Análisis

Buen Samaritano: ¡Anda y haz tú lo mismo!

Para el 11 de febrero de 2013, Jornada Mundial del Enfermo, el Papa Benedicto XI en su mensaje específico propone como tema de reflexión la parábola que Jesús expuso al legista que preguntaba sobre quién era su prójimo para amarle como a uno mismo. Jesús a modo de ejemplo le contó la historieta del samaritano, cuya actitud misericordiosa hacia el herido y ultrajado contrasta con la del sacerdote y la del levita que dieron un rodeo para no verlo (Lucas 10, 25-37). La recomendación final de Jesús “¡Anda y haz tú lo mismo!” nos interpela a seguir el ejemplo del samaritano, también en nuestro tiempo. Si bien la tecnología nos ofrece grandes horizontes de acción, la cultura globalizada nos empuja hacia la indiferencia y la intolerancia frente a las personas enfermas.

Etimológicamente el adjetivo “enfermo” significa “infirmus” o sea “poco firme” y se aplica al ser humano debilitado o impedido porque su cuerpo, de manera parcial o total, no funciona correctamente. Ese debilitamiento o impedimento puede deberse a varias causas por herencia, discapacidad, accidente o maltrato y también por el normal desgaste biológico propio de la edad avanzada.

Normalmente la enfermedad desencadena el dolor y no raras veces provoca una situación de angustia. El sentir dolor y/o la incapacidad de no poder ver, moverse y hacer cosas que hasta ahora uno había realizado lleva a una sensación de ansiedad, impotencia y frustración que se agrava cuando se trata de una dolencia irreversible o incurable y todavía más si se trata de una enfermedad terminal.

Algunas personas son incapaces de salir de esa depresión que con el tiempo se va agravando, pudiendo llevar hasta la desesperación…  Pero, en cambio, hay también otras que logran superar la crisis por tener actitudes y convicciones positivas para lo cual puede ayudar mucho el apoyo de los familiares y amistades. Tanto las personas enfermas como las que estamos en su entorno tenemos que aprender del Buen Samaritano Divino a vivir la enfermedad, a tratar a las personas enfermas, a cargar con sus dolencias y también a aceptar plenamente el sufrimiento redentor.

Durante su vida pública el Maestro mostró una actitud misericordiosa y compasiva hacia las personas aquejadas por diversas dolencias corporales o espirituales, curándoles y restituyendo su salud corporal y espiritual. Incluso hizo lo que parecía escandaloso. No rechazó a los leprosos ni a los que ejercían profesiones consideradas impuras según la Ley mosaica y ni tampoco a las prostitutas, sino que se acercó y se hizo prójimo de todos ellos, sanándoles y perdonándoles. Se enfrentó contra el diablo y liberó a los poseídos por los espíritus malignos, permitiéndoles recuperar la libertad de los hijos de Dios.

De esa manera Jesús mostró que la compasión y la misericordia son las virtudes claves para superar las barreras de la indiferencia y de la intolerancia cultural, étnica, política e incluso religiosa. Él no sólo curó, sino que, además, en la cruz cargó con el pecado del mundo, origen de la maldad, de la enfermedad y de la muerte, ofreciéndose al Padre como víctima expiatoria.

Solamente en la fe es posible comprender ese gesto sublime de Jesús. Nos revela que la enfermedad y la muerte son consecuencia del pecado del mundo, tanto de los pecados personales como de las transgresiones iniciales de la humanidad, narradas en los primeros capítulos del Génesis. Jesús así lo comprendió y se ofreció, como el Siervo de Dios, a cargar con nuestras dolencias, haciéndose él mismo expiación por nuestros pecados (Isaías 53, 4). De esta manera quienes hemos sido liberados de la esclavitud del maligno, confiamos en Jesús y con su Espíritu estamos habilitados para seguir sus huellas haciéndonos prójimos de las personas que sufren, cuidándoles y transmitiéndoles la esperanza de una vida plena, donde ya no habrá ni luto ni lágrimas y viviremos para siempre con la Familia Divina.