Análisis

Tanto tiempo con nosotros… ¿para qué?

A ti, joven campesino.

No me gusta, ni quiero, ser negativo. Me parece que es lo más antihumano que existe.

Creo que las personas -mujeres, hombres, jóvenes, adolescentes, niñas, niños- poseemos un rico tesoro íntimo, quizá envuelto y disimulado por un sinfín de peripecias intrincadas que nos marcan e influyen en el día a día.

Para nosotros, educadores, el desafío está en hacer emerger, sacar afuera, todo el caudal de belleza y bondad que nuestras chicas y chicos guardan celosamente, aún sin saberlo, en ese templo de puertas cerradas que lucha por abrirlas para que entre el aire fresco y salga la multitud de fantasmas.

En nuestro Hogar-internado es lo que intentamos vivir. En medio de limitaciones, errores y serenos aciertos, procuramos emplear cada jornada, con toda su batería de pequeños y grandes gestos, para que resurja, junto a las Matemáticas y la Literatura, tu grito interior. Queremos poseer la sabiduría de la escucha y el tesón de la confianza.

Para nunca, nunca, desesperar de tus posibilidades. Y así, creer siempre, con renovado empeño, en ti. Nuestra mejor recompensa en días de trabajos aparentemente baldíos es, precisamente, la Fe que seamos capaces de derrochar en tu persona.

Entenderás, querido amigo, por qué no puedo permitirme ser negativo. Pero los interrogantes, las objeciones, surgen con la vitalidad de animalitos dañinos dispuestos a tragarnos.

¿Cuánto tiempo hace que llegaste a este Centro? -recuerdo que te pregunté no hace mucho. Fue un día en que te noté especialmente sensible a la confidencia.

Son ya casi siete años, padrecito -me dijiste con cierto aire cansino.

Aproveché la oportunidad para hacerte pensar en un posible balance de todo ese tiempo. Ahora que te preparas para vivir el acontecimiento de tu Promoción como Bachiller y Técnico Medio en la especialidad elegida. Y es que estoy convencido de que no podemos pasar por la vida con la superficialidad de los necios y sí con la prudencia de quienes saben apurar inteligentemente cada gesto vivido.

Debo confesar que en el trasfondo de aquella larga conversación latía la polilla de la decepción. Ésa que va carcomiendo las ilusiones puestas en ti. La que hipoteca tanta confianza, expuesta ahora a la intemperie.

Tanto tiempo con nosotros… ¿para qué? -me atreví a argüir, no sin miedo. Y tu rostro extrañado delató mi osadía.

Lo siento, pero creo que es cierto. Alguien debe decirte que los resultados alcanzados, no precisamente en la libreta de calificaciones, sino en ese otro termómetro que marca la temperatura de nuestros talantes y actitudes, son en tu caso un claro fiasco.

De quien debíamos esperar la radiante alegría, sólo nos regala ansiedad y semblante huraño. De quien podíamos esperar el ilusionado y diligente trabajo, el esfuerzo continuado, sólo nos devuelve flojera y aburrimiento. De quien queríamos esperar la sincera amistad, que sabe de altruismo y generosidad, sólo nos interpela con disimulados desaires y silencio en el testimonio.

De quien necesitábamos el lúcido compromiso a favor de los marginados y excluidos, sólo nos demanda con rastreros intereses materialistas que buscan un futuro acomodado y ramplón. De quien urgíamos una confiada oración, una suave mirada a lo alto, un cálido susurro al corazón de Dios, sólo nos responde con indiferencia y desprecio.

¿Serás el resultado de una sociedad, de una cultura, con las miras demasiado a ras de tierra, con el desencanto a flor de piel, con ese acérrimo relativismo en el que todo vale? Mucho nos tenemos que evaluar los adultos sobre nuestros desmanes: el diálogo interesado, la violencia siempre amenazante, la división de razas y pueblos, el desquite a cualquier precio… la intolerancia.

Pero no quiero ser negativo. No me gusta desesperar. Disculpa mis palabras, quizá alarmantes. Todavía lo podemos intentar. Eres joven y con muchas hojas de calendario por delante. Acompáñanos en la aventura de descubrir tu bondad y tu belleza. Porque las tienes. Permite que el aire fresco entre en tu templo interior anquilosado. Deja que la Fe siga siendo nuestra maestra.

Tanto tiempo con nosotros… y aún estamos a tiempo.