Análisis

ES NECESARIO RECUPERAR EL SENTIDO DE HUMILDAD

¡Bah!, el Poder, ese “maravilloso instrumento del Poder”, en criterio del estadista del Siglo XX, Víctor Paz Estenssoro. El Poder ha cambiado a ciertos personajes tanto de mentalidad como de actitud en dictadura y democracia. Los ha cambiado en sentido negativo. No para encomiarlos sino para reprocharlos. En consecuencia no es novedad recapitular esta realidad propia de todos los tiempos y pueblos. Esto que anotamos ha ocurrido acá o allí.

En ese marco los más humildes de los mortales con ese “maravilloso instrumento del Poder” en sus manos creyeron que habían alcanzado la condición de seres extraordinarios: omniscientes, omnipotentes y omnipresentes. Todo lo que decían, según ellos, era ley y todo lo que hacían un paradigma para las futuras generaciones.

Los cobardes se envalentonaron. Los sensibles se insensibilizaron. Los amigos se volvieron enemigos. Los que prestaban oídos, nunca más escucharon. Los que solicitaban consejos se sintieron autosuficientes. Y enceguecidos por el Poder trataron de sojuzgar a medio mundo sin consideración alguna. Obviamente que desvariaban o soñaban despiertos. E inclusive a la esposa, sufrida y prematuramente envejecida por los años de lucha política, la reemplazaron con otra más joven y atractiva.

La soberbia y la prepotencia marcaron sus decisiones, provocando la repulsa de la ciudadanía, pues el Poder representaba para ellos honor, gloria y hasta autoritarismo, pero conllevaba también desgaste y caída, ostracismo y sufrimiento. El Poder nunca fue duradero sino un sueño, como la juventud; y pesadilla, como la vejez.

Recordemos que el Tratado de 1904 fue suscrito con Chile por un Gobierno que detentaba tanto Poder que no admitía objeciones. Sus consecuencias funestas las estamos lamentando hoy. Al extremo que nos vemos forzados a caminar cuesta arriba cargando, para el colmo de males, los desaciertos de quienes se hicieron del Poder, a partir del aciago 1879. He ahí una verdad que duele.

“El Poder corrompe”, reiteró alguien. Posiblemente porque se ha visto casos de enriquecimiento vertiginoso, quebrantando todo principio de honestidad. El latrocinio siempre estuvo latente, prueba de ello es que los políticos que bajaron al llano, estuvieron “bien forrados” con dinero, en su mayoría. Pocos, quizá los más honestos, deambularon con las “alforjas vacías”, pasando estrecheces de toda índole.

Si revisamos el pasado veremos que los gobernantes que se sucedieron desde 1825, mediante la asonada o la consulta electoral, jamás se inspiraron en la humildad. Y pasaron a la historia como intolerantes y conculcadores de libertades. Nuestro pasado está plagado, desgraciadamente, por actitudes de esa naturaleza, que se reeditaron, permanentemente, en todos los tiempos.

Mientras otros países se preocupaban por profundizar los derroteros de la prosperidad, por el bien común, acá estuvimos inmersos en rencillas internas, improductivas. Mientras otros se movilizaban por mejorar la calidad de vida de su ciudadanía, en Bolivia parece que fuimos indiferentes al clamor de un futuro con pan, techo y libertad. En el discurso nuestros políticos manejaron términos como: Bolivia es rica en recursos mineralógicos, hidrocarburíferos, agropecuarios, etc. Pero en la práctica nada hicieron para promover dichos recursos a favor del desarrollo nacional y el bienestar social.

En suma: los gobernantes que vienen, con esta experiencia nada edificante, deben procurar recuperar un sentido de humildad, que permite transparentar y afianzar la credibilidad, en democracia. Necesitamos humildad para la reconciliación, la pacificación y el perdón.