Homilía para el Quinto Domingo de Cuaresma.
06 abril 2025
Hemos llegado al quinto domingo de cuaresma de este año y tenemos la imagen de la mujer adúltera. Una persona que está a punto de ser linchada públicamente. Situación que, desgraciadamente, sigue sucediendo hoy en día en algunos lugares del mundo.
Qué redentor hubiese sido Jesús si su respuesta hubiese sido: sí, esta persona es pecadora y entonces tiene que ser apedreada y morir aquí mismo.
Esa mujer -sin nombre, de quien no conocemos más detalles- es toda la humanidad.
En este domingo antes de Semana Santa, Jesucristo, mira a la humanidad, y a cada uno de nosotros, como miró a esa mujer pecadora. Nos mira con compasión ofreciéndonos el perdón de nuestros pecados.
En realidad, Jesús se encuentra ante una trampa presentada por sus enemigos. Si Jesús decía que sí debían castigarla, era una falta contra el imperio romano que no admitía el linchamiento porque ellos se habían reservado la decisión sobre la pena de muerte. Pero, si decía que no, entonces se ponía en contra de las autoridades civiles y religiosas de Jerusalén y sería acusado de desobediencia a la ley.
El silencio de Jesús recuerda que el único legislador es Dios. A veces, nos encontramos con personas que son más papistas que el Papa, o que quieren ocupar el lugar de Dios para decir sobre la vida y la muerte de los demás.
Pero, la realidad es que Jesús vino al mundo para salvarnos y ofrecernos una vida nueva. No vino para juzgar y condenar.
Por eso, en este Evangelio, Jesús no pone la atención en la mujer pecadora, sino en los acusadores y su derecho para acusar. Ellos se sienten tutores de la ley y de su fiel aplicación y en confrontación a ellos, Jesús personifica la misericordia de Dios y quiere salvar a la mujer pecadora, porque Él redime y renueva.
Con su perdón, Jesús abre un camino nuevo delante de nosotros. Es la actualización y la plenitud de la salvación, así como se nos recuerda en la primera lectura que del Antiguo Testamento, Dios abrió un camino en el mar para salvar a su pueblo de la esclavitud. Ahora, Jesucristo abre el camino del perdón. Un camino creado por la misericordia, un camino que tenemos que recorrer sin pecar, y si alguna vez sucede, tenemos que ser capaces de levantarnos y recomenzar.
Un dicho español dice que “hasta el santo peca siete veces al día.
Son frases que nos recuerdan que todos somos pecadores, y por eso en el Evangelio los más ancianos, los más expertos, incluso los más sabios, se dan cuenta que no son perfectos, y poco a poco se marchan.
Al final quedan solos la mujer y Jesús, San Agustín dijo: “quedaron solos la miseria y la misericordia”.
Hermanos y hermanas, si en este momento tenemos piedras en nuestras manos y queremos lanzarlas contra otras personas, tenemos que soltarlas. Cuando juzgamos a los demás o hablamos mal de alguien, estamos tirando piedras y no tenemos derecho a hacerlo.
Pero ¿Por qué Jesús no tira la piedra? Porque Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y que viva. Esto no significa que en nuestra vida hagamos lo que queremos sin ninguna preocupación o sin respetar la ley.
Jesús no le dice a la mujer pecadora: ahora ve y sigue pecando como si no pasara nada. Sino que le dice: vete (es decir alzarse y ponerse en movimiento porque para vivir hay que moverse); y añade: y en adelante no peques más.
Pidamos al Señor, la capacidad de transformar nuestras vidas para vivir el perdón. Es decir, pedir perdón a Dios, aprender a perdonar a los demás y sobre todo aprender a perdonarnos a nosotros mismos.
POR ARIEL BERAMENDI
IMAGEN: Christ and the Woman Taken in Adultery” de Rembrandt (1644). Wikimedia


