Análisis

…Al borde de un precipicio

A ti, joven campesino.

Disculpa las últimas semanas de abandono. De no escribirte estas acostumbradas líneas. Aunque en diferentes momentos nos hemos visto y hemos charlado de ¡tantas cosas!, esta columna que me permite el Correo del Sur sirve para fijar ideas, plasmar sentimientos, proyectar quizá alguna intuición para el futuro. Para hablarte al corazón.

Hoy deseo compartir contigo, chaval del internado, uno de esos muchos textos literarios sugerentes que caen en manos de quienes deseamos seguir aprendiendo el misterio que encierran los libros… Ya sabes: ¡tus buenos amigos!

Por favor, lee conmigo:

“Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan en él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Esto es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero eso es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura”

¿Te gusta? Son las inolvidables palabras que Jerome David Salinger pone en boca del adolescente Holden Caulfield, en su obra magistral: “El guardián entre el centeno”. Palabras sugerentes, con un sinfín de interpretaciones que hacen pensar.

A tu lado quiero subrayar una de esas posibles interpretaciones. Como eres un chico vivo y espontáneo, sé que ya adivinas a qué me refiero. Los educadores, que os acompañamos en el arduo trabajo de alcanzar la madurez humana y espiritual, nos identificamos con ese guardián entre el centeno. Vigilantes amables de quienes, siguiendo el ejemplo literario, vivís jugando al borde de un precipicio.

Quisiéramos que vuestra vida, inmersa en esta realidad social plagada de dificultades, sea toda ella como un juego. No el juego intrascendente del que no quiere crecer, distraído con mil componendas que le infantilizan. Dicen los entendidos que el adolescente Holden está expresando con sus palabras el miedo al abandono de la propia infancia y el rechazo por el mundo adulto.

Quisiéramos para vosotros el sano dinamismo que no ahorre los apuros, que exija esfuerzo y tesón y en el que no falte el cobijo y la seguridad que deben ofrecer nuestros desvelos: desde la preparación con mimo de la asignatura que impartimos hasta la corrección serena que quiere reforzar una cualidad o desechar un vicio. Además, ofrecer unos brazos abiertos en gesto de amparo para momentos de tristeza, nostalgia o especial indefensión.

Imagino un interrogante merodeando por tu pensamiento:

Padrecito, ¿a qué se refiere Salinger con eso del precipicio?

Insisto en que eres un chico observador y perspicaz. Mejor que yo, tú podrías definir ese precipicio que amenaza vuestra integridad adolescente. Es el precipicio de la soledad hiriente que en tantas ocasiones quiere encontrar compañía en adicciones peligrosas. El precipicio del desamor, vivido quizá desde la primera infancia, y que puede reclamar afectos exclusivos y desafortunados. Es el precipicio de las pocas o nulas oportunidades que se resuelven en un futuro marcado por la precariedad y la delincuencia. El precipicio de los complejos humillantes que forjan personalidades desequilibradas y carentes de lucidez.

Es el precipicio, en fin, de la mentira e hipocresía. De los protagonismos baldíos. De la violencia ramplona. De todas aquellas actitudes groseras que anulan la generosidad y los ideales propios de vuestra edad.

Permíteme una confidencia, apropiándome las palabras del joven Holden. Esto es lo que me gustaría hacer todo el tiempo: ser el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero eso es lo único que de verdad me gustaría hacer. Y junto a mí, a tantos y tantos buenos educadores que cada día se dejan jirones de vida al lado de miles de niños que están solos.

Guardianes entre el centeno… Al borde de un precipicio.