Homilía para el 20º domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B. 18 de agosto 2024
Una vez más nos encontramos con Jesús hablando del Pan de Vida, pero esta vez añade un elemento nuevo: Jesús también habla de su sangre.
Carne y sangre en el lenguaje bíblico expresan la humanidad concreta.
Durante estos domingos que estamos escuchando el Evangelio de San Juan, Jesús “sube de tono”, y parece que pide algo imposible, difícil de entender y asimilar con la mente humana, algo que va más allá de la imaginación humana.
En efecto, en los primeros siglos del cristianismo, los discípulos de Jesús fueron perseguidos porque se les acusaba de canibalismo. Los perseguidores literalmente pensaban que había grupos de personas que se reunían para comer y beber, la carne y la sangre de Jesús…
Las imágenes y palabras que encontramos en el Evangelio de Juan, de hecho, pueden resultar impactantes para las personas que no tienen fe.
Pero lo que Jesús quiere transmitir y enseñar es que Él es el único capaz de saciar nuestra hambre para la eternidad.
Cuando Jesús habla de “alimentarnos de Él mismo”, nos quiere explicar el tipo de relación que Él tiene con el Padre, y el tipo de relación que nosotros deberíamos tener con Dios.
No hablamos de estar al lado o cerca de Dios, ahora hablamos de estar dentro de Dios.
No se trata de ser buenos católicos, sino de convertirnos en buenos discípulos.
Este es el concepto revolucionario de Jesús quien propone alimentarnos de Él mismo y, por lo tanto, convertirnos en Él. Por eso decimos que los santos se configuraron con él, e incluso se “cristificaron”.
Un intercambio a todos los niveles, pero un intercambio transformador.
Así, nuestra vida se convierte en un camino de identificación con Cristo, hasta llegar a ser como Él. Obviamente, estas son palabras grandes.
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En estos últimos domingos hemos escuchado muchas reflexiones sobre el alimento de la vida eterna, y ahora quisiera reflexionar también sobre los muchos otros alimentos que nutren nuestra vida, nuestras emociones, nuestro tiempo, y en general, alimentan nuestra vida diaria y que poco tienen que ver con el Pan de Vida Eterna.
Reflexionemos interiormente. ¿Cuáles son los alimentos que buscamos desesperadamente, tal vez solo como gratificación momentánea?
Pensemos, por ejemplo, en cuántas horas de nuestro día y de la noche gastamos alimentándonos de redes sociales, de TV, de noticias superfluas, o incluso de chismes o de publicidad.
Así como en los supermercados encontramos tanta comida, de todos los precios, y a veces cerramos un ojo cuando sabemos que no es buena para nuestra salud… y pensamos, una vez no me hará daño.
Creo que es importante pensar y reflexionar también sobre qué alimentos en mi vida me alejan de la verdadera felicidad, de las personas que amo o de las personas que me aman; porque la felicidad y la eternidad de la vida dependen de nuestra capacidad para hacer fructífero el amor evangélico que recibimos en la Eucaristía, en la Palabra del Señor y en cada obra de caridad que realizamos.
Pidamos al Señor tener la voluntad y la fe para nutrir nuestra vida con su pan y aprendamos a hacer una gran dieta desintoxicante de tantos alimentos que nos alejan de Él.
POR ARIEL BERAMENDI


