Homilía para el 31 Domingo del Tiempo Ordinario.
3 de noviembre de 2024
Este domingo, a diferencia de otros diálogos de Jesús con los escribas, vemos a uno que se acerca con respeto; se trata de alguien que sigue el camino correcto y pregunta a Jesús qué es lo esencial en la fe.
Muchas veces, en nuestra vida de fe, también buscamos respuestas concretas: ¿Puedo practicar yoga? ¿Puedo comulgar si llego tarde a misa? ¿está bien si celebro Halloween?, etc., etc.
Y no solo cuestiones prácticas, sino también preguntas existenciales, que pueden definir nuestro futuro y el de nuestros seres queridos.
Es importante hablar sobre la ley. En tiempos de Jesús, los mandamientos que Dios dio a Moisés se multiplicaron y de 10 pasaron a más de 600 preceptos, transformando la religión en un cúmulo de normas que debían seguirse al pie de la letra, enterrando así la relación con Dios bajo las reglas.
Por eso Jesús viene a trasformar la ley y viene para enseñar que la verdadera fe nace de un encuentro personal con Él.
Esto no significa que la ley no sea importante. Claro que lo es. Pero en la vida espiritual existe un difícil equilibrio entre ley y fe, y nosotros deberíamos ser como ese escriba honesto que busca respuestas honestas.
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A la pregunta «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?», Jesús responde con una oración: “Escucha, Israel”.
Entonces, lo primero es escuchar: escuchar a Dios, a uno mismo, a los demás. Escuchar significa también contemplar, meditar, y, en resumen, atender a la voz de Dios en nuestra conciencia.
En un mundo de ritmos competitivos y vidas ocupadas, Jesús nos invita a detenernos un momento, escuchar, discernir y ejercitar nuestra inteligencia y sentido común.
Después de esa primera parte de la respuesta, Jesús pasa a la acción y dice:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”.
Habla del ámbito emocional, físico y espiritual, que afecta directamente nuestra vida personal y la de quienes nos rodean.
Una enseñanza clara de este evangelio es que debemos aprender a amar y a comprender qué
significa verdaderamente amar. Esto implica que debemos descubrir el verdadero significado del amor, porque en el mundo incluso existen personas que matan diciendo que lo hacen por amor.
El Evangelio, una vez más, nos exhorta a aprender a amar, a ser honestos con nosotros mismos y a examinar si lo que llamamos amor es algo inmaduro, egoísta, o una mentira, o una obsesión, etc.
Recordemos que el amor cristiano es una consecuencia de un encuentro con el Señor.
Todos tenemos la necesidad de amar y de ser amados genuinamente, pero a veces los miedos nos alejan del verdadero amor.
Por eso, este evangelio quiere llegar al fondo de nuestro corazón. Jesús nos va mostrando el camino y la manera. Él nos ofrece una solución, pues ya en la Última Cena, Jesús explica y nos hace ver que el amor no es un esfuerzo, sino algo gratuito que implica también la donación personal. El Señor nos manda amarnos unos a otros porque ya hemos sido amados.
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El amor es un tema universal para la humanidad y se convierte, entonces, en una oportunidad para interactuar con el mundo. Es posible acercarse a los demás, incluso si todavía no han encontrado a Cristo.
Finalmente, Jesús elogia al escriba y le dice: “No estás lejos”, lo que significa que todavía le falta algo para alcanzar el Reino. La respuesta está en el mismo evangelio: es importante “atravesar a Cristo”, es decir, pasar, entrar y tener un encuentro personal con Él. ¡Quizás también a nosotros nos falta ese pequeño paso!
(Y aquí abro un pequeño paréntesis: en la Iglesia, Cristo es representado como una puerta abierta al Reino de Dios, y por eso existe la tradición de que en momentos importantes de la historia de la Iglesia, es decir, durante los jubileos, se abren las Puertas Santas, que normalmente están cerradas con un muro. Los peregrinos cruzan la Puerta Santa y ganan la indulgencia plenaria. Cierro el paréntesis).
Hermanos y hermanas: Dios, que es amor, nos ha creado por amor y para que podamos amar a los demás permaneciendo unidos a Él.
Sería ilusorio pretender amar al prójimo sin amar a Dios; y sería igualmente ilusorio pretender amar a Dios sin amar al prójimo.
POR ARIEL BERAMENDI


