Santa Cruz

Gualberti: “cualquier pueblo o nación que teme a Dios y practica la justicia, le es grato”

En su Homilía dominical, Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz de la Sierra, dijo que toda persona en cualquier pueblo o nación «que teme a Dios y practica la justicia, le es grato».

En ese contexto el Arzobispo indicó que temer a Dios, no es tenerle miedo, sino creer en él, creer que Él define el rumbo de nuestra vida personal y de la humanidad, reconocer que nosotros somos sus criaturas y que sólo en Él debemos orientar y centrar nuestra existencia.

Por otro lado Mons. Gualberti explicó que El lema de la visita del Papa a Bolivia que dice “Con Francisco, anunciamos la alegría del Evangelio”, nos tiene que comprometer decididamente a ser testigos alegres del Evangelio del amor y a emprender un camino de “Renovación y reconciliación en la alegría del Evangelio”,

De esta manera Mons. Sergio convocó al pueblo de Dios a prepararse para recibir al Papa Francisco, y animó a ser generosos en la colecta dominical que se realizará en todas las parroquias y que será destinada a los preparativos de la visita del Santo Padre.

 


HOMILIA DE MONS. SERGIO GUALBERTI

DOMINGO 10 DE MAYO DE 2015

«Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado». Ante esta afirmación de Jesús nos podemos preguntar: “El amor, ¿puede ser un mandamiento? ¿Si es un mandato, el amor no se destruye? ¿Qué relación puede haber entre amor y mandato, dado que el amor es espontaneidad, libertad, y por el contrarioel mandamiento es obligación y sometimiento?”

La palabra mandamiento se puede entender de dos maneras:

– Como obligación que viene del exterior de una persona, una imposición de una voluntad diferente a la propia, como en el caso de una ley que hay que cumplir so pena de una sanción. En este sentido, es claro que no se puede obligar a nadie a amar.

– Pero también hay un mandamiento que viene desde nuestro corazón, un impulso interior que seduce y cautiva por si mismo. Esta fuerza es el amor que nos atrae hacia el bien y lo bueno sin ninguna obligación desde el exterior. Quien ama de verdad es feliz de «deber» amar y ese mandato le parece el más liberador del mundo. En este caso sí, podemos hablar de mandamiento del amor.

San Juan, en 2da lectura que hemos escuchado, afirma: “Dios es amor”, definiendo la identidad de Dios como el Amorpor excelencia, el amor en su grado sumo, que se manifiesta en el bien, la verdad, la belleza y que fascina por sí mismo. Ante semejante amor, atrayente y deseable, parecería lógico que el ser humano respondiera también con amor.

Sin embargo, muchas veces nuestra respuesta es otra: optamos por amar a nuestro propio yo, o escogemos a amores secundarios y falsos, o nos apegamos a bienes ilusorios y pasajeros, que nos dejan vacios e insatisfechos. Por eso Jesús, que conoce bien la fragilidad y debilidad de nuestra naturaleza humana, nos manda amarnos los unos a los otros como él nos ha amado, como ayuda y camino correcto para que en cada circunstancia de nuestra vida actuemos de acuerdo al primero y mayor amor de todos en el que encontramos nuestra verdadera realización y alegría: «amar a Dios».

En el evangelio del domingo anterior Jesús nos pedía de permanecer unidos a él como ramas a la vid, hoy nos aclara que la vid es su amor y nos vuelve a pedir: «Permanezcan en mi amor». «Permanecer» en su amor es seguir fieles a su amistad, porque solo unidos a su gran y pleno amor nosotros logramos amar a Dios y a los hermanos.

El amor del que habla Jesús es participación del mismo amor de Dios Padre hacia el Hijo: “Como mi Padre me ama, así yo les he amado a ustedes”. Y este anuncio de gracia divina, de que él nos ama del mismo amor de Dios, está en el origen de todo amor humano. Es el amor  de «amistad», que no es sólo fruto de una atracción, sino resultado de una elección libre, pero sobre todo es el «amor de comunión en Dios» y con los hermanos, donde se vive una profunda unión de voluntades, correspondencia de intentos y una entrega recíproca y total.

Jesús expresa esta realidad con las hermosas palabras que hemos escuchado en el evangelio: «No los llamo ya siervos, porque un siervo no sabe lo que hace su amo, los llamo amigos, porque todo lo que mi Padre me ha revelado, lo he revelado yo a Uds.». Él viene a nuestro encuentro como amigo sincero, que comparte con nosotros todo lo que el Padre le ha manifestado sin escondernos nada, porque, gracias a él, somos verdaderos hijos de Dios.

