Santa Cruz

Gualberti: Valoremos y acojamos el don del Bautismo y seamos testigos humildes

Gracias al bautismo hemos recibido la capacidad para “practicar la justicia y el derecho” en todos los ámbitos de la vida a nivel personal, de la Iglesia y de la sociedad.

Hoy domingo 12 de enero del año 2020, la Iglesia Católica celebra la fiesta del bautismo de Jesús, termina el tiempo de Navidad, en el que hemos celebrado con alegría el misterio del Hijo de Dios hecho hombre. Desde la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir – Catedral, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti, pidió que valoremos y acojamos el don del Bautismo y seamos testigos humildes y valientes del Reino de justicia y de paz. Este domingo monseñor Sergio estuvo acompañado en la Misa dominical, por Monseñor Roberto Herman Flock, Obispo titular de San Ignacio de Velasco.

Así mismo el prelado aseguró que  “El temor de Dios y la práctica de la justicia” es lo que el Señor pide para que seamos salvados. El temor de Dios no es miedo, es respeto y reconocimiento de que Él es aquel que nos ha dado la vida, el único ante quien arrodillarnos y aquel que nos puede liberar de toda clase de males. Sólo libres de las ataduras del egoísmo y de la codicia podemos practicar la justicia, relacionarnos con los demás con amor como verdaderos hermanos, reconociendo en ellos la igual dignidad de hijos del mismo Padre y respetando la sacralidad de vida y los derechos de todas las personas indistintamente.

 

 

Es una tarea ardua pero, gracias al bautismo hemos recibido la capacidad para “practicar la justicia y el derecho” en todos los ámbitos de la vida a nivel personal, de la Iglesia y de la sociedad. Por eso lo cristianos debemos comprometernos también en la construcción de un mundo donde la justicia, la libertad, la verdad y el bien común sean el marco referencial y normativo para todos. Concretamente esto conlleva cooperar para resolver las causas estructurales de la pobreza, implementar el desarrollo integral de todos, en particular de los más necesitados y hacer efectivo el acceso de la población a los servicios básicos de la salud, educación y vivienda, dice Arzobispo.

 

También Monseñor Sergio afirmó que la Palabra de Dios nos ha ayudado hoy a redescubrir el sentido profundo de nuestro bautismo, la gracia que nos ha hecho hijos de Dios, coherederos de la vida eterna en Cristo y miembros  del Pueblo de Dios. Esto nos debería llenar de alegría, gratitud y aprecio por el don del amor de Dios que nos engendra  a la vida nueva y a una nueva manera de pensar y de actuar. Sin embargo y a menudo no lo sabemos apreciar ni testimoniar en nuestra vida, lo tomamos como evento social o como hechizo que protege del mal.

Homilía de Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

/12/01/2020

Este domingo, fiesta del bautismo de Jesús, termina el tiempo de Navidad, en el que hemos celebrado con alegría el misterio del Hijo de Dios hecho hombre. En este clima de gozo, el evangelio nos presenta a Juan el Bautista que, cumpliendo con el mandato de Dios, prepara la acogida del Mesías, predicando la conversión y bautizando a la gente en el río Jordán como señal de penitencia.

Muchas personas, impactadas por sus palabras vehementes y cautivadas por su vida austera acuden donde él. Un día se presenta también Jesús que se pone en la fila de los pecadores para recibir el bautismo. Él, que no tiene pecado y que viene para liberarnos de los pecados, se mete entre los pecadores, a indicar que se solidariza y asume sobre sí la fragilidad de la condición humana para redimirla.

Juan el Bautista, al ver a Jesús, se rehúsa de bautizarlo porque reconoce en él al Mesías: “Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tu el que viene a mi encuentro!” Jesús le contesta: “Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos toda justicia“. “Ahora” es el momento en el que Dios quiere que se cumpla su plan de salvación, “las obras de justicia“. Cumplir la justicia es la misión que Dios confía a Jesús y a Juan Bautista: “cumplamos toda la justicia”;  al Siervo del Señor como dice el profeta Isaías en la 1era lectura: “Yo, el Señor, te llamé en justicia” y a todos los discípulos de Jesús como predica el apóstol Pedro: “Todo el que lo teme y práctica la justicia es agradable a Dios“.

En primer lugar, hacer lo que es justo ante Dios, que Él sea puesto al centro de la vida de las personas y del mundo, que sea escuchada su palabra y puesta fielmente en práctica. Esto implica “convertirse y dar frutos concretos de conversión”, cambiar manera de vivir, no caer en la idolatría de los bienes y riquezas materiales y buscar a Dios y a los bienes que no perecen.

