Análisis

¡Hijo, no te duermas, que te están rezando!

Ya sabemos que la palabra más pronunciada, la más auténtica, que utilizamos en Navidad por estos lares es, sencillamente: “Niño”.

Cada familia, mejor cada uno de sus miembros, ha conseguido una pequeña o grande imagen del Niño Jesús. Sí, he escrito: ha conseguido, porque estos Niños deben ser aceptados como regalo. No se compran. Deben ser regalados. Se trata de una forma de reflexionar en que la inocencia, la fragilidad, la espontaneidad, lo más hermoso de la persona no se consigue a base de fortalezas humanas sino que -según el convencimiento creyente- se recibe de lo alto, del cielo, del mismo Padre-Dios.

Pues bien, en las Eucaristías de estas jornadas festivas -feriadas, decimos en Bolivia- los fieles colocan a los pies de los altares sus Niños. Flacuchos unos, regordetes otros, morenos o blancones, todos invitan a una vivencia íntima y profunda de la Navidad.

Las tales imágenes de los Niños son bendecidas al término de la Misa. Después son llevadas de nuevo a los hogares, ocupando un lugar privilegiado.

Tradiciones sencillas, ingenuas, sin duda. Pero muy significativas. Basadas en ese Misterio de la “encarnación” que conforma nuestras creencias católicas y del que tanto predicamos los padrecitos.

La verdad es que confiarnos en la Palabra bíblica que nos asegura la “encarnación” del Dios grande en un Niño pequeño -Dios asume en sí nuestra humanidad-, es motivo de un deseo profundo de vivir a tope este pasar por la existencia terrestre. Un pasar en el que nos sentimos acompañados por una gran Fuerza (no la de Star Wars). Por eso salimos al mundo, a la intemperie, a pecho descubierto, intentando la valentía de los confiados y no tanto de los muy prudentes.

No queremos quedarnos, apoltronados y calientes, en las sacristías. No es nuestro estilo.

Este ínfimo planeta azul, perdido en la inmensidad del Universo, se ha visto sorprendido por la llegada de un Niño singular, un Niño maravilloso. Es posible -¿por qué no?- que otros mundos, otras civilizaciones, hayan tenido parecida suerte. Eso quizá nunca lo sepamos. Lo que sí sabemos es que la cercanía de ese Niño nos compromete cada día en la ingente labor de mejorar nuestro mundo. No podemos “escaquearnos” (espero que me entiendan los lectores) de tal responsabilidad.

Sé que para mis amigos ateos o agnósticos o indiferentes, todo esto puede resultar una especie de galimatías, complicado de pasar por el corazón para activar el compromiso. Lo entiendo. Yo les pediría que si tienen la oportunidad de sostener a un pequeñín, a un bebecito, en sus brazos, lo hagan con un hondo sentimiento de asombro. Sentimiento que provoca deseos de protección, de ser algo así como un refugio para tanta fragilidad, para esa humanidad desvalida…

En ese pequeñín, no lo duden, habita la radical debilidad que hoy marca la vida de tantos otros pequeños: los niños soldados, los niños en situación de calle, los niños que huyen de la guerra, los niños abusados y ultrajados, los niños enfermos y hambrientos, los fetitos abortados.

Sí, Niño de Belén, ¡no te duermas… que te están rezando! No cierres los ojos, que te están mirando tantos niños lastimados y perdidos. Olvidados.

Deseo a mis pacientes lectores una FELIZ NAVIDAD y un venturoso 2013. Que Dios les bendiga.

(Tomado del blog: Misión en Bolivia)