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El prójimo de Naín se desvela por su pueblo

El Evangelio de Lucas de este domingo (Lc 7,11-17) narra el milagro realizado por Jesús, que dio vida a un joven muerto, hijo de la viuda de Naín. Es un relato singular de este evangelista que, haciéndose eco de un milagro semejante, realizado por el profeta Elías en el Antiguo Testamento (1 Re 17,17-24), presenta a Jesús como el gran profeta que tenía que venir. Desde el punto de vista histórico es un milagro de retorno a la vida, literariamente narrado como un relato de encuentro entre la viuda desamparada y Jesús que, conmocionado, revela la misericordia de un Dios que se desvela por su pueblo según la perspectiva teológica lucana.

 

Devolver la vida a un muerto es una de las características del Mesías esperado, tal como confirman los textos de Mt 11,5 y Lc 7,22. Con los criterios de historicidad que se aplican a los evangelios, aplicados por J. Meier, y teniendo en cuenta el relato paralelo sinóptico de la hija de Jairo, el paralelo veterotestamentario de Elías y la viuda de Sarepta en el territorio de Sidón, así como la tendencia general de las tradiciones de los cuatro evangelios, se puede conjeturar que el relato del hijo de la viuda de Naín se remonta a algún hecho de Jesús en esa ciudad durante su ministerio público.

 

La elaboración del relato es exclusiva y típica de Lucas, el cual ofrece varios aspectos teológicos sobresalientes, de los cuales se pueden destacar dos. El primero es un verbo que constituye el exponente máximo del amor protagonizado por Jesús ante el “otro” necesitado. Es el verbo de la misericordia, que yo traduzco como “conmocionarse”, mediante el cual se resaltar la profundidad del contenido etimológico de la palabra “misericordia” (= el corazón volcado hacia el otro en situación de miseria). El término griego original (splanjnizomai) es un verbo que implica un movimiento profundo, físico, interior, desde las entrañas (splanjna), como cuando decimos “me da un vuelco el corazón”. Es un amor que nace de dentro y es apasionado. Es un amor que afecta a toda la persona y la pone en movimiento hacia la persona amada. Es un amor profundo que con la fuerza del espíritu genera la capacidad para atender la miseria humana presente en el prójimo, infundiéndole nueva vida.

 

Ese mismo verbo lo encontramos en la parábola del hijo pródigo, en la reacción de Jesús ante la multitud hambrienta y ante la multitud abandonada como ovejas sin pastor. Ese mismo amor es el protagonista en el corazón de Jesús, que muestra la misericordia entrañable y liberadora de Dios, curando y restableciendo a la vida y a la sociedad al leproso marginado y en el texto de hoy dando la vida al hijo de la viuda de Naín. En todos estos casos, el amor misericordioso de la conmoción profunda y total de la persona es un amor que genera vida. “Conmocionarse” es como un superlativo de emocionarse. Una conmoción es un movimiento intenso que puede cambiar incluso la trayectoria de la vida. Es un impulso que co-implica a toda la persona en ese movimiento de amor gratuito hacia el otro.

 

El segundo verbo de la serie es “acercarse”, es decir, aproximarse al otro, como en la parábola del prójimo samaritano. Consiste en establecer una relación inmediata de empatía, que permite ir hasta el lugar del otro y ponerse en su lugar, pero sin dejar de ser lo que uno es. Al compartir el camino con los otros, con la viuda y con el hijo fallecido, Jesús se ha hecho prójimo samaritano y les comunica respectivamente el consuelo y la vida, rescatando sus vidas de la miseria, de la aflicción y de la muerte. Por eso la misericordia es siempre liberadora y comprometida, es un amor que ayuda al otro para que sea persona, libre y capacitada para gestionar su propia vida.

 

Lucas presenta a Jesús como el gran profeta de la vida. Jesús es comparado con Elías, que había realizado un signo semejante (1 Re 17,17-24), pero para resaltar lo incomparable de este Jesús, que ya es reconocido por la multitud como el gran profeta que ha “surgido” (“resucitado”) en medio de su pueblo, a través del cual actúa el Dios de la Vida, que se desvela por su pueblo y por los pueblos de la tierra, sumidos en la miseria de la muerte de tantos jóvenes y niños, víctimas inocentes, viudas y desamparados.

 

El pueblo da gloria a Dios por la manifestación de vida y de amor que ha tenido lugar, pero Lucas se recrea en diseñar ese amor misericordioso con otro verbo típico de su lenguaje y muy rico en su contenido (en griego episkeptomai), que se puede interpretar, según el Diccionario de Louw-Nida, como “visitar”, o “cuidar de alguien”. Yo prefiero este segundo sentido pero desde la connotación luminosa, amorosa y vital del verbo “desvelarse”, pues el Dios que se revela en Jesús es el Dios que se desvela por su pueblo. Lucas aduce el mismo verbo al principio y al final del cántico de Zacarías cuando dice “Bendito sea el Señor Dios de Israel, porque se ha desvelado por su pueblo (Rut 1,6; Éx 4,31) y le ha traído la liberación” (Lc 1,68)  y también “gracias a las entrañas de misericordia de nuestro Dios, desde lo alto, se desvelará por nosotros una aurora, para iluminar a los que viven en tiniebla y sombra de muerte, para encaminar nuestros pasos hacia un sendero de paz.” (Lc 1,78-79). Allí no se trata del sol, sino de la aurora que lo precede, no es el astro de la luz, sino Dios mismo en cuanto luz, quien se desvela por los hombres en virtud de su amor entrañable.

 

Así pues, Cristo resucitado, como aurora luminosa de la nueva creación, se desvela por la humanidad enlutada e ilumina a los que viven en el caos de la muerte, haciendo posible un nuevo orden en la historia de la humanidad. Jesús, el Hijo de Dios crucificado ha resucitado. Éste es esencialmente el Evangelio de Pablo, el cual se convirtió en mensajero fundamental del Señor entre los gentiles. También hoy Jesús, el gran profeta, vencedor de la muerte, del mal y del pecado, comunica su misma vida diciéndonos a todos en esta humanidad inmersa en la gran crisis de nuestro tiempo: No llores más. ¡Levántate! ¡Resucita! Esta palabra profética en defensa de la vida es el Evangelio que Pablo proclama como encargo directo de Dios. En el contexto de la Nueva Evangelización y de la misión Permanente de la Iglesia Latinoamericana los creyentes estamos convocados para avivar nuestra identidad profética y ser testigos de este mismo Evangelio, de un Dios que se desvela por su pueblo e infunde una nueva vida.

 

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura