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Mons. Aparicio: Dejemos que el santo Crisma con el que fuimos sellados y configurados con Cristo vuelva a brillar en nuestra vida y ministerio.

La mañana de hoy, en la Catedral de San Sebastián se realizó la misa crismal de la Arquidiócesis de Cochabamba, con la presencia del clero diocesano y religioso, ademas del pueblo creyente.

La celebración fue presidida por el Arzobispo, Mons. Oscar Aparicio que, en su homilía remarcó tres aspectos: La vida de consagrados, los santos oleos y la renovación de las promesas sacerdotales.

La celebración también contó con la presencia del obispo auxiliar Mons. Robert Flock, y los obispos Mons. Tito Solari y Luis Saniz.

AUDIO Y TEXTO DE LA HOMILÍA

El señor me ha ungido

Como hemos escuchado, el texto evangélico de san Lucas, proclamado hoy en esta liturgia de la Misa Crismal, presenta a Jesús en la sinagoga de Nazaret, leyendo el libro del profeta Isaías y explicando su sentido: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos, dar la vista a los ciegos y dar la libertad a los oprimidos» (Lc 4, 18).

En el pueblo donde el Maestro se había criado y crecido, desde su infancia, instruye a sus contemporáneos sobre la acción salvadora de Dios para con el pueblo de Israel. El anhelo de libertad y de paz se cumple con la presencia del Mesías; la Buena Nueva de salvación no sólo es anunciada y proclamada de modo profético, sino que se cumple real y verdaderamente con la llegada del Ungido de Dios.

Jesús, enrollando el volumen de Isaías lo devolvió al ministro, se sentó y proclamó de modo solemne: «Hoy se cumple esta Escritura, que acaban de oír» (Lc 4, 21). Él, Jesús, es el cumplimiento de las promesas que Dios hizo a su pueblo. Hoy, también para nosotros se ha cumplido esta misma promesa, es decir, que la presencia de Jesucristo nos trae la salvación, la promesa cumplida en nuestras vidas.

Por tanto, somos, como ha dicho el profeta Isaías: sacerdotes del Señor, ministros de nuestro Dios (cf. Is61, 6). La misión, cuyo cumplimiento proclamó Jesús en la Sinagoga de Nazaret, se perpetúa en el ejercicio ministerial de los sacerdotes. Hoy sigue realizándose la Buena Nueva de salvación en el nuevo pueblo de Dios, en la nueva heredad del Señor, a la que los sacerdotes servimos.

Bendición de los Santos óleos

Por otro lado, en el centro de la liturgia está la bendición de los santos óleos, el óleo para la unción de los catecúmenos, el de la unción de los enfermos y el crisma para los grandes sacramentos que confieren el Espíritu Santo: Confirmación, Ordenación sacerdotal y Ordenación episcopal. En los sacramentos, el Señor nos toca por medio de los elementos de la creación. La unidad entre creación y redención se hace visible. Es así que los sacramentos son expresión de la corporeidad de nuestra fe, que abraza cuerpo y alma, es decir, al hombre entero.

El pan y el vino son frutos de la tierra y del trabajo del hombre. El Señor los ha elegido como portadores de su presencia. El aceite es símbolo del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, nos recuerda a Cristo: de hecho, como bien sabemos, la palabra “Cristo” (Mesías) significa “el Ungido”. La humanidad de Jesús está insertada, mediante la unidad del Hijo con el Padre, en la comunión con el Espíritu Santo y, así, es “ungida” de una manera única, y penetrada por el Espíritu Santo. Lo que había sucedido en los reyes y sacerdotes del Antiguo Testamento de modo simbólico en la unción con aceite, con la que se les establecía en su ministerio, sucede en Jesús en toda su realidad: su humanidad es penetrada por la fuerza del Espíritu Santo. Cuanto más nos unimos a Cristo, más somos colmados por su Espíritu, por el Espíritu Santo. Nos llamamos “cristianos”, “ungidos”, personas que pertenecemos a Cristo y por eso participamos en su unción, somos tocados por su Espíritu.

Permítanme, amados hermanos, explicar brevemente el sentido de estos óleos y para esto he querido tomar la catequesis del Magisterio de la Iglesia, que como lo verán explica a este propósito de una manera tan sencilla y profunda a la vez:

Tenemos en primer lugar el óleo de los catecúmenos. Este óleo muestra como un primer modo de ser tocados por Cristo y por su Espíritu, un toque interior con el cual el Señor atrae a las personas junto a Él. Mediante esta unción nuestra mirada se dirige a las personas que se ponen en camino hacia Cristo, a las personas que están buscando la fe, buscando a Dios. El óleo de los catecúmenos nos dice: no sólo los hombres buscan a Dios. Dios mismo se ha puesto a buscarnos. El hecho de que Él mismo se haya hecho hombre y haya bajado a los abismos de la existencia humana, hasta la noche de la muerte, nos muestra lo mucho que Dios ama al hombre, su criatura. Impulsado por su amor, Dios se ha encaminado hacia nosotros…

En este sentido, deberíamos permanecer siempre catecúmenos. El conocer a Dios no se acaba nunca. Por toda la eternidad podemos, con una alegría creciente, continuar a buscarlo, para conocerlo y amarlo cada vez más.

Después está el óleo de los enfermos. Tenemos ante nosotros la multitud de las personas que sufren: los hambrientos y los sedientos, las víctimas de la violencia en todos los continentes, en particular acá en Cochabamba, los enfermos con todos sus dolores, sus esperanzas y desalientos, los perseguidos y los oprimidos, las personas con el corazón desgarrado y tantos y tantos que ustedes mismos los conocen y ven día a día.

