Homilía para 6to domingo de Pascua.
10 de mayo de 2026
Probablemente en nuestra niñez hemos tenido la buena fortuna de tener buenos abogados como nuestra mamá o nuestros abuelos. Recuerdo que cuando mi papá no me daba permiso para salir a jugar con mis amigos en la calle, a veces, le pedía permiso a mi mamá y, si tenía suerte, ella me decía: “está bien, ve a jugar, yo me arreglo con tu papá”.
Con el pasar de los años fui entendiendo que la vida real era más complicada y la sensación de tener un buen abogado en la vida también fue cambiando. Es parte de la madurez.
Nuestra fe también va madurando y vamos aprendiendo que la fe no se vive aisladamente, sino que se vive y crece dentro de una comunidad.
Después de la resurrección de Cristo, los discípulos están inquietos y temerosos de que Jesús se marche – de hecho en la liturgia en unos días más celebraremos la ascensión de Jesús a los cielos –.
Ellos están preocupados porque se quedarán solos, pero Jesús les asegura que no se quedarán “huérfanos” y les promete que enviará al espíritu santo como un potente abogado, algunas traducciones usan la palabra consolador o paráclito.
El Resucitado dice a sus discípulos: si de verdad me aman, guardarán mis mandamientos y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad“.
El concepto de abogado en tiempos de Jesús tenía un significado diferente al de hoy porque en esa época los procedimientos legales eran distintos.
El mismo acusado debía defenderse ante las autoridades civiles y religiosas. Solo las personas pudientes se podían permitir un abogado, pero su función era darle consejos susurrando al oído al imputado, quien debía pronunciar su propia defensa.
Dios nos promete ese tipo de consejero, consolador o abogado. Espiritualmente, nos podemos permitir el mejor abogado, siempre disponible. Jesús nos aclara que el mundo no puede recibir a ese abogado porque no lo ve ni lo conoce. Es decir, es un privilegio reservado a quienes no se dejan sofocar por las preocupaciones mundanas y la búsqueda del bienestar material. Para entrar en comunión con él necesitamos una disposición del corazón basada en el amor y la gratitud hacia Dios.
Nosotros estamos en el mundo, pero no somos del mundo, entonces que la gente del mundo vea que nosotros ejercitamos y vivamos nuestra fe con generosidad.
A diferencia de un abogado moderno, este asistente espiritual no sustituye al individuo, sino que actúa como un consejero valioso que nos sugiere las palabras y las acciones correctas, en pleno respeto de la libertad humana.
Mientras nos vamos preparando a la fiesta de Pentecostés, recordemos de orar al Espíritu Santo. Nuestra oración, muchas veces, se dirige a Dios Padre y a Jesús, y hoy el evangelio nos recuerda que la tercera persona de la trinidad nos da sabiduría en tiempos de confusión, guía en tiempos de decidir, coraje y fuerza cuando tenemos temores, y paz en momentos de desafíos.
Solo desde la fe compartida podremos entender que es mejor sufrir por hacer el bien, que sufrir por hacer el mal.
Pidamos a Dios que estemos siempre listos para dar una razón de nuestra esperanza, porque nuestra fe no tiene que ser escondida sino compartida.
POR ARIEL BERAMENDI


