Homilía para el Cuarto Domingo de Cuaresma
15 de marzo 2026
¿Por qué Jesús usa su saliva y tierra para hacer lodo y sanar al ciego de nacimiento? En teoría, el Hijo de Dios no necesita hacer nada manual para sanar a un enfermo, bastaría con que diga unas palabras y el ciego quedaría sano. Por ejemplo, en otros pasajes del Evangelio él ordena: “levántate” y el milagro se materializa.
Otro aspecto interesante de este pasaje del Evangelio es que el ciego de nacimiento está sentado pidiendo limosna. Él no está buscando a nadie, ni pidiendo ser sanado. En realidad, es Jesús, por su propia voluntad, quien se le acerca y le devuelve la vista. Lo lleva de las tinieblas a la luz.
En un segundo momento, cuando ese hombre es expulsado de la comunidad, una vez más, Jesús se le acerca para manifestarse como su salvador. Por esta razón hoy celebramos “Domingo Laetare” (domingo de la alegría) en medio de la Cuaresma. Nos alegra saber que Jesús viene a nuestro encuentro incluso cuando no lo buscamos; él se acerca para iluminar nuestras vidas.
Respondiendo a la primera pregunta sobre el significado de la saliva y el barro, tenemos que entender que el Evangelio de San Juan muestra a Jesús como continuador de la obra creadora del Padre. Se trata de una alusión a la creación del hombre en el Génesis, cuando Dios crea al hombre del polvo de la tierra y sopla en él su aliento de vida. En la cultura del tiempo de Jesús, la saliva representaba la vida.
Con ese gesto concreto, Jesús está recreando la parte dañada del ciego de nacimiento.
¿Qué significa esto para nosotros y cómo aplicamos este evangelio a nuestras vidas?
Nuestro Señor viene a nuestro encuentro y nos sana, nos repara, renueva la creación en nosotros. Si estamos ciegos nos hace ver. Si vivimos en las tinieblas nos ilumina interior y exteriormente, para vivir como hijos de la luz. Esta buena noticia debería darnos alegría y esperanza.
Pero en este pasaje del Evangelio también hay una paradoja. Los fariseos, en lugar de maravillarse o alegrarse porque una persona ha sido salvada, la expulsan porque lo consideraban un producto del pecado y de la culpa.
Entonces, al fin y al cabo, realmente ¿quién está ciego? Hay un ciego de nacimiento que ahora ve y hay un grupo de personas que no quieren ver; ellos han transformado su religión en una venda que cubre sus ojos y que no les deja experimentar el poder sanador del Señor.
Este Evangelio, escrito hace dos milenios, sigue siendo actual, porque todavía existen ciegos que se dejan transformar por Jesús, pero también sigue existiendo la ceguera de la soberbia, que anula la fe y la caridad, y que no reconoce la mano sanadora de Jesús.
Así como los fariseos expulsaron al ciego de nacimiento que ahora puede ver, hoy también vivimos con la tentación de alejar a aquellos que no consideramos uno de los nuestros, y comenzamos a etiquetar: puros e impuros, pecadores y limpios, positivos y negativos… Es una tentación constante.
Mientras nos acercamos a la Semana Santa, recordemos que Jesús vino a salvarnos, que él nos mira por dentro, no se queda en las apariencias. Hoy la Palabra de Dios nos exhorta: “Despierta, tú que duermes; levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz.”
POR ARIEL BERAMENDI
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