Análisis

Mons. Sergio Gualberti: “DIOS, ¿DONDE ESTÁS?”

Hoy celebramos la fiesta de San Lorenzo, patrono de nuestra Arquidiócesis, del Seminario y de esta Catedral. San Lorenzo fue un diácono, un servidor que ha creído en Jesús y se ha jugado su vida siguiéndolo y sirviendo a la Iglesia y a los pobres:”Quien vino no para ser servido, sino para servir”. Fidelidad a toda prueba hasta morir mártir para defender su fe en la persecución de Valeriano en el siglo III d.c. Su testimonio nos anima a seguir su ejemplo, ser firmes y dar testimonio de nuestra fe, en un mundo a menudo indiferente y hasta hostil a Dios.

Seguir al Señor hasta el martirio para no traicionar la fe exige mucha valentía, así como lo han demostrado los tres grandes personajes bíblicos, que nos presentan las lecturas de hoy: el profeta Elías, y los apóstoles Pedro y Pablo. Todos ellos están unidos por el mismo drama de enfrentar la incomprensión y la persecución, en medio de dudas propias de la condición humana.

El caso de Elías es patético: Él huye ante la persecución de la reina Jezabel porque ha derribado los altares y ha matado a los sacerdotes del falso dios, Baal. Está solo y abandonado por todos en la misión de defender la fe en el Dios verdadero, “Quedo solo yo y buscan mi vida para matarme”. Empujado por el Espíritu se dirige al monte Sinaí, a las fuentes de la fe en Dios, donde Moisés recibió de Dios las tablas de la ley y estrechó la Alianza, como para hacer escuchar su grito: “Dios, ¿dónde estás?”.

Elías pasa la noche en una gruta y Dios le llama:”Sal y quédate de pie en la montaña”; estar de pie, como centinela en alerta. Él espera que Dios, para defender su causa, se manifieste con todo su poderío, como un huracán, un terremoto y un fuego abrasador. Pero Dios no se presente como Elías espera, por el contrario se manifiesta como suave brisa que le habla en el silencio y la serenidad de su interioridad. Dios trae paz y sosiego al profeta para que regrese a Israel y le infunde valor para que siga la misión de salvaguardar la verdadera fe.

La 2ª lectura nos muestra a Pablo, que anunció ante todo el Evangelio al pueblo de Israel, siente una gran tristeza y un dolor incesante en el corazón, porque la gran mayoría de esos hermanos no han acogido a Jesús como al Mesías salvador. ¿Es que la Palabra de Dios habrá fallado, y Dios no habrá sido fiel a su promesa? El Espíritu Santo le ayuda a entender, al igual que a Elías, que Dios, por su gracia, ha reservado un resto de fieles como signo de su voluntad de salvar a todos.

En el Evangelio Jesús, tras el reparto de pan entre cinco mil hombres, apremia a los discípulos a subir a la barca y cruzar a la otra orilla del mar. La otra orilla representa al mundo de los paganos, de los que no conocen a Dios o se han alejado de Él, y la barca con los discípulos representa a toda la Iglesia, bajo la guía de Pedro. De noche y en medio del mar, sobreviene un viento contrario y las olas sacuden a la barca que avanza con mucha dificultad. El viento contrario representa el clima hostil y las experiencias de persecución que sacuden a la Iglesia en su misión en el mundo. En ese momento de peligro se aparece Jesús caminando sobre el mar, los discípulos lo confunden con un fantasma y gritan. Jesús los tranquiliza y acepta el pedido de Pedro de caminar también él sobre las aguas: “Ven!”.

Animado por esa palabra Pedro inicia a andar, pero ante la violencia del viento se asusta y comienza a hundirse. En ese trance resuena el grito de Pedro: “Señor sálvame”, y Jesús tiende la mano y lo sostiene, mientras le reprocha: “Hombre de poca fe, ¿porqué dudaste?”. Su fe no es suficientemente firme para superar esa prueba, a pesar que había experimentado en primera persona tantos signos y prodigios de Jesús, como la multiplicación y reparto de los panes.

En la actitud de Elías, de Pablo, de Pedro y los discípulos, vemos reflejada nuestra vida cristiana y la de la Iglesia, y los momentos de desconcierto y de crisis de fe por los que atravesamos. Nos puede parecer incluso que la misión de la Iglesia ha fracasado, ante la indiferencia y hostilidad del mundo hacia Dios y ante los graves problemas del mundo, guerras, divisiones, hambre, desconociendo tantos esfuerzos, compromisos y llamados para un mundo justo y en paz según el plan de Dios.

Tenemos un ejemplo en la iniciativa de paz del Papa Francisco en el conflicto entre Israel y Palestina, y en estos días ante el éxodo de 100.000 cristianos en Irak, que han tenido que escapar dejando sus casas y pertenecías para salvarse de la persecución de extremistas islámicos que les exigen convertirse al Islam so pena de muerte. Para estos hermanos, como para Pedro, Jesús, por medio del Papa Francisco, hace resonar nuevamente su voz “Ven” y extiende su mano, pidiendo a los organismos internacionales parar esta tragedia y otras que siembran muerte y dolor en el mundo.

Su llamado se hace apremiante en especial a toda la Iglesia, que eleve sus oraciones para invocar del Espíritu Santo el don de la paz, en esa región y en todo el mundo.

Nosotros nos sumamos de todo corazón a este llamado y pido a todas las parroquias y comunidades entrar en esa corriente de oraciones.

Ante estos graves problemas del mundo, que aparentemente niegan la presencia de Dios, también nosotros podemos dudar y preguntaros: “Dios, ¿Dónde estás?”. También este grito puede elevarse ante desgracias personales o familiares, como la muerte de un ser querido, la enfermedad, la falta de trabajo y de vivienda, por incomprensiones o por ser víctimas de la maldad humana.

Pero, esos son los momentos en que, como Elías, tenemos que emprender el camino del desierto interior, de la búsqueda personal lejos de tantas distracciones, para ir a la fuente misma de nuestra fe, para descubrir en nuestra vida la presencia Dios, que no se manifiesta necesariamente como nosotros queremos. Sólo la fe nos salva y nos da la seguridad de que Jesús está con nosotros. Así pasó a los discípulos cuando Jesús subió a la barca, la tempestad calmó y lo adoraron. Adorar a Jesús el único Señor y salvador, y no postrarse ante los que, como en esta campaña electoral, se presentan como los salvadores.

Confiados en sus palabras emprendamos un camino auténtico de fe para llegar a profesar con Pedro: “Verdaderamente, Tú eres el Hijo de Dios”. Esto lo alcanzamos solo con la oración, la escucha de la Palabra de Dios y la participación en la mesa de la Eucaristía, confiados de que no estamos solos y que tenemos buenos amigos: Pedro, Pablo, Elías y San Lorenzo.

A tantos hermanos y hermanas que en estos días están yendo a los pies de la Virgen de Urkupiña que vayan con la intención de renovar la fe y encontrar al Señor, el único que nos puede traer la vida, la paz verdadera y que nos ayude a llegar a la casa del Dios Padre…”Amén.