Homilía Domingo 4 de agosto de 2024 – 18 Domingo del Tiempo Ordinario B
Continuamos leyendo el Evangelio de San Juan y hoy hemos proclamado un texto articulado.
Vemos que después del milagro de la multiplicación del pan, al día siguiente la gente persigue a Jesús, solo porque les ha dado de comer abundantemente y no tanto por su fe. Así que Jesús se va al otro lado del lago.
La gente no ha entendido la verdadera misión de Jesús.
Algo similar sucede en la lectura del Antiguo Testamento: los israelitas desconfían de Moisés y Aarón y dicen que se sienten abandonados y prefieren la muerte porque no creen que Dios los liberará y más bien quieren la garantía del alimento, quieren signos concretos.
Reflexionemos este domingo: ¿Por qué buscamos a Jesús?
¿Lo buscamos solo porque llena nuestras necesidades primarias o porque da sentido a nuestra vida y nos llena el alma y el corazón?
En la vida actual, tenemos muchas promesas que nos aseguran felicidad, bienestar y comodidad. Se nos ofrece un tipo de alimento o de pan que nos asegura resultados inmediatos, pero que no nos habla de eternidad. Si nos pondríamos a leer la letra pequeña al final de la publicidad nos daríamos cuenta que estamos vendiendo nuestra alma al diablo.
Este domingo, la exhortación de Jesús es: buscad el pan que permanece, el que puede alimentarnos para la vida eterna y puede redimirnos.
Si hacemos una reflexión honesta sobre el evangelio de hoy, nos daremos cuenta que, a veces, estamos buscando el pan de la auto compensación, de la auto consolación, y que, sobre todo, es un pan efímero y que no nos lleva a ninguna parte.
En esta celebración dominical, llevemos nuestra mirada sobre la Palabra de Dios y la Eucaristía, que nos hace mirar nuestra vida terrena con otros ojos.
Tendríamos que entender mejor esa frase que repetimos tantas veces cuando decimos: Danos hoy nuestro pan de cada día.
Es la oración que nos enseñó Jesús y que nos habla del “alimento” y del “hoy”. No hay necesidad de escapar de nuestra realidad y buscar alimentos, que no llenarán nuestra vida, y que pueden transformarse en paliativos que nos engañan y nos alienan.
La gente que buscaba a Jesús le preguntaba ¿qué debemos hacer? Mientras que Jesús les dice que deben creer, por lo tanto hoy se nos invita a priorizar el “creer” y luego el “hacer”.
Escuchamos a Jesús este domingo que nos invita a comer el Pan del Cielo. Así que no caigamos en la tentación de diseñar y reformular nuestro pan de cada día.
Jesús es el único que puede alimentar nuestro corazón y nuestra vida. Es él quien nos dice: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed”.
POR ARIEL BERAMENDI
(Imagen de: Joaquin Sorolla Y Bastida)


