Análisis

Agustín Echalar: “EL ALTO, SUS IGLESIAS, SU CURA”

La semana pasada ha muerto, repentinamente y por tanto de una manera envidiable, el padre Sebastián Obermayer, había vivido en El Alto por alrededor de 40 años, luego de que fuera prestado por la Arquidiósesis de Munich Freising a la de La Paz. Su paso por esa ciudad que todavía no lo era cuando él se fue a vivir allí, ha dejado una huella verdaderamente amable. Gracias a él, cada par de kilómetros, o aún menos, en cada barrio se podría decir, hay una pequeña o no tan pequeña iglesia con una torre relativamente alta, en algunos casos estas torres recuerdan a las acebolladas de su nativa Baviera, en otros tienen un acabado más simple.
 
Cuando hace muchos años le preguntaron cuantas iglesias había construido, este no quiso dar el dato, era posiblemente una mezcla de pudor, y de no querer  alimentar polémica, porque no todo el mundo estaba fascinado con esa proliferación de templos católicos que dejaba a los españoles como constructores poco prolíficos. En efecto, se puede decir casi sin lugar a dudas, que en unos 10 años, Obermayer construyó más iglesias que las que hicieron los españoles en 300 años en las zonas aledañas a la ciudad de La Paz.  Los pachmamistas podrían estar indignados, pero también las personas modernas y cosmopolitas que racionalmente piensan que esos dineros pueden ser mejor utilizados en servicios sociales.
 
En efecto, la construcción de las iglesias de El Alto levantó polvo en su momento, los arquitectos las encontraban inaceptables, los ateos superficiales,  y no vayamos a preguntar su opinión a los evangélicos, pero el asunto puede ser visto desde el lado amable. Eran construcciones muy económicas, diseñadas por el mismo padre, como había sucedido casi siempre en las zonas pobres. Una iglesia, con el debido respeto, no es mucho más que un galpón medianamente bien decorado.  Estas iglesias no solo rompieron con la monotonía del Alto de entonces que era un mar de casas a medio construir casi sin una fachada, sino que respondieron a una necesidad que desde una mirada cosmopolita son intrascendentes, pero que en un mundo donde la superstición y la superchería conviven, no dejan de ser una opción muy aceptable.
 
Una vez un periodista alemán le preguntó a Obermayer si él no había pensado en algún momento que tal vez mucha gente quería quedarse con sus creencias ancestrales, y Obermayer, con una seguridad que no albergaba fanatismo le contestó una verdad que vale la pena recordar. ¨el pueblo aymara es fundamentalmente católico¨, se podría añadir, digan lo que digan los antropólogos.
 
Obermayer luchó su propia guerra santa, y lo hizo de la mejor manera, construyendo iglesias a veces con torres que parecían minaretes, mejoró a su manera El Alto, la hizo una ciudad más vivible, y de seguro tocó muchos corazones.  Había dejado uno de los rincones más bellos del mundo, una de las ciudades más amigables del mundo, para vivir en un páramo, y como él dijo, eso  era para el ¨super¨. Si uno ve las cosas en perspectiva, también puede ver en el Cura de El Alto, uno de los grandes ejemplos positivos del celibato, una de las columnas de sostén de la iglesia católica que está siendo tan vapuleada últimamente.
 
La de Obermayer fue una vida de entrega, de sacrificio, pero de gran trabajo y de grandes logros, vida envidiable, casi tanto como su muerte.
 
Como todo ser humano tuvo sus luces y sus sombras, alguien en las redes sociales mencionó en referencia a esto que un obituario no debía ser solo un panegírico edulcorado. Y si,  hay algo que también se puede criticar en Obermayer,  no me refiero a su impaciencia y a veces a algún gesto iracundo, que como sabemos, hasta Cristo lo tuvo, sino a su incursión en el séptimo arte. Su película sobre la historia de la virgen de Copacabana puede competir,  desentonar , con las últimas películas de Jorge Sanginés, y con eso se ha dicho todo al respecto.
 
Paz en su tumba.