Análisis

EL ROSTRO JOVEN DE LA IGLESIA

Instituir la Jornada Mundial de la Juventud, ha sido otra de las genialidades del Beato Juan Pablo Magno.

Desde 1986, se han verificado 25 versiones de estos encuentros mundiales de jóvenes católicos. La primera tuvo lugar el Domingo de Ramos de 1986, celebrada en cada una de las diócesis de la Iglesia universal, singladura que comenzó en la clausura del Jubileo de los jóvenes con motivo del Año santo de la Redención de 1984 en Roma, y en 1985 con el Encuentro mundial de jóvenes en el Año Internacional de la Juventud, ocasión en la que el Papa instituyó la Jornada Mundial de la Juventud.

Benedicto XVI escogió Madrid para efectuar la XXVI versión del 16 – 21 de agosto, con el tema: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe” (cfr. Col 2, 7).

Los organizadores de la JMJ en Madrid, en un extenuante trabajo han programado a detalle todo: llegada, alojamiento, reuniones, catequesis, eventos, encuentros con el Papa, con la ayuda de 30.000 voluntarios españoles y extranjeros. Las catequesis serán impartidas por 300 obispos en 262 sedes y en 33 lenguas.

No son casuales ni el lema, ni el lugar. España es, hoy por hoy, uno de los países donde la ideología laicista ha desenvuelto de manera militante y sistemática su hostigamiento y acorralamiento. Los ya varios gobiernos socialistas de España, pero especialmente el actual, han desplegado su arremetida atacando casi exclusivamente la civilización cristiana para debilitarla. En nombre de la libertad y la tolerancia, España sufre los efectos del laicismo y un apabullante anticlericalismo.

Precisamente la ideología laicista desplegada por el PSOE con el liderazgo de Zapatero, busca desarraigar España de sus raíces cristianas. Benedicto XVI consciente de esa “nueva forma de intolerancia religiosa que niega a la religión el derecho a exponer en la vida pública sus principios”, dirigirá al millón y medio o más de jóvenes congregados en Madrid para que éstos a su vez sean testigos del Evangelio en medio de tantos jóvenes que viven al margen de Cristo y de la Iglesia.

Los jóvenes están junto a nosotros, a nuestro lado y muchos de nosotros, vivimos nuestra fe, con la sensación –y en la actitud y la conducta- de que ése es un campo difícil para la evangelización, por no decir imposible.

Y cuántas veces, consciente o inconscientemente se ha caído en lo que el Cardenal Suenens llamó “derrotismo en el apostolado”, esa actitud “de los que quieren ir al encuentro de la masa enarbolando banderas de mesianismos sociales o políticos” tendiendo una mano “que no contiene el Evangelio, porque se quiere ante todo ofrecerle la solución temporal inmediata de sus problemas vitales. Es la actitud de los que creen necesario intentar la conversión del mundo no por arriba, sino por abajo insertándose en la ‘dialéctica de la historia’, realizando un juego puramente humano, a reserva de encauzarlo un día en el sentido de Dios”.

“Los jóvenes, como dice el Concilio Vaticano II, son los primeros y más inmediatos apóstoles de los jóvenes”. Para eso está en España esa pléyade de jóvenes de todo el mundo- para animarse mutuamente en la fe y fortalecerla y escuchar la palabra del Santo Padre ante los desafíos de la evangelización “de todos esos otros jóvenes de todas clases y colores, buenos y hasta muy buenos; regulares, amorfos; desviados de ideas y marginados de la sociedad, o ya hundidos en la droga u otros vicios. Sin empleo, sin ilusión, sin porvenir, sin ideal, desencantados, amargados”, a los cuales, las ideologías contrarias a la fe, les presentan un estilo de vida superficial y banal. Precisamente el actual Santo Padre, en la JMJ de Colonia, Alemania, decía: “La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo. No libera al hombre, sino que lo priva de su dignidad y lo esclaviza. No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios”.

Los jóvenes católicos de España merecen no solamente ser los anfitriones de sus hermanos en la fe de tantos países, razas y culturas que los visitan, sino también el aplauso de la Iglesia en su conjunto por llevar la antorcha del Evangelio y defenderlo -no solamente estos días-, en medio de tanto materialismo, con un heroísmo silencioso, que para muchos de nosotros cuantas veces pasa desapercibido.

¡Bravo España católica!