Análisis

Germán Mazuelo Leytón: ¿Regresa también “la teología de la muerte de Dios”?

Un buen amigo, sacerdote jesuita, recientemente me recordaba que «San Ignacio insiste mucho en “sentir con la Iglesia“, la esposa de Cristo, cuyo máximo representante es el Papa. Incluso cuando uno ve blanco, si la Iglesia dice que es negro».

«San Ignacio fue el campeón de la Contrarreforma. Su alma de místico, después de su conversión en Manresa, se posesionó en París de la máxima entonces necesidad de la Iglesia y comenzó allí la fundación de su Compañía: Allí escribió “esas reglas” que apendizó a su librito: “Alabar candelas encendidas –alabar ceremonias y ritos, largas oraciones en las Iglesias, vida conventual, los doctores escolásticos- la obediencia de fe a la Iglesia Jerárquica, de modo que si yo veo blanco, decir negro, cuando la Iglesia Jerárquica dice negro” -exclama el vasco con una fórmula enteramente vasca, no exenta de peligro. En suma, hacer y decir lo “oppósitum per diámetrum” (como dice él) de lo que hacían los “reformadores”: fórmula muy buena en táctica, pero también muy peligrosa en teología –por demasiado simple. Si Cristo hubiese hecho todo lo contrario de lo que el diablo le sugirió en sus tres tentaciones, el diablo hubiera quedado contento» (Castellani, Cristo y los fariseos).

 
Es que uno no puede menos que quedar perplejo ante una avalancha de hechos, como las bendiciones que recibe Gustavo Gutiérrez, el más conocido «teólogo de la liberación», sin retractarse de sus tesis, o la reciente revocación de la «suspensión a divinis» de Miguel d’Escoto Borckmann, quien solicitó a Francisco ser reincorporado al ejercicio del ministerio sacerdotal, para «no morir sin volver a celebrar la Eucaristía», sacramento que d´Escoto y los propulsores de pseudo teologías, como las llamadas «de la liberación», «negra», «india», «de la revolución» y «de la violencia», convirtieron en «el mitin de los camaradas».
 
No han sido inútiles, no, estas pseudo teologías, porque han sabido despertar de una religiosa siesta peligrosa, a la Iglesia, que ha tenido que estudiar seriamente sus bases, para dar una respuesta luminosa y acertada a las graves cuestiones presentadas por los exponentes de esta «evaporación de la verdadera teología».
 
Hasta nada menos que la «teología de la muerte de Dios», como lo afirmaron los «teólogos» norteamericanos Thomas J.J. Alticer, William Hamilton y Paul van Buren, a los que se sumó la «teóloga» alemana Zollie, que así llaman a su exposición doctrinal.
 
Gabriel Vahanian escribió un libro titulado «La muerte de Dios», que para Rudolf Bulthman es el libro teológico más excitante que ha leído en los últimos años, sin embargo, a Dios no hay quien lo mate, ya que su palabra es la última, la respuesta definitiva.
 
La «teología de la muerte de Dios» tiene una de sus raíces en la sociología de la cultura y de la religión.Nuestra actualidad es atea, sin Dios, sin optar por ni contra Dios trascendente.
 
Alticer y sus compinches piensan que este hecho debe estar presente a la hora de sentar las bases constitutivas de sus sistemas teológicos, en efecto: opinan que la circunstancia de que Dios haya venido a morir en la cultura moderna en el establecimiento del estado de la economía de la Iglesia, no es un fenómeno pasajero, sino que representa un acontecimiento decisivo e irrevocable.
 
¿Qué tipo de teología es esta? Es una anti-teología. Es la corrupción de la teología; es la subversión intelectual.

«Según  Dietrich Bonhoeffer, Dios resulta de modo débil, impotente, ausente en la vida humana, que prácticamente no existe para el hombre. Más todavía, el hombre debería vivir prescindiendo de Dios, prescindiendo de la convivencia de Dios, centralizando toda su vida de cristiano solamente en el servicio al prójimo. Entonces, prácticamente, Dios para el hombre no existe, y de ahí media sólo un paso para llegar a la “teología de la muerte de Dios”.» (Poradowski, Dietrich Bonhoeffer un tonto útil).

 
Pero Dios no puede morir, sí que los hombres pueden matarle en su mente y en su corazón. No es fácil discernir si la hora actual es la más atea y negadora de la presencia de Dios. Quien quiera que se acerca a la Iglesia actual, observará que cada vez es más nítida la división entre masa cristiana y grupos selectos, que pululan en todo el mundo, grupos que acuden con ilusión a la Biblia para una formación más sólida para una orientación más acertada y para un impulso a la acción más eficaz.
 
Es indudable que Dios está totalmente muerto en el alma de muchos bautizados, aunque no en su mente y que su doctrina no influye en la conducta social de muchos cristianos, pero de ahí sólo hemos de sacar la conclusión de que debemos resucitar una gran ansia de conocer mejor a Jesús, de aceptar con diligencia su enseñanza y de seguirle más de cerca en la sinceridad de la vida.
 
Aparte de la afirmación rotunda de la inutilidad práctica de Dios, estas teologías de la muerte de Dios poseen valores positivos, quedemuestran que sus defensores están verdaderamente preocupados de que Dios no triunfe en el hombre tal como lo merece.