Santa Cruz

Obispo de San Ignacio: El verdadero bien. Reflexión sobre el Evangelio del administrador astuto

Domingo 25 de Tiempo Ordinario – 22 de septiembre de 2019

El verdadero bien

Queridos hermanos.

Hoy, a un mes de las elecciones nacionales, la Palabra de Dios nos pide orar por las autoridades, y al mismo tiempo nos habla de la corrupción y de la justicia.

Querido hijo”, escribe Pablo a Timoteo, “Ante todo, te recomiendo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, por los soberanos y por todas las autoridades, para que podamos disfrutar de paz y de tranquilidad, y llevar una vida piadosa y digna. Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, porque Él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.” Al contemplar este consejo, recordamos que Pablo enfrentaba persecución en todas partes, y que el poder de aquellos gobernantes era absoluto. Jesucristo fue crucificado bajo el poder de Poncio de Poncio Pilato, y San Pablo, fue decapitado por orden del Emperador Nerón. Quería disfrutar de paz y tranquilidad, para poder proclamar el Evangelio, pero le tocó mucho conflicto con las autoridades, aunque evitaba enfrentarse con ellos, y ni siquiera cuestionó las graves injusticias de entonces, como la esclavitud, en parte para evitar represalias, y también porque esperaba pronto la segunda venida de Cristo.

Hoy, seguimos rezando por nuestras autoridades, sean de nuestro agrado o no, porque también nos interesa la paz y la tranquilidad, y sabemos que todos necesitamos la ayuda de Dios para administrar bien nuestra vida, especialmente cuando tenemos mucha responsabilidad, como es el caso de los gobernantes. A diferencia de la época en que vivía San Pablo, nuestras autoridades son electas y el soberano es el pueblo, en la medida que la democracia sea limpia y como también las instituciones del gobierno. Además de la paz y la tranquilidad, nos interesa la justicia y el bien estar de todo el pueblo. Recordamos las palabras del Papa san Pablo VI, quien, ante las Naciones Unidas en 1965, dijo: “Hacemos nuestra también la voz de los pobres, de los desheredados, de los desventurados, de quienes aspiran a la justicia, a la dignidad de vivir, a la libertad, al bienestar y al progreso.” Y pocos años más tarde en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero 1972, escribió: “Si quieres paz, trabaja por la justicia”.

Aquel mensaje del Papa desmiente la crítica de Karl Marx quien dijo que “la religión es el opio de los pueblos”, por ponerse a rezar en vez de actuar. Es un falso dualismo, porque la oración auténtica no solamente empuja a la acción, sino que la orienta, para que esté en sintonía con la voluntad de Dios. Quien es fiel a Cristo, no olvidará sus palabras: “Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”. (Mateo 5,9-10).

Sin el reino de Dios, no puede haber ni justicia ni paz, porque los hombres son pecadores, corruptos e injustos. En su soberbia, el ser humano cree que puede lograr la justicia sin Dios, pero solo logra sustituir una injusticia con otra. En esto recordamos las palabras del presidente de Bolivia quien, al asumir su tercer mandato en 2015 dijo que “no será Dios quien salve a su país”, sino el pueblo, ya que “del cielo solo cae la lluvia”.  En realidad, hace falta que caiga un poco más lluvia del cielo, y lo estamos pidiendo a Dios, pero si el pueblo sigue quemando la selva, a causa de políticas que no respetan ni a Dios, ni a la madre tierra, tampoco a los pueblos originarios del oriente, seremos castigados con incendios cada vez más infernales. En esta línea, el profeta Amós denunciaba las injusticias de entonces, y advertía: “El Señor lo ha jurado …  Jamás olvidaré ninguna de sus acciones”.

Jesús nos sorprende en el Evangelio hoy, porque pone como ejemplo a un administrador corrupto. Pero la parábola no es ningún aval para la corrupción, sino un reclamo para que pensemos en el fin último de nuestras acciones. “Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que éste les falte, ellos los reciban en las moradas eternas.” ¿Cómo seremos recibidos en el cielo de parte de los que en la tierra sufrieron privación e injusticias de toda clase? Cuando el Justo Juez divide a las ovejas de los cabritos, ¿en qué lado nos va a poner? Así que Jesús nos está enseñando que nuestro uso de los bienes de la tierra, como también el ejercicio del poder político, económico, incluso religioso, tiene siempre que tomar en cuenta estas realidades.

Algunas critican a la Diócesis de San Ignacio, porque tenemos estancias, urbanizaciones y otros bienes para generar recursos. Para mi es bendición y maldición al mismo tiempo. Bendición, porque me permite proveer una mensualidad a cada sacerdote, subvencionar las parroquias más pobres, mantener sus movilidades, ayudar a algunas de las religiosas, hacer obras de mantenimiento en nuestras templos, capillas y escuelas, y en algunos casos, colaborar directamente a los pobres. Pero es una maldición, porque requiere mucha preocupación para administrarlo todo bien, tanto económicamente como delante de Dios, y porque provee leña para el fuego de nuestros enemigos. Yo digo, si con lo que tenemos, podemos hacer tanto bien, ¿cómo sería contar con el diezmo de los demás ganaderos, aunque ese diezmo fuese solamente el uno por ciento?

Jesús dijo: “El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes?

Entonces hay que preguntar, si Jesús considera el dinero algo ajeno, ¿cuál es el verdadero bien? ¿Qué es lo que realmente nos pertenece? Es lo que Jesús en otra parte llama el tesoro escondido, la perla de gran precio. Ojalá lo encontremos.