenemos reparo en recurrir incluso al uso de la fuerza y la violencia.

EL AMOR ES EL CORAZÓN DE LA PASCUA
Y cuando parecía que la suerte del pueblo judío estaba echada para siempre, Dios, que es fiel a su alianza, nos los deja a la merced de los babilonios, sino que, por medio de Ciro, interviene para liberarlos y los hace regresar a su tierra, después de 50 años de destierro.

En esta actuación de Dios pone de manifiesto cuál es su actitud para con su pueblo infiel y pecador: “Dios tenía compasión de su Pueblo”. La compasión es la expresión evidente de su amor para con sus creaturas, con todos nosotros, el quiere nuestra vida y que seamos libres de tantos males y esclavitudes.

Esa compasión y amor, se hace patente en toda su plenitud con la entrega de su Hijo: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo Único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Ev.). “Dios, por el gran amor con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos a causa del pecado, nos hizo revivir con Cristo”(Ef).

Esta entrega constituye el corazón del misterio de la Pascua: el amor. Dios amó y ama al mundo, en especial al ser humano desde el primer momento de la creación, “fuimos creados en Cristo Jesús” (Ef ).

A lo largo de la historia han sido muchas las muestras de su amor, un amor gratuito que apunta a la vida de toda la humanidad, una vida verdadera y para siempre: “Dios nos ha salvado gratuitamente… Vida eterna… nos hizo revivir con Cristo”. Esta verdad tiene que llevar a cambiar la imagen y visión que muchos tienen de Dios, como un juez implacable, un justiciero. Dios, por el contrario, es amor y lo demuestra con su compasión, misericordia y fidelidad.

LEVANTAR NUESTRA MIRADA Y VER A DIOS REVELADO EN LA CRUZ

Con esta convicción y desde esta óptica estamos llamados a levantar nuestra mirada a Jesús en la cruz: “Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto” (Ev): Jesús levantado en la cruz es signo de humillación, sufrimiento, dolor y muerte, pero también es signo de gloria por su Resurrección y Ascensión. Es una mirada de fe en ese acto de amor de Dios revelado en toda su profundidad sobre la cruz. Este gesto de amor no nos puede dejar indiferentes, tiene que hacer nacer en nosotros, gratitud, estupor y atracción, el mismo Jesús nos lo dice: “Cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mi” (Jn 1,32).

Creer en el Hijo levantado y en el Hijo amado. Aquí está nuestra suerte, que depende de nuestra fe o, por el contrario, de nuestro rechazo frente al Amor que se ha revelado en Cristo muerto y Resucitado. Cristo, don gratuito de Dios, puede provocar una crisis, en la que hay que optar: el don puede ser aceptado o ser rechazado. La fe pone en marcha un juicio: cada uno de nosotros se juzga a si mismo.

A nosotros la decisión, Dios no nos juzga: nosotros construimos en nuestra vida la salvación o la condena, la luz o las tinieblas. “Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”.

“Aquel que cree en Él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado”. “En este consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas”. Dios nos ofrece la luz, la vida y la salvación: están a nuestro alcance. Solo nos pide una cosa: la fe como respuesta libre y consciente al misterio de la cruz, del amor y vida. Fe que se hace “buenas obras”.

LA OPCIÓN DEL SEGUIDOR DE JESÚS ES LA FE

Para San Juan los “incrédulos” son aquellos que aman las tinieblas, no es cuestión de hacer tan solo el mal, sino de quererlo. Además quien hace el mal, termina necesariamente por odiar la luz, porque no quiere que sus malas acciones sean descubiertas.

La libertad interior, el amor a la verdad, a la justicia, y la vida recta y honesta son las condiciones indispensables para “ver” y crear el espacio en él que pueda revelarse el misterio de Dios y la verdad.

“Buenas obras” son nuestra conversión personal, un cambio radical desde lo hondo del corazón, centrar nuestra vida en Dios y vivir entre nosotros como hermanos, desterrando todo odio y división. “Buenas obras” es unirnos entre todos los que vivimos en esta tierra para buscar juntos soluciones a los graves problemas, no en base a la violencia, prepotencia y enfrentamientos, sino en base a los auténticos valores humanos y cristianos: amor, solidaridad, justicia, verdad y paz.

Una vez más la Palabra de Dios nos llama a tomar posición entre:
– creer o no creer,
– la salvación o la condena
– la luz o las tinieblas,
– hacer el bien o hacer el mal
– la verdad o la mentira
– el amor, la vida y la salvación o por el pecado, el odio, la violencia y la muerte.

Como seguidores de Jesús la opción está clara: optamos por la fe en Dios que por amor nos ha entregado a su Hijo. En esto está la verdadera alegría, por haber recibido el don de la fe. Don que no podemos guardar por nosotros mismos, sino que estamos llamados a compartirlo y testimoniarlo, para que haya amor, vida, paz y salvación en nuestro país y en todo el mundo: “Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”. AMEN.

Oficina de Prensa del Arzobispado de Santa Cruz.