Análisis

Clausura del Año de la Fe.

Este domingo 24 de noviembre, festividad de Cristo Rey, la Iglesia Católica concluye toda esa experiencia, que el emérito Papa Benedicto XVI, convocara para “el año de la fe”. Se inició el 11 de octubre y culmina ahora.  Lo convocó para conmemorar los 50 años del Concilio Ecuménico  Vaticano II.

Primer Momento. Ciertamente tuvo varios objetivos, el fundamental, invitar a una renovada conversión al Señor. En el documento de apertura,  la encíclica “Porta Fidei”, de Benedicto XVI, decía: “Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo”. Se trata, por tanto, de celebrar y proclamar nuestra fe en Cristo muerto y resucitado y esforzarnos por vivir en profundidad las exigencias de esta fe.

Además había la necesidad de recurrir a estudiar los documentos del Concilio Vaticano II, para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, no pierden su valor ni su esplendor, y se intensifique la celebración de la fe en la liturgia, especialmente en la eucaristía dominical- Por eso vino la invitación a dar testimonio de la propia fe y compartirla, especialmente en la acción evangelizadora; redescubrir los contenidos de la propia fe, expuestos principalmente en el Catecismo de la Iglesia Católica. La experiencia de este año era de revitalizar la fe en lo cotidiano, en nuestra vida diaria.

Un segundo momento: Si bien es cierto la Iglesia Católica vivía esta nueva experiencia de reflexión. A principios de este año, en febrero, nos llegó un momento muy difícil y complejo. Fue la renuncia del Papa Benedicto XVI, esta renuncia a muchos ha sorprendido. Se han intentado dar una comprensión precisa a esta decisión; nadie puede negar el giro profundo que se ha dado a todo el caminar de la Iglesia Católica.  El Papa atribuyo a su edad y a los cambios del mundo de hoy., “en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”.

El contexto del Año de la fe, ha permitido aceptar con tranquilidad esta transición, este proceso nuevo de la iglesia. Se presentaron muchas especulaciones e interrogantes, en una ambiente de mucha esperanza.  

En poco tiempo los cardenales eligieron a Nuestro Papa Francisco, un jesuita y latinoamericano, que atenuó y silenció toda esa atmósfera de incertidumbre que se fue dando. Hombre sencillo, cercano y con ideas de cambio que hace nuevas las miradas a la Iglesia.

En poco tiempo asumió todo los desafíos de la iglesia e hizo que la vivencia de la fe se potencie y se vibre otros sentimientos. El mundo aprobó con gran admiración a esta figura, que en sus palabras no dio simplemente un lenguaje simbólico, sino que quiere de verdad una iglesia nueva, dinámica, con católicos activos, vivos, no dormidos, ni proselitistas, sino testigos de ese Jesús de Nazaret.

En pocos meses, como obispo de Roma,  ha logrado dar una dinámica de participación y acción a la vida de los católicos. No se ha reservado nada para él, sino ha empezado a transparentar información, sus mensajes y compartir la conducción de la Iglesia. Nos ha demostrado que, en el año de la fe, era necesario un discernimiento serio, planificado, y que dé signos de cambios. Así nos lo presentó para seguir su camino de acompañar al pueblo de Dios, como Obispo de Roma y Pastor de nuestra Iglesia.

El año de la fe, entro en un ambiente de tierra fértil, que recibía una cantidad de novedades que poco a poco se fueron germinando. Rio de Janeiro fue el toque especial, el encuentro con los jóvenes, marcó la diferencia. Invito a toda la iglesia a que nos renovemos, de lo contrario nos estancamos. Tal vez lo que más resalta es que el Papa Francisco nos invita a toda su iglesia a salir de nosotros mismos.  Nos invita ir hacia las periferias; dejarnos de mirar, como decimos el ombligo.  Porque ha desafiado a toda su iglesia para que salgamos hacia las periferias geográficas y existenciales, para fecundarla.  Nos ha empujado a una evangelización auténtica, desde la cercanía, desde la sencillez, desde el testimonio de vida y desde la coherencia evangélica.

Tercer momento: Como para darnos un toque especial, Tanto el Papa emérito, Benedicto XVI, como nuestro papa Francisco nos ofrecieron una encíclica, “La luz de la fe”, para que profundicemos la fe y experimentemos unos elementos de vida nueva. “La fe, sin verdad, no salva, no da seguridad a nuestros pasos. Se queda en una bella fábula…” Por eso es necesario vivir la experiencia.

Cada experiencia de fe no se sella como algo superficial, sino que se compromete, “la fe transforma toda la persona, precisamente porque la fe se abre al amor.  Esta interacción de la fe con el amor nos permite comprender el tipo de conocimiento propio de la fe, su fuerza de convicción, su capacidad de iluminar nuestros pasos.” (LF)

Hoy nosotros, ciudadanos de la tierra, de este mundo en cambios. Tenemos una urgencia, comprender y vivir la fe con otro contenido, más sólido, más encarnado en la realidad. “La comprensión de la fe es la que nace cuando recibimos el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da ojos nuevos para ver la realidad.”(LF)

No podemos dejar que la fe se licue, lo decía el Papa Francisco a los jóvenes en Rio, pero en Lumen Fidei dice: “Si hiciésemos desaparecer la fe en Dios de nuestras ciudades, se debilitaría la confianza entre nosotros, pues quedaríamos unidos sólo por el miedo, y la estabilidad estaría comprometida.”

Ser signos de Esperanza hoy es un gran desafío, vivir la esperanza del cambio,  caminar con la mente abierta y disfrutar de la pluralidad de la fe, nos hará más unidos.  La fe seguirá, en nuestro continente porque es una fortaleza para hacer de este mundo más humano y solidario.  Ahora se tiene la misión y será permanente, de llevar la fe a todos y en especial a los excluidos, marginados, pero con nuevas actitudes. Nuestros pueblos, no pueden esperar. Llegó el tiempo de dar un giro a la misión de la Iglesia. Ahora es el momento, la fe que llevamos es para cambiar la vida de nuestros pueblos.