Análisis

¿ELOGIO DE LA DECEPCIÓN?

A ti, joven campesino.

Lo lamento. Hoy no puedo escribirte con agradecimiento y admiración. Con elogio. Sí con respeto y esperanza.

Mis palabras son las que muchos educadores se repiten a sí mismos al terminar jornadas en que la decepción acampa libre en sus corazones. Jornadas de destrezas y estrategias pedagógicas que se dieron de bruces con tu flojera y cerrazón.

Quienes trabajamos en el internado, quienes lo hacen en otros Hogares y Unidades Educativas, sabemos de las muchas horas empleadas en sacarle a la creatividad sus más delicadas armas. Son nuestros constantes interrogantes: ¿cómo explicar mejor esta lección de matemáticas?, ¿qué hacer para fomentar la participación en el aula?, ¿cuál será la mejor manera de acercarme a la familia de este niño, que tan mal lo está pasando?… ¿cómo consolar tanta pesadumbre que se acumula en los corazones de nuestros chavales?

Otros, desde nuestra vivencia espiritual, intentamos además favorecer los medios necesarios para que la presencia de Papá-Dios, la trascendencia, toque los hilos interiores de las chicas y los chicos y se traduzca en gestos de Fe plena, de confianza en la Palabra de Amor que viene de lo alto.

Todo es en vano cuando llegan los días grises en que parece imposible motivarte e ilusionarte. En que tu respuesta queda lejos de nuestras expectativas.

Es, entonces, la hora de la decepción. El Diccionario define esta palabra con claridad: pesar causado por un desengaño.

Intentando buscar luz en esta sombra, intuimos alguna de las causas que provocan tu malestar. No se nos escapan las situaciones controvertidas, humanas y económicas, que vives en las relaciones familiares. Ni el estilo de educación que tus papás supieron y pudieron darte. Tampoco, los reclamos afectivos que en tu edad, la adolescencia, planean sobre ti y conforman respuestas y comportamientos. No olvidamos los posibles abusos de cualquier tipo que, seguro, han modelado un ánimo depresivo o inconformista.

Te confieso que una de esas destrezas educativas que nos gusta emplear es la de sugerir pistas, abrir sendas por las que puedas aprender y madurar. Habrá ocasiones en que apenas te indicaremos lo que es mejor para ti, en espera de tu propia reflexión y decisión. Otras veces nos sentiremos obligados a requerirte, con firmeza y respeto, tal o cual actuación. Es el prudente equilibrio del formador.

Con estas líneas quiero pedir tu mejor coraje, tu más noble ahínco, en trabajar duro para convertirte en una persona de bien. Donde el “ser” esté en primera línea y la alegría contagie tu entorno. Donde puedan reconocerse como amigos algunos y refugiarse muchos. Una persona de bien, luchadora incansable para alcanzar diálogo sereno, tolerancia auténtica y sensatez liberadora. Así te necesitamos.

No nos decepciones. Te ayudaremos.

Ya sé que una pregunta está acudiendo a tu corazón: ¿Y las veces que usted nos decepciona? Tienes razón. Tampoco puedo elogiar mis contradicciones: cuando no he sabido alentar tus anhelos, cuando he sido indiferente a tus interrogantes, cuando me he dirigido a ti con dureza y menosprecio, cuando no he sido el amigo exigente y afectuoso también.

Quiero no decepcionarte. Ayúdame.

¿Elogio de la decepción? Hoy, tú y yo hagamos elogio de la responsabilidad, del trabajo bien hecho, del buen humor compartido. Del juego en la cancha y de la conversación edificante. De la inquebrantable Fe que nos ayuda a enfrentar lo imposible.

Hagamos elogio de la plegaria diaria que elevamos a Papá-Dios.