InicioAnálisisCurar la sordera del alma. Nuestra comunicación podría convertirse en comunión

Curar la sordera del alma. Nuestra comunicación podría convertirse en comunión

Homilía para el 23 domingo del Tiempo Ordinario. Año B.

08 de septiembre 2024

 

 

La semana pasada en Brindisi, el Sud de Italia, en la víspera de la fiesta patronal de la ciudad el obispo celebró una liturgia en la playa y su homilía se extendió por más de 18 minutos. Aún no había terminado, pero algunas personas comenzaron a gritar “basta”, “basta”. Al parecer la homilía para algunos era demasiada larga y el obispo tuvo que cerrar su discurso. Luego, hubo fuegos artificiales sobre el mar y todo continuó normalmente.

 

Al día siguiente, era el día de Fiesta y la misa debía ser solemne, con la procesión más esperada del año. Esta vez el mismo obispo presidió la Misa pero en el momento de la homilía dijo:

 

“Para no cansarles también a ustedes, como he cansado a las personas de ayer – no quisiera que alguno gritase “basta” – he pensado que esta tarde estaré en silencio. Acojamos en silencio la palabra de Dios, que ha sido sembrada en nuestros corazones”.

 

Todo esto terminó en los periódicos y me hizo reflexionar sobre la importancia de la comunicación. Justamente, hoy el Evangelio también nos habla de comunicación, concretamente: de la ausencia de la comunicación porque el sordomudo estaba aislado de su mundo.

 

Reflexionemos. En nuestra vida, a veces somos sordos, otras veces nos hacemos los sordos y no queremos escuchar. A veces, también somos mudos porque no logramos expresar o hablar un lenguaje sencillo y claro, y con el tiempo perdemos la capacidad de transmitir (con palabras o sin palabras) aquello que tenemos en la mente y en el corazón.

 

Más que nunca vivimos en un mundo hiperconectado, las facilidades de los medios de comunicación son infinitas. Pero, estamos más aislados que nunca. Cada uno en su burbuja.

 

La Palabra de Dios, este domingo, nos quiere devolver la esperanza y confortarnos,  por esto hemos escuchado las palabras de Isaías.

 

“Se iluminarán entonces los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos se abrirán. Saltará como un venado el cojo, y la lengua del mudo cantará”.

 

En el Evangelio Jesús podía haber hecho un milagro con solo pensarlo, pero San Marcos describe un contexto con algunas acciones un poco extrañas.

 

Primero, Jesús está en una región pagana, esto quiere decir que la salvación debe ser anunciada dentro y fuera de nuestra comunidad. Jamás pensemos que la Iglesia es un gueto cerrado. Recordemos que la Iglesia no es un club de santos, sino un hospital para pecadores.

 

Después vemos, el sordomudo que es llevado por otras personas. Él no busca ayuda por sí solo.

 

Gracias a la solidaridad de su comunidad, de su familia o tal vez de sus amigos que él es puesto delante de Jesús. Esto nos enseña que en la vida no debemos estar solos. ¡En esta sociedad hiperconectada es tan difícil hacer amigos! Y este evangelio también nos enseña que la salvación puede llegar gracias a la ayuda o a las oraciones de otras personas que piden a Jesús que “imponga las manos” sobre un hermano nuestro.

 

 

Luego Jesús separa de la gente al enfermo. Jesús nos pide una pausa en nuestro ritmo frenético, nos pide que hagamos un alto en el camino y del ruido del pensamiento dominante de la sociedad, o de aquello que los otros piensan de mí, o si yo debo agradar a la sociedad. Jesús, por un momento, quiere estar solo con nosotros.

 

Nos invita al silencio. Nos prepara para obrar milagros en nuestras vidas.

 

Y Jesús actúa como un médico de esa época, usa sus dedos, hace gestos, usa saliva, y pronuncia la palabra EPHATA. Todo esto nos recuerdan al Génesis:

“Dios creó al hombre formándolo del polvo de la tierra; del barro lo formó. Dios le sopló su aliento en la nariz y le dio vida.”

 

Jesucristo al curar al sordomudo le da nueva vida, ahora él es una nueva persona.

 

Todo esto es una enseñanza potente: Jesús puede donarnos una nueva manera de ver la vida.

 

¿Estamos dispuestos a dejarnos sanar? ¿Tenemos el corazón abierto a las obras del Señor?

 

No importa en qué momento de tu vida estás, aprendamos a alejarnos del ruido por un momento, oremos en silencio, busquemos un momento con Jesús y dejemos que él obre en nuestras vidas, para conectar mejor con Dios y los hermanos. Gracias al Señor, nuestra comunicación se transformará en comunión.

 

 

Por: ARIEL BERAMENDI

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