Jesús, además de hacernos conocer los designios de Dios, su plan de salvación, nos ha dado muestras muy concretas de amor para con nosotros. Toda su vida, sus enseñanzas y actuaciones han sido una muestra clara de su amistad, llegando su amor hasta el extremo de aceptar libremente la muerte en cruz para liberarnos del mal. «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos».Es el legado último de Jesús, el testimonio auténtico de su amor: entregar su vida por sus amigos, e incluso por sus enemigos.

Con razón nos puede mandar: “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado”.  Es el Mandamiento Nuevo. La novedad está en que nos amemos con su mismo amor: «¡Cómo yo…!».

«Cómo», no significa sólo a su manera o a su estilo, sino con la misma calidad y características de su amor y él del Padre que envió“a su Hijo Único al mundo, para que tuviéramos vida por medio de El”. Un amor de comunión, gratuito y libre, que se entrega totalmente sin esperar recompensa, el verdadero amor que engendra vida.

Jesús también nos muestra su amor al tomar la iniciativa de elegirnos no por nuestros méritos sine libre y gratuitamente como amigos para que vivamos en comunión con él y para que demos fruto amándolo a él y a los demás con obras concretas y no de palabras. “Yo los he elegido a Uds. para que den fruto”.

La 1ªa lectura nos da un ejemplo de estos frutos: “Verdaderamente comprendo que Dios no hace distinción de persona, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato”. Pedro, que hasta ese momento había actuado y predicado solo en medio de los judíos, vence los prejuicios y prohibiciones del judaísmo, entra en la casa del pagano Cornelio, se sienta a su mesa, anuncia la Palabra de Dios y al constatar que el Espíritu Santo había descendido sobre él, lo bautiza junto a toda su familia.

«Dios no hace distinción de personas». El amor de Dios ha dado sus frutos en Pedro, le ha abierto la mente y el corazón y así comprende que no hay fronteras para el amor, y que por tanto hay que desterrar toda clase de distinción y exclusión, de racismo y marginación.  Los cristianos, que hemos tenido el don de conocer que Dios nos ama a todos por igual, debemos testimoniarlo en nuestra vida personal y social, venciendo al miedo, la sospecha y la desconfianza en las relaciones con los demás, y sobre todo construyendo puentes de acercamiento, diálogo, y fraternidad.

Toda persona en cualquier pueblo o nación «que teme a Dios y practica la justicia le es grato». Temer a Dios, no es tenerle miedo, sino creer en él, creer que Él define el rumbo de nuestra vida personal y de la humanidad, reconocer que nosotros somos sus criaturas y que sólo en Él debemos orientar y centrar nuestra existencia.

Mantener la relación de amor filial con Dios es la base indispensable para tener relaciones justas y fraternas también con los demás.

Si esto vale para cualquier ser humano, con mayor razón vale para nosotros cristianos. El mandamiento nuevo del Amor, debe ser la palabra firme y orientadora en cada momento de nuestra vida, en particular cuando pasamos por situaciones de dolor, de confusión y desorientación, palabra que nos abre a horizontes infinitos de esperanza y felicidad. En efecto, “amándonos los unos a los otros”, encontramos la verdadera felicidad que tanto anhelamos, porque de esa manera respondemos al amor privilegiado de Jesús: “Yo los llamo amigos… No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes y los destiné para que vayan y den fruto”. El sólo hecho de saber que nos ha elegido para ser sus amigos debería hacernos sobresaltar de alegría. «Les he dicho todo esto para que mi gozo esté en ustedes y su gozo sea completo». El desafío está en permanecer y quedarnos unidos en su amor, para alcanzar el colmo de nuestra alegría.

El Señor nos ofrece hoy otra muestra concreta de su gran amor que nos llena de alegría. Estamos a dos meses de la Visita pastoral del querido Papa Francisco a Bolivia y a nuestra Santa Cruz, lo estamos esperando con mucha ilusión y entusiasmo.  El lema de la visita “Con Francisco, anunciamos la alegría del Evangelio”, nos tiene que comprometer decididamente a ser testigos alegres del Evangelio del amor y a emprender un camino de “Renovación y reconciliación en la alegría del Evangelio”, como indicado en el logo. Renovación es hacer nuestro el mandamiento nuevo del amor, es tener gestos y actitudes concretas de reconciliación y perdón, para hacer realidad en la vida de cada uno y de toda nuestra sociedad la palabra de Jesús:“Lo que Yo les mando es que se amen los unos a los otros”. Esta es la mejor manera de prepararnos a recibir el Papa Francisco, la que da sentido a todos los esfuerzos e iniciativas necesarios para la organización de la visita, como la colecta de este domingo en todas nuestras parroquias. Les animo a ser generosos y a orar para que estemos bien preparados a acoger el Papa de la mejor manera. Amén