Análisis

Abel Maldonado Álvarez: “¡El misterio de la Pasión!”

El nuevo testamento (NT) en su conjunto es un ir y venir hacia la cruz y la resurrección. La encarnación está encaminada hacia la cruz. Por tanto no tiene asidero el mito moderno de que el cristianismo es ante todo “encarnacionismo”, arraigo en el mundo y no muerte a este mundo. Jesús prefirió un cristianismo crucificado. El misterio de Cristo es también nuestro misterio. Lo que le sucedió a la Cabeza, debe también suceder en los miembros: encarnación, muerte y resurrección. Una vida no es auténticamente cristiana si no contiene este triple ritmo. San Atanasio dice que el Logos de suyo no podía morir.

Por eso tomó un cuerpo que pudiera morir, para ofrecerse por todos. Los apóstoles en sus primeras predicaciones anuncian sobre todo la resurrección de Cristo; y al hacerlo pueden remitirse a las palabras de Jesús, como los discípulos de Emaús (Lc 24,46-48). Toda la vida de Jesús es un servicio que llega a poner su vida como rescate por la multitud (Mc 10,45).

En los pasajes del NT no aparece el nombre de “última cena”. Este es una elaboración a partir de la referencia a la “cena” de Jesús. Sin embargo, la naturaleza de la comida que Jesús hizo con sus discípulos poco antes de su detención y muerte aparece descrita de diversas maneras en el NT. San Juan (Jn) reduce las acciones de Jesús al lavatorio de los pies. Fue un acto simbólico, que el evangelio narra con la intención de presentar un “ejemplo”. Esta acción pretende brindar un resumen simbólico de toda la vida de Jesús.

La primera referencia del NT a la “última cena” aparece en 1Co (56 D.C.), en que Pablo, ya antes de contar lo que Jesús hizo y dijo en ella, habla de una participación de los cristianos en “la mesa del Señor”. Pablo hace referencia a un rito cristiano, que llega a comparar con los “sacrificios” del “pueblo de Israel”. El rito a que alude Pablo es la “cena del Señor”. En 1Co 11,23-25 recoge la primera versión de la instrucción de este rito: Cómo Jesús, la noche en que iban a entregarlo, cogió un pan, dio gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”, añadiendo la recomendación de que volvieran a hacer lo mismo en memoria de él. De la misma manera, “después de cenar”, tomó una copa de vino, dijo: “Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre”.

Pablo expresa una continuidad entre el alimento sacramental ofrecido en Corinto con el que distribuyó Jesús en la Ultima Cena; es idéntico al cuerpo sacrificado en la cruz y a la sangre derramada. Además el don eucarístico es una misma cosa con el cuerpo glorificado del Señor ya resucitado; pan y bebida espiritual. Por tanto, en los dones consagrados se hace presente el Señor crucificado y resucitado, que aplica a los hombres su obra redentora cruenta.

En la cena, Jesús se consideró a sí mismo como cordero ofrecido en sacrificio, ya que carne y sangre designaban en el AT las dos partes integrales del animal sacrificado, separadas por la inmolación. Además, la expresión “derramada por muchos” (la sangre) proveniente de la terminología sacrificial alude al valor expiatorio y redentor de la muerte de Jesús. La Ultima Cena tuvo una dimensión sacrificial en cuanto que en ella se condensa y se compendia la vida entera y la muerte de Jesús como diaconía, como oblación y entrega del Hijo por los hombres al Padre. Este fue el sentido inicial que Jesús dio a la cena, y así lo entendió también la comunidad primera: muerte, pasión y resurrección. En cristo vivimos, morimos y resucitamos.