Internacional

¿Es verdad que el pueblo argentino es solidario?

(Gualeguachú / Entre Ríos)  La semana pasada, en su columna semanal de reflexión, el obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, monseñor Jorge Eduardo Lozano, bajo el título “Gente que hace dedo”, escribió acerca de un hecho de la vida real que le tocó presenciar y vivir. Este domingo, 20 de enero, el prelado entrerriano insiste en relatar otro episodio, triste y conmovedor, esta vez titulado “Más gente que hace dedo”, en el que pone en duda la proclamada solidaridad de la gente del pueblo. A continuación va el relato de monseñor Lozano.

Más gente que hace dedo. Esta vez, Aurora y Esteban

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

Eran las cinco de la tarde de un día de invierno. Todavía había luz, pero por poco tiempo. Yo iba hacia Buenos Aires, en auto, y al pasar por debajo del puente de Ceibas la ruta pega una curva y hace un codo el viento. Allí suele haber gente haciendo dedo.

Aurora tiene algo más de 60 años y está con su nieto Esteban, de unos 8 años. Ella parece bastante mayor de la edad que tiene. Están con una bolsa grande, del tamaño de las de residuos de consorcio. Van a San Miguel a visitar a una hermana suya, y de paso a vender ropa y algunos tejidos en una feria del trueque. Por lo que entendí viven los dos solos en la casa de unos parientes que se fueron a Zárate y le dejaron para cuidarla. Los dos hablan poco, pero con elocuencia.

Le pregunto a Esteban por la escuela y me dice que está en cuarto grado. Enseguida Aurora me aclara: “Empezó más tarde y repitió dos veces. Nació chiquito y siempre fue menudito. Así dijo el médico del hospital, que siempre le va a costar un poco más que a sus compañeros”. Esteban en realidad tiene 12 años. Algo se me atravesó en la garganta y me costaba seguir hablando. La desnutrición no es un número estadístico. Tiene nombre y edad. Tiene familia y casa pobre. Tiene hermanitos.

Le pregunté unas pocas cosas más a Aurora. Recuerdo que me contó: “La Betty —su hija y mamá de Esteban— siempre fue menudita. Cuando ella estaba embarazada de Esteban vivíamos en las islas, vino la inundación y perdimos todo otra vez. Fueron meses difíciles. Durante varios días estuvimos mojados hasta que fuimos a parar a un club cuando pudimos ser evacuados. Allí nos dieron de comer bien y ropa seca. Al mes nos fuimos a casa de unos familiares que nos aguantaron bastante. Allí nació Esteban”. El resto de la historia la podemos imaginar.

El marido de Aurora murió hace unos cuantos años debido a una neumonía. Los dos nacieron en Corrientes y se vinieron siendo jóvenes por un trabajo que les ofrecieron. Él trabajaba cuidando un campo y los animales en la zona de las islas. La mamá de Esteban trabaja y vive en Zárate con sus otros hijos.

Le pregunté cuánto tiempo hacía que estaban en la ruta para que los llevaran, y me dijo que casi tres horas. Otra vez no supe qué decir. ¡Tres horas tomando frío y esperando que alguien los levantara! ¡Por Dios! Les aseguro que no tenían aspecto de gente peligrosa. Para nada. ¿Cuántas veces decimos que nuestro pueblo es solidario? Una mujer anciana, humilde, y un niño.

Ellos no pueden pagar el costo del pasaje porque no les alcanza. “En un rato ya nos volvíamos a casa, porque de noche nadie te quiere llevar. Íbamos a probar mañana”.

¿Qué pensar sin sentir primero? ¿Cómo obrar sin amar antes? ¿Cómo responder, si formular las preguntas ya estremece e interpela?

El cardenal Martini, en sus Coloquios nocturnos en Jerusalén, dijo sobre la actitud de los individuos frente a las penurias e injusticias de este mundo: “Si sólo sigo los acontecimientos de una catástrofe por televisión o a través del periódico, me siento abatido y desvalido. Pero si ayudo a un ser humano, percibo mi fortaleza. El mirar causa opresión, la ayuda sorprende con la vivencia de que puedo salvar una vida, de que se me concede contar con la ayuda y el poder de Dios”.+