Análisis

Abel Maldonado Álvarez: “La Fe de Jesús” (Parte I)

La gran contribución de Jesús a los valores de la experiencia humana desde su nacimiento no fue que revelara tantas nuevas ideas sobre el Padre en el cielo, sino más bien, que tan magnífica y humanamente demostró un nuevo y más alto tipo de fe viva en Dios.

Cuando se empieza a hablar sobre la de fe de Jesús, hablamos de una fe sublime e incondicionada en Dios, que tiene él como hijo. Jesús experimentó los estados de ánimos buenos y malos, típicos de la existencia mortal, pero, en el sentido religioso, no dudó nunca de la certeza de la compañía y la guía de Dios. Su fe no fue ni tradicional ni meramente intelectual. Fue totalmente personal y puramente espiritual, acompañada por su oración personal al Padre.

La gran contribución de Jesús a los valores de la experiencia humana no fue que revelara tantas nuevas ideas sobre el Padre en el cielo, sino más bien que tan magnífica y humanamente demostró un nuevo y más alto tipo de fe viva en Dios. Esta fe triunfante fue una experiencia viva de real alcance espiritual.

Jesús vive en nuestro tiempo y espacio, históricamente, su relación eterna con el Padre en el Espíritu. La humanidad de Jesús se realiza y articula trinitariamente. Jesús es el hijo que en su existencia terrena, en virtud del Espíritu, por nosotros y por nuestra salvación vive como enviado por el Padre para abrirnos al camino de retorno al Padre.

Es de ahí que tomare los evangelios para reafirmar, esta experiencia de fe viva de Jesús en Dios; así como en la teología, se ha recuperado la fe de Jesús, es además mencionada en algunos lugares del nuevo testamento, esta expresión no aparece con frecuencia, y después de la resurrección, seda comprensiblemente, una concentración en la relación del creyente con la persona de Jesús, y así más que en la fe de Jesús, se insiste en la fe de Cristo, es por ello que en los evangelios e incluso en los escritos teológicos, como la Carta a los hebreos, mencionan este aspecto tan importante de la fe de Cristo, como en Gálatas y en el Apocalipsis.

Por lo tanto, la fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma. Por la fe “el hombre se entrega entera y libremente a Dios” (DV 5). Por eso el creyente se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios. “El justo vivirá por la fe” (Rm 1,17). La fe viva “actúa por la caridad” (Ga 5,6).

La palabra fe proviene del latín fides, que significa creer. Fe es aceptar la palabra de otro, entendiéndola y confiando que es honesto y por lo tanto que su palabra es veraz. El motivo básico de toda fe es la autoridad (el derecho de ser creído) de aquel a quien se cree. Este reconocimiento de autoridad ocurre cuando se acepta que el o ella tiene conocimiento sobre lo que dice y posee integridad de manera que no engaña.

La fe es esencialmente la respuesta de la persona humana al Dios personal, y por lo tanto el encuentro de dos personas. Y al tomar como principio los fundamentos bíblicos del Nuevo Testamento, vemos que en los evangelios se ajustan a la confesión cristiana primitiva que declara su fe en Jesús como el Cristo de Dios y como el mediador entre Dios y los hombres, y lo hacen concediendo gran importancia al relato de la pasión de Jesús.

La denominación de “Cristo” para Jesús, en tanto el Mesías como David (sal 88) habría de ser “un hombre de fe”. Tratar de recorrer el camino que va de la predicación de Jesús a la fe en Jesucristo (en Jesús el Cristo), significa efectuar una reconstrucción critica que haga justicia a los problemas y a las diferencias existentes entre las fuentes bíblicas que tenemos a la vista.