Homilía para el 4to domingo de Adviento, ciclo C
22 de diciembre 2024
Dentro de pocas horas será Navidad, y estoy seguro de que ya tenemos nuestros planes bien organizados.
En algunos casos, incluso calculados con precisión: el jersey que vestiremos, horarios, menús, lugares en la mesa, películas por ver… Sin embargo, en este último tramo de nuestro camino hacia la Navidad, nos hemos reunido como familia cristiana para celebrar nuestra fe y pedirle al Señor que nos ayude en este tiempo de emociones contrastantes.
Hoy, al leer el Evangelio, me llama la atención cuánta acción encontramos en él. Vemos a María que se levanta y va con prisa a visitar a Isabel. Dos mujeres que se encuentran, se abrazan con alegría, ambas esperando un hijo. Un niño, Juan el Bautista, salta de gozo en el vientre de su madre.
No es difícil imaginar las expresiones de afecto entre estas dos primas.
Aquí, en nuestra iglesia, tenemos la Capilla de la Virgen, y si se han fijado bien, hay una representación de este momento en el cuadro detrás del altar. Además, he sabido que, donde hoy está la oficina parroquial, antes vivía una religiosa y la casa se llamaba “Visitation House”. Hoy, ese edificio es nuestro “Centro Pastoral” al número 27, sin embargo, todavía hay una sala que lleva el nombre de “Visitation Room”. Parece ser que este pasaje del Evangelio es parte de la historia de nuestra comunidad.
También hoy estamos llamados a levantarnos y caminar con prisa, como María. Si pensamos que tenemos tantos problemas, imaginemos la situación de María: una chica muy joven, tal vez de 16 años, que acaba de recibir el anuncio de un ángel de que está esperando un hijo. Ella tiene explicarle esto a José, su prometido. Además, si las autoridades civiles y religiosas descubren su embarazo fuera del matrimonio, corre el riesgo de ser condenada a muerte pública.
Y nosotros nos quejamos si el regalo que queríamos no llegó en la talla o el color que deseábamos. (¡Es un simple ejemplo!)
Pero María, llena del Espíritu Santo, se levanta. No mira hacia abajo, sino hacia arriba, hacia Dios. Es en Dios donde encuentra la fuerza, la esperanza y la voluntad para ayudar. Así, se pone en camino para visitar a su prima Isabel, una mujer en el otro extremo de la historia: mayor, casada desde hace muchos años, pero que al final de su vida ha sido bendecida con la maternidad. Porque, como nos recuerda el Evangelio, para Dios nada es imposible.
El Evangelio resalta la prisa de María: camina con energía, consciente de que lleva consigo la alegría y el auxilio para Isabel. También nosotros, como María, estamos llamados a no perder la esperanza, a compartir la verdadera alegría y la esperanza con nuestros amigos y con las personas que encontramos cada día.
Es muy probable que los problemas y las dificultades de nuestra vida seguirán siendo los mismos antes y después de la Navidad. Pero podemos pedirle al Señor que estos días sean para nosotros un tiempo para retomar energías, para fortalecer nuestro cuerpo y espíritu, y así seguir caminando, ojalá con prisa, con alegría y esperanza.
Que María, nuestra Madre, a pocas horas de la Navidad, nos ayude a levantarnos y caminar con prontitud para hacer el bien.
POR ARIEL BERAMENDI


