Análisis

El Ekeko está fallando

Siguiendo una vieja costumbre, esta semana quise visitar la Catedral de nuestra ciudad para saludar a nuestra Virgen de La Paz, cuya fiesta se celebra hoy, y pedí a mi transportadora oficial que allí me condujera en mi poderosa motocicleta, tarea que sorprendió a mi pariente espiritual quien sostiene que la única Madre de Dios verdadera es la Mamita de Urcupiña.

A desgana cumplió no sin antes hacerme prometer que después me llevaría en sus brazos a la Feria de Alasitas para rendirle culto a ese fetiche aymara llamado Ekeko a quien  le llaman diosecillo de la abundancia y que nos viene engañando desde hace muchos años.

A regañadientes cumplió ese curioso itinerario cultural que recorremos los cholos paceños y también los cochabambinos y extranjeros que viven en La Paz, que se contagian de  nuestras viejas costumbres y nos superan fanáticamente, como es el caso de mi protectora quien insistió en llevarme a la feria de alasitas cargándome en brazos, como lo hacía antes la señora Pilar –mi esposa– más conocida en mis escritos como “la hispanoparlante”.

La heroína cochabambina no cesó hasta disfrazarme de Ekeko, pese a mis protestas, llevándome en sus brazos y mostrándome a la gente cual si fuera un fetiche de su propiedad, mientras ella explicaba a quienes reparaban en mí que yo era su ekeko de la buena suerte y que conmigo en sus brazos nada le faltaba ni le faltaría y yo sonreía al recibir los elogios de mi comadre aprovechando de rato en rato para hacerle cosquillas en su barriga, en señal de agradecimiento por sus piropos en el día de los ekekos.

La cholita generosa me compró todo lo que yo me antojaba; periodiquitos en miniatura, masitas recién preparadas, millones de billetitos, aunque se negó a obsequiarme una negra hermosa y barriguda, aduciendo que estaba desnuda y podía sugerirme pensamientos lúbricos, vale decir: malas cochinadas.

Cuando al cabo de varias horas de enseñarme en sus brazos como su ekeko de la buena suerte, la cochabambina me invitó a comer un delicioso “plato paceño”, aproveché la oportunidad para decirle algo importante, libre de sus caricias y sus piropos: “Gracias por su afecto, comadre, pero yo siento mucha desconfianza del Ekeko, al que mi pueblo le llama “el dios de la abundancia” porque ya hace muchos años que le venimos pidiendo prosperidad y abundancia y éstas no llegan a nosotros, estando cada día más pobres y sufridos esperando con angustia la subida en las tarifas de transporte y el precio del pan. Este Ekeko ya hace muchos años que nos viene engañando. “Este Ekeko, dios de la abundancia, es un impostor”.