Análisis

Ana Lucía Velasco: La paternidad invisible

Yo tengo un padre excepcional. En cada recuerdo que tengo de mi infancia, él está presente. Nunca se perdió ningún momento de mi vida y no tengo recuerdos de soledad en mi infancia. Ya que mi papá nos acompañaba a mi y a mis hermanas siempre, mi mamá cuenta que en nuestro colegio los profesores solían preguntar ¿Es que ese señor no trabaja?

Y sí trabajaba. Mi papá trabajó por años como funcionario público y también de forma independiente; y aún así, él siempre estuvo ahí. En perspectiva, ahora me doy cuenta que él tuvo que pagar un precio muy alto para que yo hoy pueda decir que nunca me sentí sola. Se hizo; y se cargó al hombro, una fama de impuntual, porque antes de cada reunión de trabajo o compromiso social, él tenía que hacer algo por mí o mis hermanas. Se cargó al hombro una etiqueta de “abusado” porque estaba siempre pendiente de las necesidades de su familia, compuesta enteramente por mujeres. Se cargó al hombro horas y horas extras de trabajo, ya que el tiempo que nos dedicaba durante el día, no le dejaban suficientes horas para cumplir con sus obligaciones laborales. Y hoy, con un poco más de consciencia sobre lo que vivió mi papá, y ahora que tengo un hijo y un esposo, deseo que un hombre no tuviera jamás que cargarse tantas cosas al hombro para poder ser padre.

Lo cierto es que los hombres deben encontrar maneras de ser mejores padres sin ser menos hombres, ya que como sociedad hemos construido una imagen de la paternidad que ejerce violencia contra los hombres que desean ser padres y que ejerce violencia contra los hijos que necesitan tener padres presentes en sus vidas. Cuando imaginamos a un “buen padre” pensamos en un hombre que trabaja mucho para sustentar económicamente a su familia ¿y qué más?. Nada. No permitimos a los hombres ejercer ningún tipo de paternidad que vaya más allá de generar plata, sin amenazar su identidad como hombre ¿Quién tiene más posibilidad de pedir permiso en el trabajo si su hijo está enfermo sin que sea mal visto, el padre o la madre? ¿Cómo hace un hombre para renunciar a su trabajo para poder criar y ver crecer a sus hijos sin ser visto como un “mal padre” por no trabajar?

Nuestras leyes reflejan esta mentalidad.  El permiso de paternidad en Bolivia es de tres días. Un hombre que trabaja tiene únicamente tres días para conocer a su bebé, para cuidarlo, para entender lo que su bebé necesita, para darle la bienvenida a su casa. Tres días. Islandia da 90 días, Suecia 70 días y Finlandia 54 días.  Tres días es lo que consideramos como un tiempo justo para que un padre comience a ser padre. El carnaval dura más tiempo. Los hombres no gozan de una baja prenatal, puesto que no se considera que ellos juegan algún rol mientras la mujer está embarazada ¿Cómo serían nuestra sociedad si permitiéramos al hombre ser parte de este proceso, acompañando a la mujer, dándole tiempo al hombre para informarse, preparar la llegada de un bebé y compartir el proceso con ella?. Los hombres no tienen horas de lactancia porque se considera que sólo la mujer tiene algo valioso que ofrecerle al bebé: su leche. ¿Cómo sería la sociedad si permitiéramos a los hombres volver a sus casas unas horas antes para que puedan bañar a sus bebés, jugar con ellos y verlos crecer, en vez de poder verlos solamente cuando están dormidos?

El hecho de que el día del padre reciba menos atención que el día de la madre se debe, entre otras cosas, a que nuestra sociedad invisibiliza a los padres. La sociedad machista gradúa a la mujer como “mujer de verdad” cuando se convierte en madre; y esa misma sociedad machista, ignora al hombre cuando se convierte en padre.

El día del padre debería servir para comenzar una lucha en la que, comenzando por las leyes, se visibilice a los padres como sujetos con derechos, cuya presencia es de vital importancia para la vida, felicidad y autoestima de sus hijos y de ellos mismos. Reconozcamos que el nacimiento de un hijo es un hecho vital que cambia la vida de las personas. Nuestra ley actual le está diciendo a todos los padres del país que el nacimiento de un hijo no les afecta a ellos, que su vida sigue igual y que ser “buen padre” se puede medir con plata. Hagamos que las leyes permitan a las familias ejercer una responsabilidad paterna equilibrada, en la que los padres son un equipo y comparten roles, responsabilidades y presencia.

Felicidades y gracias a todos los padres que, como el mío, han decidido ejercer su paternidad en contra de todos los estereotipos y obstáculos sociales que les ponemos. Y perdón. Perdón por invisibilizarlos, por no luchar para darles una sociedad en la que puedan ser padres sin dejar de ser hombres.

Ana Lucía Velasco es politóloga, investigadora social y docente en la UCB.
Twitter: @AnaVelascoU

fuente: Agencia ANF