Análisis

El síndrome del cooperante

En medicina se llama síndrome al conjunto de síntomas y signos del cuerpo que, cuando se los agrupa por afinidad, permite orientar el diagnóstico de una enfermedad. Son, pues, las pistas que nos conducen a caracterizar una patología. El mundo de la cooperación solidaria tiene sus propias patologías que están más allá de la medicina, pero que podrían dar lugar a una disciplina que las sistematice. Ahora que existe una fiebre por el voluntariado, que los “cooperantes” proliferan en el primer mundo, se puede hacer el intento de describir lo que yo llamaría el síndrome del cooperante.

Una de las primeras manifestaciones de este síndrome es la autosuficiencia. El cooperante ha leído un par de artículos sobre la zona que visita, a veces ¡hasta un libro!, por lo tanto se siente con suficiente conocimiento de la problemática del subdesarrollo como para atreverse, nada más al llegar al país de destino, a  hacer juicios categóricos sobre alguna situación de injusticia en particular, juicios como…“es selección natural”.

Otra manifestación que aparece nada más a los días de llegar al país en donde desarrollará su “ardua labor”, aunque sumamente transitoria, es que parece haber descubierto casi todos los problemas y sus soluciones y llega a preguntarse, estupefacto por la súbita iluminación de su intelecto:  “si está tan claro ¿Cómo es posible que los demás no lo puedan ver?”

A seguir, como lógica consecuencia, está la labor proselitista a favor de sus clarividentes puntos de vista, tratando de mostrar el verdadero camino a los demás, sobre todo a los que tienen un compromiso de por vida con el lugar, sean los que se han quedado a vivir y trabajar ahí como a los que allí nacieron. Generalmente, el que lleva mucho tiempo o toda su vida allá, responde con gestos de discreto asentimiento para no dañar la autoestima del cooperante, pero como este percibe esa carga de condescendencia , su tercera afirmación es,  por ejemplo: “a los que pasan demasiado tiempo en el África se les cocina el cerebro”.

A partir de ahí el síndrome termina decantándose en tres posibilidades, un poco de acuerdo a si el tiempo de permanencia en la zona de cooperación es más o menos corta.

Primero, si el cooperante se queda corto tiempo, permanecerá con la imagen heroica que de sí mismo ha formado, figura a la que ahora puede añadir la de visionario de la solidaridad, incomprendido como todo genio.

Segundo, si la estancia es lo suficientemente larga, puede suceder que haya un verdadero proceso de autocrítica y análisis cuidadoso de la realidad que le permita saber que los cambios necesitan muchos, con frecuencia, muchísimos años.  Por tanto asume la opción de participar de ese proceso y quedarse o bien, cosa que no es menos valiosa, de prestar colaboración desde su propio país.

Una salida, la tercera,  también saludable, para quien asuma con madurez lo que sucede, sería que se preocupe por buscar quien puede hacer en un futuro los trabajos que él o ella hacía y considera prioritarios.

Quizás me toque escribir una segunda parte de este articulo, me advierte una buena amiga, y es la que nos sucede a unos cuantos voluntarios. querer volver.

Quienes somos de países necesitados de solidaridad, y la solemos agradecer, esperamos que las agencias que gestionan voluntariados se preocupen menos de captar adeptos que de formarlos.

Creo que es inevitable pasar por esto del “síndrome del cooperante”, pero conseguir que el voluntariado en el tercer mundo deje de ser solo “turismo de izquierda”  y pase a ser una experiencia de enriquecimiento humano, puede comenzar con un adecuado proceso de preparación y, por supuesto, de selección de l@s voluntari@s