Homilía para el Domingo de Ramos. Ciclo A.
29 de marzo de 2026
¿Has pensado alguna vez que en cada misa, revivimos la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor? Lo que sucede en el altar de la Palabra y en el altar de la Eucaristía es la síntesis de la Semana Santa.
Por ejemplo, repetimos las palabras del Domingo de Ramos: “Hosana al Hijo de David, bendito el que viene en el nombre del Señor”, lo hacemos justo antes de revivir el sacrificio de Jesús en el altar.
Después de derramar su sangre en la cruz Jesucristo, ahora, se queda con nosotros para siempre; y en la consagración, el pan partido y el vino compartido nos recuerdan que si el grano de trigo no muere no da fruto. Asimismo, el momento de la comunión se convierte en el encuentro íntimo con el resucitado.
Al iniciar la Semana Santa acompañamos a Jesús en su entrada a Jerusalén, alegre, montado en un burrito, aunque él ya sabía que debía entregar su vida. Por eso, estamos invitados a contemplar la cruz y todos los signos que se usarán en la liturgia de estos días.
Las palmas del Domingo de Ramos, son el símbolo de la victoria del bien sobre el mal, y nos recuerdan que Jesús vence la muerte.
Tradicionalmente, estas palmas son guardadas por todo el año, muchas personas las ponen detrás de la puerta de casa, pero no olvidemos que nos recuerdan la constante lucha entre la vida y la muerte, entre la luz y las tinieblas; y en esta lucha nosotros hacemos nuestra parte con cada acto de misericordia o de caridad porque estamos de la parte de Cristo muerto y resucitado;
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Este domingo también es conocido como el Domingo de la Pasión, por eso hemos leído el pasaje de la Pasión según Mateo.
El gran mensaje es que Dios ha salvado el mundo por medio de la cruz y la ha transformado en signo de salvación. Desgraciadamente hoy el mundo sigue sumergido en el sufrimiento de la guerra y los poderosos del mundo no se detienen. Pero, frente a este panorama de sufrimiento e injusticia, tenemos la esperanza que nos proporciona la fe en un Dios que se sintió completamente abandonado en la cruz, y que transformó el sufrimiento en salvación.
Hermanos y hermanas, en esta Semana Santa, dediquemos un momento a contemplar los misterios de nuestra fe. Dejémonos guiar por el evangelio que nos muestra lugares, personajes, situaciones extremas de esperanza y de violencia. Estos días son una oportunidad para encontrar un momento de intimidad con Dios y meditar sobre la pasión de Jesús, acompañarlo en la cruz, en el sepulcro y, sobre todo, en la resurrección.
Siempre me llamó la atención un aspecto de este pasaje del evangelio que indica que cuando Jesús muere, el velo del templo se rasga y algunos muertos salen de sus tumbas y se aparecen a las personas.
Algunos Padres de la Iglesia y teólogos dicen que esto significa que “la “prisión de la muerte” ha sido fracturada para siempre por la fuerza de la Pasión” (San Hilario de Poitiers), y que los muertos que salen de sus tumbas representan a la humanidad que esperaba la redención; es decir se trata de la victoria de la vida sobre el “sheol” o lugar de los muertos (Benedicto XVI).
Todo toma un nuevo sentido, la cruz ya no es un patíbulo porque Cristo la ha transformado en un acto de amor.
Pidamos al Señor la sabiduría para vivir bien esta Semana Santa.
POR ARIEL BERAMENDI


