Santa Cruz

Homilía de Mons. Sergio Gualberti,31-04-2013

PASCUA DE RESURRECCION 2013

“¡VIVE EL SEÑOR DE VERAS!”

“¡Vive el Señor de veras!”, lo hemos proclamado con júbilo, en la secuencia antes del Evangelio: El sepulcro vacío, las vendas al piso, el sudario doblado aparte, son los signos concretos de que el cuerpo de Jesús ya no está entre los muertos, donde lo habían sepultado.

El “aleluya“, el canto del gloria, el sonido de los instrumentos musicales, las luces y las flores, todo expresa nuestra gran alegría porque Cristo ha resucitado y ha salido definitivamente victorioso en la lucha en contra del pecado y la muerte.

La resurrección de Jesús es la respuesta contundente de Dios Padre a los que habían gritado “crucifícalo”, a los que habían pretendido callar a Jesús para siempre, a los pregoneros de muerte. Jesús no se ha quedado en poder de las tinieblas y de las fuerzas del mal, Jesús está vivo, ha sido glorificado y es el Señor de la humanidad y de la creación.

Desde hace más de dos mil años resuena este grito de júbilo y de esperanza: “¡Vive el Señor de veras!” y “es nuestra vida”. La victoria de Jesús sobre el pecado y la muerte es también nuestra victoria y la vida de Jesús es nuestra vida. Él ha destrozado las cadenas de la esclavitud de nuestros pecados y disipado las tinieblas de nuestra muerte. No hay palabras ni gestos para expresar este misterio de gozo y alegría.

La 1ª nos pone ante el Credo de las primeras comunidades cristianas, el testimonio de los apóstoles que nace de su propia experiencia intensamente vivida a lado de Jesús:

“Ustedes conocen lo que aconteció en Judea… Jesús de Nazareth, consagrado por el Espíritu Santo en el bautismo, pasó haciendo el bien y sanando a todos, lo crucificaron, Dios lo ha resucitado y está vivo…

“Y nosotros somos testigos”: será su primer nombre, transmitir lo que ellos habían visto, oído y compartido.

Los cristianos llamados a ser, con palabras y obras, testigos de Jesús resucitado: de la vida y de la paz,frutos de la Pascua.

“La paz esté con ustedes” (Juan 20,20) es el primer saludo del Resucitado a sus discípulos. Jesús nos da la paz, porque por su pasión, muerte y resurrección ha sido consagrado Señor de la paz. El fruto de la Pascua es la PAZ, no la del mundo, que se reduce a una falta de guerra, a una tregua, sino la paz de Cristo, que consiste en nuevas relaciones de amor con Dios y los demás.

En estos días de Semana Santa, la gran mayoría de los Bolivianos hemos ido a las Iglesias, participado de las celebraciones litúrgicas, y por lo tanto hemos podido recibir el don de la paz.

Entonces ¿por qué tantas guerras en el mundo, y por qué tantas divisiones, resentimientos y enfrentamientos también en nuestro propio país? Porque hay un gran abismo entre la fe que profesamos y nuestras vidas, porque no tenemos la valentía de hacer presentes a Dios en todos los ámbitos de la sociedad ni nos regimos por el Evangelio y sus valores en el trabajo, en la economía y en la política. Los cristianos no tenemos una identidad clara, nos confundimos en la masa, pasamos desapercibidos, somos pasivos y temerosos.

Es hora de que nos despertemos del sueño, nos desperecemos, salgamos del anonimato y que nos comprometamos a compartir, construir y vivir el fruto de la Pascua: LA PAZ.

La paz que es mismo tiempo don de Dios y conquista del hombre. Paz que es esperanza y seguridad de la presencia del Dios en nuestra vida y en la historia.

Paz a los que sufren por el pecado, paz a los pobres y abandonados.

Paz que es conquista, compromiso por el amor, justicia, libertad y verdad (Pacem in terris/ Juan XXIII).

Paz que es gozar en fraternidad de los bienes que el Señor ha puesto a nuestra disposición, para que todos podamos gozar en solidaridad de las mismas oportunidades de una vida digna y serena.

Es hora de creer en la paz. Debemos tomar consciencia de que cada uno somos responsables y constructores de la paz.

No tengamos miedo en romper las cadenas perversas de la violencia y de la lógica de la prepotencia y del más poderoso.

A los discípulos asustados por su aparición en la noche de la Pascua, el Resucitado les dice: “No teman“. A nosotros también nos lo vuelve a repetir. Él está aquí en medio de su Iglesia, vencedor de la muerte y Señor de la vida hasta el fin de la historia.

Abramos nuestros ojos, nuestra mente y nuestro corazón a Cristo Resucitado, la Palabra definitiva del Padre, el portador de Paz.

Elevemos nuestras oraciones al Señor para que no tenga en cuenta nuestras fallas y pecados sino la fe de todo el pueblo de Dios y nos conceda este don inestimable.

Al mismo tiempo pidamos para que nos de el valor de comprometernos por la paz, en nuestra vida personal y en la sociedad, a recurrir al diálogo sincero, al respeto de la dignidad humana, a la lucha por la justicia y la búsqueda del bien común, superando intereses mezquinos y de parte, para que se instaure un auténtica convivencia justa y fraterna en nuestro país.

“¡Vive el Señor de veras!” Es la verdadera única gran noticia en toda la historia de la humanidad, la buena noticia que nos hace valorar el don de la vida, que nos llena de gozo y alegría y que nos alienta a mirar al futuro con esperanza y fe. Amén.

Oficina de prensa del Arzobispado de Santa Cruz.