Sucre

ARTÍCULO DE MONS. JESÚS PÉREZ: “DESCORRIENDO LOS VELOS”

Hemos venido en este tiempo de Navidad, que hoy termina, contemplando los grandes misterios de Dios, manifestados en su Hijo hecho hombre, nacido de María Virgen, dado a conocer a los humildes pastores y a los “Magos”. Hoy se descorren nuevamente los velos de Dios en la manifestación trinitaria, en la gran teofanía, producida en el bautismo de Jesús en el río Jordán.

A los treinta años Jesús se bautizó en el Jordán. A veces oigo a personas que dicen: “Jesús se bautizó a los treinta años, ¿por qué bautizar a los niños?”. El mismo Juan Bautista nos hace ver que el bautismo de Juan era diferente esencialmente al de Jesús. Juan confiesa claramente su indignidad para bautizar a Jesús. Hay dos bautismos. El de Juan no era sacramento del bautismo. El bautismo de Juan era un simple rito de penitencia, un lavado con agua. El bautismo de Jesús, el sacramento del bautismo, nace de la muerte de Cristo, es bautismo con agua y Espíritu Santo. El bautismo de Jesús es una unción del Espíritu Santo. El de Juan era un puro lavado exterior, el de Jesús crea una nueva criatura, se renace a una vida que es la misma vida de Dios.

El bautismo de Juan tenía un simbolismo muy claro, en medio del ardor del desierto, era refrescante y vivificadora el agua. Todo tenía novedad, era una expresión de renovación, de purificación, de liberación, de preparación a la venida del Mesías.

Jesús se puso en fila y aguardó pacientemente su turno. Llegado el momento avanzó decididamente, agachó la cabeza para expresar humildemente su voluntad de estar abierto al Espíritu Santo, en actitud penitencial. Ahí se produjo el descorrer el velo del misterio de Jesús de Nazaret. Todos coincidían en haber escuchado una voz que venía del cielo, y haber visto una paloma descender sobre aquel hombre tan igual a los otros aparentemente. De alguna manera, todos entendieron que era el Espíritu Santo quien tomaba la forma de paloma.

En la escena del Jordán aparece el protagonismo del Espíritu Santo, pues se posa en forma de paloma sobre Jesús. No se sabe porqué la paloma: ¿será porque la paloma es un ave mansa, símbolo de la paz? o ¿será una reminiscencia de lo que leemos en el libro del Génesis, que nos cuenta que el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas y las llenó de vida?

Cuando se escribieron los evangelios y el libro de los Hechos de los Apóstoles las pequeñas comunidades cristianas tenían una amplia vivencia de que el Espíritu Santo llenaba de su gracia a cada uno de los bautizados. Esto mismo sigue ahora haciendo en cada uno el Santo Espíritu. El bautismo y la confirmación nos dan al Espíritu Santo y nos empujan a la misión de la evangelización, siendo discípulos misioneros.

San Juan Crisóstomo hablándonos del bautismo nos dice: “ahora aparece la paloma no para traer un ramo de olivo en el pico, como en tiempos de Noé, sino para señalarnos al que venía a liberarnos de todos nuestros males y para infundirnos las más bellas esperanzas. Esa paloma no venía para sacar a un solo hombre del arca, sino para levantar al cielo la tierra entera y, en lugar del ramo de olivo, trae a todo el género humano la filiación divina”. ¡Qué hermoso y grande es el bautismo!

Lo importante del bautismo, por consiguiente, es haber nacido de Dios, ser hijo de Dios. San Juan nos dice: “¿quién es que el vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?… Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo, y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe” (1Jn 5,4-5).

Hemos celebrado con fe la Navidad y esto nos ha llenado de alegría. La fiesta del bautismo de Jesús completa todas estas celebraciones. Creo que se debiera ver más claras las consecuencias de nuestro bautismo, de nuestra fe en Cristo. El bautizado es una persona que ha optado por Cristo. ¿Vivimos con alegría el ser bautizados?

El bautismo es para todos los cristianos, como fue para Jesús, el inicio de un camino y una misión. Ser bautizados significa, en primer lugar, ser hijos de Dios, no esclavos, ser seguidores e imitadores de Cristo, ser mensajeros de su reino. Por ello, si creemos en Cristo deberíamos participar mucho más en la lucha contra el mal y sentir en nosotros la vida divina, la vida de hijos de Dios y, a la vez, sentirnos también hermanos de todos.

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE

Domingo, 8 de enero de 2012