Santa Cruz

Doña Ángela, superviviente y samaritana de El Chorrito

Ángela Contreras Molina (80) es sinónimo de fe, coraje, amor y solidaridad. Nació en Samaipata, pero durante muchos años vivió en El Chorrito, un pueblo arrasado por el turbión del 18 de marzo de 1983.
Tuvo 12 hijos, pero solo seis lograron sobrevivir: Ana, Eduarda, Aidée, José, Jesús y Candelaria. Enviudó a sus 40 años y nunca más volvió a enamorarse por fidelidad a su esposo, Teófilo Terrazas.

De pañoleta negra en la cabeza y con un canasto de tamales en el brazo, doña Ángela siempre anduvo por todos los recovecos del desaparecido pueblito ganándose la vida para alimentar a sus hijos. Han pasado 32 años del turbión y el santuario de la virgen de Copacabana es el único vestigio que queda de El Chorrito. Con sus ojos hundidos por el paso del tiempo, observa el lugar donde antes estaba asentado el pueblo. “El río lavó todo lo que aquí hubo. Nadie se salvó de esta lección de la naturaleza”, comenta.

Doña Ángela siempre fue una mujer trabajadora, dedicada a su familia y, sobre todo, a ayudar al prójimo. En una ocasión, una adolescente de 15 años fue abandonada a los pies del santuario. Era una noche de invierno, oscura sin luna ni estrellas cuando la muchacha fue socorrida por esta mujer. La llevó a su casa, la bañó, le dio comida, abrigo y cama por dos meses. Cuando consiguió dinero, la embarcó en un camión y la llevó a Comarapa para que se reúna con sus padres. Cuando llegaron a la casa de la muchacha, los padres besaron los pies y manos de doña Ángela. Como muestra de gratitud la cargaron de verduras, frutas y dinero y la acompañaron hasta su retorno.

En otra ocasión, un joven de 17 años fue abandonado por el chofer de un micro porque no tenía dinero para su pasaje. Doña Ángela, que siempre iba al santuario a orar, lo encontró llorando. Lo llevó a su casa, le dio de comer y cama para dormir, y al día siguiente lo llevó en micro hasta su casa, en Bermejo.

Su ayuda a un extranjero
También ayudó a un hombre brasileño, que llegó a su casa en busca de comida y hospedaje. En el pueblo lo habían botado creyendo que era un ladrón, pero doña Ángela lo acogió. El extraño le contó que había sido contratado para trabajar en Chapare, y cuando retornaba a su país le habían robado todo. Ella le creyó, le dio trabajo haciéndolo juntar piedras del río para vender. Al cabo de dos meses, el hombre completó dinero para su pasaje y se fue. Al tiempo, volvió para agradecerle la ayuda.

Hasta la casa de esta samaritana han llegado varios vagabundos o personas en apuros. Ella siempre les buscó un lugar para alojarlos, una habitación, un corredor o debajo de un guayabo les tendía una hamaca o una carona. Nunca fue una mujer pudiente, al contrario, se ganaba la vida como empleada o vendiendo tamales.

Es analfabeta, pero muy creyente en Dios y en la virgen. No conoce la Biblia, pero sus acciones son semejantes a los samaritanos, cumple al pie de la letra el segundo mandamiento: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Actualmente vive en La Angostura, su voz y su nombre recorren por todos lados como cuando ella caminaba por El Chorrito