Análisis

Homilía de Mons. Robert Flock sobre el Evangelio que presenta a Marta y María: “La mejor parte”

Presentamos la homilía pronunciada por el Obispo de San Ignacio de Velasco, Robert Flock durante el pasado 21 de julio de 2019, Domingo 16 del Tiempo Ordinario .

“La mejor parte”

Queridos hermanos

Al googlear “los defectos de la democracia”, encontré una monografía sobre el tema en España. El autor, escribiendo en el 2008, se quejó de varías fallas allí, como la no independencia de poderes, la insuficiente libertad de prensa, etc. El undécimo y último punto decía: “La Iglesia Católica tiene excesiva presencia en la vida política.” Y justificaba esta postura diciendo: “En un Estado democrático (que debe ser laico y autodefinirse como tal explícitamente) ninguna Iglesia debe marcar las pautas en los asuntos que atañen exclusivamente al poder político (educación, campañas electorales, etc).”

Naturalmente, no estoy de acuerdo, porque no existe asunto que “atañe exclusivamente al poder político”, y el autor refleja una actitud no laical, sino laicista. Es un prejuicio. La Iglesia tiene el derecho de orientar a sus propios miembros sobre los asuntos que afecta el bien común, sea en los ámbitos de la vida personal y familiar o en lo que concierne a la justicia y convivencia social. No hay asunto alguno que el Evangelio no puede iluminar.

Naturalmente hay límites, y la Iglesia ha aprendido en su larga historia que no le toca contradecir a la ciencia, sino dialogar con ella; que no nos toca imponer una cultura cristiana, sino valorar y evangelizar a todas las culturas; que no corresponde a los pastores ocupar los espacios de poder político, sino de confrontar los caminos del poder en la perspectiva del Reino de Dios. Y al levantar nuestra voz en una sociedad libre y plural, estamos dispuestos a escuchar a las demás voces, porque sabemos que Dios es capaz de hablar por medio de cualquier, y que la verdad tiene su propia fuerza.

Hubo un tiempo en que la Iglesia defendía el “derecho divino de los reyes”, pues Dios eligió a David quien fue ungido por el profeta Samuel. La ventaja era que el Rey tenía que responder a Dios y escuchaba a la Iglesia, y unos cuantos fueron auténticos santos; otros ni cerca. Hoy la Iglesia prefiere que el Estado sea laical y que se fortalezca la democracia, porque así todos los hijos de Dios puedan participar en las decisiones que les afecte. Esta participación requiere una población alfabetizada, formada e informada, libre de manipulaciones y engaños. Es esencial que su formación incluye la dimensión religiosa y espiritual, para que los ciudadanos, como dice San Pablo a los Romanos: “No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (12,2).  A Dios le agrada, pues, una sociedad donde reine la justicia, la paz, la solidaridad, la bondad y el amor.

La democracia, sin embargo, siendo los seres humanos pecadores, tiene también sus defectos. El mayor, para mí, es la polarización que provoca. Si gana la mitad más uno, los perdedores, molestos, no aceptan el resultado, y se dedican a hacer fracasar los proyectos de los gobernantes. Nuestro mismo lenguaje distingue los “oficialistas” de los “opositores”, como si fuese imposible trabajar juntos. Entonces, en vez de buscar el bien común, el servicio público se convierte en interminables peleas de intriga, corrupción y abusos a favor de unos cuantos.

Cómo es sabido, la Iglesia no es una democracia. El derecho Canónico reconoce al Obispo, por ejemplo, la potestad legislativa, ejecutiva y judicial; y no faltan ejemplos de abuso. Sin embargo, nuestro camino es algo que se llama: “sinodalidad”. “Sínodo” significa “caminar juntos”. Y para caminar juntos, no funciona si un obispo o un párroco impone su criterio. Esto se llama “clericalismo”, un pecado que ha causado muchos males.

Al querer caminar juntos, no basta que nos ponemos de acuerdo, porque no se trata de seguir la voluntad de la mayoría, o siquiera lograr un consenso. Nos toca discernir la voluntad de Dios. Esto significa que escuchemos unos a otros, pero también a la Palabra de Dios. Y escuchar a la Palabra de Dios requiere oración y la humilde apertura a la conversión.

En el Evangelio hoy, es la lección de Marta y María. Mientras Marta, muy laudablemente se entregó a las tareas del servicio, María, “sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.” Jesús le reconoce a María “la mejor parte”, porque el servicio que realiza Marta, requiere primero saber lo que el Señor quiere.

De la misma manera, cuando en la Iglesia queremos discernir cómo actuar en las diversas áreas de la pastoral, tenemos una metodología que incluye la oración y la escucha de la Palabra. Esta metodología se resume con las palabras “Ver, Juzgar y Actuar”. Ver con ojos de fe a la realidad. Juzgar esta realidad a la luz de la Palabra. Actuar en sintonía con esta Palabra para transformar nuestra realidad.

Últimamente hay una actualización. Para el Sínodo Pan Amazónico convocado por el Papa Francisco, la primera parte es “Ver-Escuchar”, porque además de ver las muchas amenazas que enfrenta la Amazonía, escuchamos las voces de los pueblos amazónicos. Después, no solamente vamos a “Juzgar” a la luz de la Palabra, sino también “Discernir” el camino que Dios nos propone. Luego, nuestro “Actuar” será Misión y Servicio, no a la Iglesia, sino a la humanidad.

Imagínese si como nación, pudiéramos determinar nuestro destino, no simplemente por el voto de la mayoría, seguido por una infinidad de bloqueos, paros y protestas mientras cada grupo pelea sus intereses. Imagínese si pudiéramos lograr un camino hecho juntos, y a la vez en sintonía con el Reino de Dios. Sería el inicio de lo prometido y anhelado:  cielos nuevos y una tierra nueva.

 

+ Robert Flock

Obispo de la Diócesis de San Iganacio de Velasco