De hecho, el curar es un encargo primordial que Jesús ha confiado a la Iglesia, según el ejemplo que Él mismo nos ha dado, al ir por los caminos sanando a los enfermos. Por tanto, el anuncio del evangelio debe ser un proceso de curación: “…para curar los corazones desgarrados”, nos dice hoy la primera lectura del profeta Isaías (61,1). El anuncio del Reino de Dios, de la infinita bondad de Dios, debe suscitar ante todo esto: curar el corazón herido de los seres humanos.

El hombre por su misma esencia es un ser en relación. Pero, si se desvirtúa la relación fundamental, la relación con Dios, también se desvirtúa todo lo demás. Si se deteriora nuestra relación con Dios, si la orientación fundamental de nuestro ser está equivocada, tampoco podemos ser curados de verdad, ni en el cuerpo ni en el alma. Por eso, la primera y fundamental curación sucede en el encuentro con Cristo que nos reconcilia con Dios y sana nuestro corazón desgarrado. Pero además de esta tarea central, también forma parte de la misión esencial de la Iglesia la curación concreta de la enfermedad y del sufrimiento. El óleo para la Unción de los enfermos es expresión sacramental visible de esta misión. Desde los inicios maduró en la Iglesia la llamada a curar, maduró el amor cuidadoso a quien está afligido en el cuerpo y en el alma.

En tercer lugar, tenemos finalmente el más noble de los óleos eclesiales, el crisma, una mezcla de aceite de oliva y de perfumes vegetales. Es el óleo de la unción sacerdotal, unción que enlaza con las grandes tradiciones de las unciones del Antiguo Testamento.

La liturgia de hoy vincula con este óleo las palabras de promesa del profeta Isaías: “Ustedes se llamaran ‘sacerdotes del Señor’, dirán de ustedes: ‘Ministros de nuestro Dios'” (61, 6). El profeta retoma con esto la gran palabra de tarea y de promesa que Dios había dirigido a Israel en el Sinaí: “Serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 19, 6). En el mundo entero y para todo él, que en gran parte no conocía a Dios, Israel debía ser como un santuario de Dios para la totalidad, debía ejercitar una función sacerdotal para el mundo. Debía llevar el mundo hacia Dios.

Con esta breve explicación comprendemos cómo adquieren un valor especial para nosotros las palabras del evangelio pronunciadas por el Señor Jesús y el cómo se cumple hoy esta palabra.
Pero es momento de detenernos en este asunto para hacer una segunda consideración con relación a nuestra Misa Crismal. En ella año tras año, los sacerdotes que hemos recibido el ministerio ordenado al servicio del Pueblo de Dios renovamos nuestras promesas sacerdotales, a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, quien es la razón de nuestra vida, ministerio y servicio.

Renovación de las promesas sacerdotales

¡Ésta es la magnitud del don que recibimos el día de nuestra ordenación! Fuimos asociados al sacerdocio mismo de Cristo, actuamos en representación de Él. Experimentamos entonces un cambio radical en nuestro ser y en un sentido ya no somos los que éramos. Separados del mundo fuimos constituidos de un modo especial en “hombres de Dios”. Y verdaderamente podemos decir que por nuestro ministerio tocamos las cosas de Dios y somos mediadores entre Él y los hombres.
Esto nos lleva a otra consideración, el de nuestra santidad de vida. Ciertamente a causa del don recibido el sacerdote “no puede menos de reproducir en sí mismo los sentimientos, las tendencias e intenciones íntimas, así como el espíritu de oblación al Padre y de servicio a los hermanos que caracterizan al Agente principal.” El Concilio dirá que “los sacerdotes, en su propia vida y conducta, están obligados a buscar la santidad por una razón peculiar, ya que consagrados a Dios por un título nuevo en la recepción del orden, son administradores de los misterios del Señor en servicio del Pueblo de Dios…”
Queridos hermanos en el sacerdocio: hoy, día en que queremos renovar nuestras promesas sacerdotales al Señor, de manera pública, frente al Pueblo de Dios y de cara a estos próximos días del triduo pascual. Dejemos que el santo Crisma con el que fuimos sellados y configurados con Cristo vuelva a brillar en nuestra vida y ministerio. Que el Espíritu Santo quien nos consagró encuentre en nosotros una renovada disposición a dejarnos tocar y transformar por su acción vivificante.

Los muchos acontecimientos vividos en nuestra Iglesia en los últimos meses que bien lo recordarán y todo lo que se aproxima a celebrar en el presente año, pienso que ha despertado en nosotros la alegría de saber que Dios está muy cerca, está entre nosotros y; al mismo tiempo, inspira en nuestro interior la gratitud por el hecho de que Él se confíe a nuestra debilidad. Esperamos que esta Pascua nos impregne más de la presencia de Jesús para ser hombres de Dios, porque lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin. Porque, al fin de cuentas, “Dios es la única riqueza que, en definitiva, los hombres desean encontrar en un sacerdote”.
A todos ustedes, queridos hermanos y hermanas que nos acompañan en esta celebración, expresando de ese modo la cercanía y afecto que sienten por sus sacerdotes, les pedimos que nos ayuden con su oración a vivir con mayor pasión y santidad nuestro sacerdocio, y pedir a Dios por las vocaciones sacerdotales. Nos sentimos profundamente agradecidos por el don de la fe y de la vocación sacerdotal, y felices de formar parte de este presbiterio en esta nuestra Iglesia diocesana.
Así sea.