Análisis

EVO EN EL PAÍS DE LAS FANTASÍAS

Ni para qué preocuparse de costos. Un país en pleno auge de riqueza no se ha de fijar en inversiones de poca monta. Con todo,  una plaqueta recordatoria de bronce ilustrará al curioso visitante que allí se invirtió nada menos que la friolera de 5 millones de  dólares, sin contar cartas y espadas

Sería un atractivo y apropiado título de una novela, de esas en las que el autor trata de persuadir a sus lectores de que la mentira que cuenta es verdad (Vargas Llosa), que sobrepuja con su “verismo” el propio testimonio de la certeza. Pero no se trata de eso. Refleja simplemente la realidad que se parece mucho a la ficción novelesca. Un gran éxito sin duda de los que han logrado alcanzar ese nivel de fantasía. El proceso de cambio revela sus frutos.

Lo último de esa especie es el proyecto de construir en Orinoca, la aldea natal de Morales, un museo presidencial donde se exhibirán como trofeos de guerra los obsequios cosechados durante los seis años y pico que está al mando del Estado Plurinacional. ¿De quién sería la iniciativa? Sea del propio interesado o de los áulicos palaciegos, es cosa de averiguar más despacio.

Entre tanto, sin un fuerte contrapeso ético en la personalidad, la vanidad hace estragos; y “halaga el orgullo de un hombre y harás de él lo que quieras”.

El marbete no es muy modesto que se diga: “Museo de la Revolución Democrática y Cultural”; muy solemne, como si en verdad la tal “revolución” existiera y que las reliquias a exhibirse fueran testimonios de ella. El Vicepresidente le puso el cerezo al pastel. Dijo que será una “obra de arte”. ¿El museo o lo que se exhiba en él? No son de su índole las ironías, pero resulta más difícil creer que lo está diciendo en serio. De que es original es original el estrambótico aparato de idolatría política. Tampoco es lo último. ¡Qué más veremos todavía en este aberrante discurrir del tiempo plurinacional!

Con lo que ya se tiene, parece bastante. Repasemos un poco: nadie en el mundo se ha alzado con más de una docena de doctorados por otras tantas universidades. A lo mejor, por no ostentar el excesivo halago, no lo usa. Todavía no se ha escuchado decir “doctor Evo Morales Ayma”; él no tiene la culpa; debería animarse. Los pergaminos, las togas, las escarapelas, los símbolos académicos y otros arreos serán también de la partida. La chompita listada a colores con la que se largó por las “europas” al saberse presidente electo será otra prenda infaltable en el muestrario; también, claro está, los trajes de diseño original y exclusivo; por ahí se animan a revelar los altos costos de los mismos. Por supuesto que estará también allí el atuendo que lució al coronarse de Apu Mallku en Tiwanaku.

Habrá una sección especial –se supone– para la abundante bibliografía que motivó la trayectoria sindical y política del “hermano Evo”, con enfoques de diversa índole pero con olor a incienso la mayoría. Como parte de ella, tendría que incluirse también el ya famoso texto denominado “Evadas”, que recoge las ocurrencias verbales del mandatario en su constante periplo por el mundo. Y el lujoso Falcon millonario que lo lleva por los aires cada día no puede estar fuera; una pequeña réplica a escala del aparato estará allí sin duda, junto a la de los helicópteros “Súper Puma” venezolanos.

Ni para qué preocuparse de costos. Un país en pleno auge de riqueza no se ha de fijar en inversiones de poca monta. Con todo, una plaqueta recordatoria de bronce ilustrará al curioso visitante que allí se invirtió nada menos que la friolera de 5 millones de dólares, sin contar cartas y espadas. A semejanza de los faraones del Egipto remoto y los césares de la Roma imperial, también los monarcas incas supieron levantar monumentos colosales a la memoria de sus héroes. No es pues raro que un Apu Mallku de este tiempo haga otro tanto por su gloria.

¿Y cual será el veredicto de la historia, ese juez supremo e inapelable? En algún momento, más tarde que temprano (así es el tiempo histórico) pero de forma definitiva, dirá su palabra. ¡Hay que esperar! Salvo que sucediera la famosa anécdota del soberano desnudo: un mercader le hacía creer que le vendía una vestidura imaginaria bordada de oro, sin tener nada en la mano; los cortesanos a su alrededor lo aplaudían como si fuera cierto. Sólo un niño, el día de la coronación, advirtió a gritos: ¡el rey esta desnudo, está desnudo! La voz de ese niño era la voz de la verdad.