Análisis

YUCUMO, OTRA REALIDAD DE PELÍCULA

No producimos gran cosa en materia de cine; tal vez ni siquiera para el gasto de casa, mucho menos para competir fuera. En cambio, no nos faltan condiciones naturales para traslapar la realidad con la ficción. Hay momentos en que uno no sabe si está soñando, si está viendo una película o es una pesadilla que sacude a plena luz del día.

Todavía no salimos del caso Rózsa, el famoso culebrón terrorista que se cometió en el hotel Las Américas, y ya tenemos a la vista otro similar, también cargado de suspenso y de misterio. A diferencia del primero, donde por propia confesión del autor se supo quien instruyó la masacre, en Yucumo las cámaras mostraron el atropello, pero no se sabe quién dio la orden de ejecutar.

Alguien tiene que haber sido, y no aparece.

Lo que al principio era algo simple, como arrancar la verdad al propio Vicepresidente que dijo saber de buena tinta quién dio la orden contra los indígenas, de pronto se ha vuelto muy complejo y oscuro. Para volverlo aún más misterioso, dizque se conformará una comisión investigadora del más alto nivel; ojalá no sea demasiado alto, para que no se pierda en el confín brumoso de la impunidad.

Entre tanto, un fiscal está buscando lo que no se ha perdido. En realidad no tiene que andar mucho. Sólo hay tres instancias claves: La máxima autoridad ejecutiva, el Ministerio de Gobierno y el Comando de la Policía Nacional. Sacha se fue “cantando” yo no fui. El Subcomandante de la Policía no quiere ser chivo expiatorio. Y entonces, por deducción lógica, el autor es de más arriba. No hay donde perderse.

Pero el problema es que nadie tiene el valor civil de decirlo, aunque todos escuchan la voz del silencio que denuncia. García Linera a su vez, con su habitual frescura conocida, finge ignorar que el callar lo que uno sabe sobre un delito es cometer encubrimiento. La intriga policial está matizada en este punto de un indudable interés psicológico. Si a sabiendas se corre el riesgo de ser enjuiciado, por algo será.

Por el carácter surrealista del suceso, muchos creen que debía incluirse entre los investigadores a un veedor de coca, uno de esos expertos yatiris que saben ver el pasado, el presente y el futuro. Pero no un amauta, porque los de este rango habían sido imprevisibles y peligrosos. Uno de ellos, como se recordará, terminó siendo narco-amauta, después de aquella aparatosa ceremonia en Tiwanacu donde coronó de Apu Mallku al jefazo.

Con todo eso y los proyectos de investigación era de esperar que el drama del Tipnis se cerrara. Pero de pronto emerge y se añade otro capitulo inesperado. El inquilino del Palacio Quemado se desdobla en dos personajes antagónicos. ¡Quién creyera!

Obedeciendo al pueblo, el Presidente firmó la Ley Corta, y luego el dirigente cocalero se rebela contra aquel y alecciona a sus huestes: “¡Ahora ustedes pidan la carretera!”. ¿Quién manda en Bolivia?