Homilía para el Quinto domingo de Cuaresma
Domingo 22 de marzo 2026
¿Por qué Jesús no fue inmediatamente a ver a su amigo enfermo, y qué significan sus lágrimas ante su tumba?
Este es el último Domingo de Cuaresma y en estas semanas hemos reflexionado y celebrado que Jesucristo es el Agua Viva y luz en nuestras tinieblas.
Él no considera la enfermedad como consecuencia del pecado familiar o un castigo, sino que él viene a nuestro encuentro y está siempre listo para sanarnos, incluso cuando no lo pedimos. La experiencia y los años de vida nos muestran que la enfermedad y las pruebas son parte de la vida misma.
Este pasaje del evangelio aumenta en dramaticidad e incluso usa palabras crudas para transmitirnos su enseñanza.
Primero se subraya que Jesús amaba a sus buenos amigos Lázaro, Marta y María. Era una amistad que había sido cultivada y no era improvisada ni utilitarista. Esta es ya una gran enseñanza sobre la amistad. ¡Incluso el Hijo de Dios necesitaba de buenos amigos!
¿Pero, por qué Jesús no va inmediatamente a Betania? La respuesta del evangelista San Juan es que Jesús está a punto de realizar su último signo imponente y desproporcionado, antes de su pasión. El milagro de la resurrección de Lázaro es la gota que rebalsa el vaso. Este signo no solo provoca asombro sino una reacción política: el Nazareno tendría que ser eliminado.
¿Y por qué llora Jesús? Ante la tumba de su amigo Jesús revela que tiene una vida emocional, y desde ese corazón humano y divino, él materializa el misterio de la salvación. No olvidemos que Jesucristo es Dios y hombre verdadero.
Contrariamente, parece que en la actualidad llorar en público nos da vergüenza. Interiormente preguntémonos, ¿cuándo fue la última vez que he llorado y por qué razón? Ojalá tuviésemos la libertad de llorar, de desahogarnos y no reprimir nuestras emociones. Todavía hoy enseñamos a los niños que los hombres no lloran o que llorar es un signo de debilidad.
El Evangelio de hoy también usa una descripción cruda para explicar el estado de descomposición del cuerpo humano de Lázaro. Pensemos que, si Jesús resucita al tercer día, Lázaro llevaba ya cuatros días muerto, pues ya no hay esperanza de vida para él.
Sin embargo, Jesús pide que levanten la piedra de la sepultura, no importa el mal olor de un cuerpo descompuesto. Jesús ordena: “¡Lázaro, sal de allí!” Y el muerto sale, todavía con vendas en su cuerpo.
Aunque parezca crudo, también en nuestra vida encontramos problemas que hemos enterrado, o situaciones enfermizas que preferimos tapar con una piedra. A veces, tenemos heridas que ignoramos, o sufrimientos que no queremos asumir, conversarlos o perdonarlos. ¿Y qué pasa? Todo empieza a descomponerse más, y el olor a podrido ya no se puede ocultar.
Pero el mensaje de este evangelio es revolucionario: Cristo, nos muestra un amor sin condiciones y viene a redimir aquello que está perdido, podrido y muerto.
Es impresionante. Jesús viene a salvar, a sanar, a llenar de vida a nuestros sepulcros. Nosotros tenemos que estar dispuestos a quitar las piedras de nuestros sepulcros y esto significa escuchar su voz que nos dice: yo soy la resurrección y la vida.
Cultivemos nuestra amistad con Jesús. No tengamos vergüenza ante nuestro Señor.
Pidámosle con fe, en nuestra oración, que al final de esta Semana Santa, también nuestras tumbas queden vacías.
POR ARIEL BERAMENDI