En segundo lugar, cumplir el mandato de Dios de promover la justicia y el derecho en las relaciones a los demás: “Yo el Señor, te llamé en justicia… para ser luz de las naciones…abrir los ojos de los ciegos y para hacer salir de la prisión a los cautivos”. Al momento en que sale de las aguas del Jordán estas palabras de Isaías se hacen realidad en Jesús que es habilitado a instaurar el Reino de justicia y paz en la historia humana. Allí se abren los cielos, el Espíritu de Dios desciende sobre Él y se oye la voz del Padre: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección“. Ahora los cielos están abiertos así también toda la humanidad tiene acceso a Dios.

El Padre confiere a Jesús, el Hijo muy querido, el poder sobre el mal y la muerte, para hacernos experimentar la cercanía, el amor y la misericordia de Dios. Esto se hace patente a través de los gestos y prodigios que Jesús cumple en favor de los pobres, los necesitados, los poseídos por espíritus malignos, los enfermos y los pecadores.

San Pedro resume toda la obra realizada por Jesús en pocas maravillosas palabras: “pasó su vida haciendo el bien“. Él es el buen samaritano que se agacha sobre todas nuestra miserias y heridas físicas, espirituales y morales para liberarnos del mal, aliviarnos de los dolores y abrirnos a la esperanza. Jesús es el rostro visible del Reino de Dios, el reino de justicia y paz para que todos tengamos una vida digna y plena en este mundo y el plan de salvación para gocemos de la paz y la vida sin fin en la eternidad.

Como el “Siervo del Señor“, del que habla el profeta Isaías, Jesús ha venido a implementar la justicia y el derecho no con la fuerza, la imposición y la violencia, ni apagando la luz trémula de la esperanza. Por el contrario, actúa con amor y misericordia anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios en el respeto de la libertad y la conciencia de las personas. “Él no gritará, no levantará la voz… no romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente… ni se desalentará hasta implementar el derecho en la tierra”.

El apóstol Pedro, ante la conversión del centurión romano Cornelio y su familia por obra del Espíritu Santo, nos da un testimonio vivo de la salvación que Dios, a través de Jesús, ofrece a todo el mundo sin distinción alguna: “Verdaderamente comprendo que Dios no hace distinción entre personas, y que, en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la justicia es agradable a él“.

El temor de Dios y la práctica de la justicia” es lo que el Señor pide para que seamos salvados. El temor de Dios no es miedo, es respeto y reconocimiento de que Él es aquel que nos ha dado la vida, el único ante quien arrodillarnos y aquel que nos puede liberar de toda clase de males. Sólo libres de las ataduras del egoísmo y de la codicia podemos practicar la justicia, relacionarnos con los demás con amor como verdaderos hermanos, reconociendo en ellos la igual dignidad de hijos del mismo Padre y respetando la sacralidad de vida y los derechos de todas las personas indistitamente.

Es una tarea ardua pero, gracias al bautismo hemos recibido la capacidad para practicar la justicia y el derecho” en todos los ámbitos de la vida a nivel personal, de la Iglesia y de la sociedad. Por eso lo cristianos debemos comprometernos también en la construcción de un mundo donde la justicia, la libertad, la verdad y el bien común sean el marco referencial y normativo para todos. Concretamente esto conlleva cooperar para resolver las causas estructurales de la pobreza, implementar el desarrollo integral de todos, en particular de los más necesitados y hacer efectivo el acceso de la población a los servicios básicos de la salud, educación y vivienda.

La Palabra de Dios nos ha ayudado hoy a redescubrir el sentido profundo de nuestro bautismo, la gracia que nos ha hecho hijos de Dios, coherederos de la vida eterna en Cristo y miembros  del Pueblo de Dios. Esto nos debería llenar de alegría, gratitud y aprecio por el don del amor de Dios que nos engendra  a la vida nueva y a una nueva manera de pensar y de actuar. Sin embargo y a menudo no lo sabemos apreciar ni testimoniar en nuestra vida, lo tomamos como evento social o como hechizo que protege del mal.

El Papa Francisco, en una de sus primeras catequesis decía: el Bautismo “¡No es una formalidad! Es un acto que toca en profundidad nuestra existencia. No es lo mismo una persona bautizada o una persona no bautizada. Nosotros, con el Bautismo, somos sumergidos en aquella fuente inagotable de vida que es la muerte de Jesús, el más grande acto de amor de toda la historia; y gracias a este amor, podemos vivir una vida nueva, no más a la merced del mal, del pecado y de la muerte, sino en la comunión con Dios y con los hermanos”.

Con sincera gratitud a Dios y con gozo valoremos y acojamos el don del Bautismo y seamos testigos humildes y valientes del Reino de justicia y de paz, siguiendo los pasos de Jesús “que pasó su vida haciendo el bien“. Amén

 

Fuente: Oficina de Prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz

Graciela Arandia de Hidalgo