Homilía para el 5 domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C
09 de febrero 2025
En el evangelio de hoy encontramos algunos elementos que, aparentemente, no funcionan.
Primero, tenemos las redes vacías. Esas redes usadas por los pescadores no sirven para pescar, o tal vez los pescadores están haciendo mal su trabajo. Algo en la vida misma está mal. Pensemos en nuestros proyectos y cuando nos esforzamos tanto pero no obtenemos los resultados esperados.
Pero también tenemos a personas que “tienen algo que no funciona”. Encontramos al apóstol Pedro, quien se autodefine como un pecador y le dice a Jesús: “¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!”. Algo similar sucede con Pablo, como hemos escuchado en la segunda lectura, él se considera: el último de los apóstoles e indigno de llamarse apóstol.
¿Qué nos enseña este evangelio? Parece que el pecado quiere poner un muro entre Dios y la persona, y a veces lo consigue, porque nos separa más y más de nuestro Señor.
Lo que sucede es que nuestras debilidades, nuestras imperfecciones y esas faltas de paciencia y voluntad que tenemos, nos mantienen ancorados en una zona de confort que, nos llevan a concebir a Dios como un ser lejano, juzgador y castigador; y hace que nosotros mismos nos consideremos como personas totalmente imperfectas e impuras y lejanas de Dios.
Es cierto que nadie es digno del amor de Dios; por ejemplo nadie es digno de alimentarse de la Eucaristía porque en nuestra relación con Dios, todo es gracia: su Palabra, su Cuerpo y su Sangre, la redención y la vida eterna… ¡Todo es gracia!
Esto significa que no debamos hundirnos en la oscuridad y la desesperación, sin dejar espacio a la luz de Cristo.
Intento explicarme mejor para evitar confusiones: Jesús vino a mostrarnos el rostro misericordioso de Dios. Él nos enseñó que Dios es nuestro Padre y que Él es Amor. Sin embargo, nuestras reglas, demasiado humanas, a veces lo encajonan y lo transforman en un Dios que solo da premios y castigos. Así pensamos que, si hacemos algo bueno, recibimos un premio; y si hacemos algo malo, recibimos un castigo.
Pregunto ¿Tú, que eres papá o mamá, te comportas así con tus hijos todo el tiempo? ¿O, en el fondo, los amas sin medidas y sin condiciones? Dios es igual, porque es un Padre misericordioso.
Por eso, debemos saber que nuestras limitaciones o defectos no nos alejan de Dios, sino que son una oportunidad para experimentar su misericordia, para experimentar su perdón y par aprender a ser más humildes.
Dios, que nos ha creado, sabe que somos débiles y que en esta vida no podremos ser perfectos, aunque es evidente que debemos intentar ser perfectos, como Dios Padre, pero sabiendo que en esta vida siempre enfrentaremos tentaciones, caídas, errores, pérdidas de paciencia, frustraciones, heridas, rencores, etc. Todo esto no debe convertirse en un muro que nos separe de Él.
Por eso Jesús le dice a Simón: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”. ¿Y qué hicieron los apóstoles? Llevaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron. Vemos que Él nos quiere a su lado, nos transforma y nos da la oportunidad de redimirnos. Ahora depende de nosotros “dejarlo todo y seguirlo“.
En lugar de alejarnos de Jesús, permitamos que Él se suba a la barca de nuestra vida, a la barca de nuestros proyectos o de nuestra familia. Estemos dispuestos a escucharlo cuando nos diga: “Lleva la barca mar adentro y echa tus redes para pescar”.
Él nos está invitando a transformar la manera de ver nuestra vida. Muchos dirán: “Es que yo siempre he creído que Dios me premiaba o castigaba” o “es que esto o aquello es pecado mortal”. Pero ahora Jesús te pide que cambies tus esquemas meramente humanos y por eso en esta Eucaristía pidamos que seamos capaces de abrirnos a la gracia divina.
Amén.
ESCRITO POR ARIEL BERAMENDI


