Santa Cruz

“Sin la verdad, no hay paz” Mons. Sergio Gualberti (Resumen Homilía)

Al comenzar su homilía Mons. Sergio Gualberti, agradeció las muestras de afecto recibidas del pueblo de Dios durante el tiempo que tuvo que hacer un alto en sus obligaciones pastorales. Recibió atención médica de emergencia por profesionales cardiólogos que lograron controlar un incidente que hubiera tenido consecuencias impredecibles si no se hubieran actuado con la celeridad y precisión que lo hicieron.

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Al comenzar la procesión de entrada, en los rostros de los fieles que vieron pasar al celebrante, se dibujaban sonrisas de amistad y miradas afectuosas al ver a su pastor restituido. El Arzobispo de Santa Cruz, está bien.

Al comenzar su Homilía, Mons. Gualberti expresó su agradecimiento: “De todo corazón a  todos ustedes a todos los que han orado por mi recuperación y a los que me han hecho llegar sus expresiones de cercanía en los momentos de mi enfermedad, en especial quiero expresar mi gratitud a los médicos que han intervenido con gran disponibilidad, efectividad y profesionalidad evitando así consecuencias más serias en mi vida, y por supuesto que agradezco particularmente a Dios por una prueba más de su amor para conmigo y así con este corazón renovado oraré para que Él mismo les pague y les bendiga con creces a todos ustedes.

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También un saludo afectuoso a nuestro cardenal julio que ha vuelto de un viaje muy provechoso en distintos países y en el que ha tenido la gracia de ordenar obispo a un redentorista. Es una alegría tenerlo nuevamente en medio de nosotros…

Seguir a Jesús es propio de todo bautizado, todos estamos llamados a entregarnos al señor con todo nuestro ser este hecho exige fortaleza y la fortaleza es un don que recibimos del Espíritu Santo que se nos da con el sacramento de la confirmación, un don que nos acompaña para servir al Señor con valentía. Si es un don, no es algo nuestro, no es algo propio, por eso no podemos caer en la tentación de sentirnos héroes pero tampoco podemos caer en la desesperación que nos lleve a abandonar el camino del Señor.

 

Seguir a Jesús significa ser sus discípulos misioneros, comprometerse con su misión. Tarea nada fácil, ni para el mismo Señor.

Jesús dice que su presencia no es una presencia insignificante, trae fuego, fuego que modifica, que transforma, que conlleva sufrimiento y dolor. Jesús anuncia la llegada y la cercanía del Reino de Dios y lo testimonia con su conducta solidaria con los últimos, con los relegados de manera especial.

Esta actitud de Jesús causa rechazo porque pone en discusión los fundamentos de esa sociedad y el orden establecido y es justamente la oposición de las autoridades que llevará a Jesús a la muerte en la cruz y Jesús utiliza una palabra para hablar de su muerte: “tengo que recibir un bautizo” No habla de un sacramento sino bautismo como la terrible prueba de su muerte. Claro que seguirá la resurrección pero Jesús tiene conciencia del trago amargo que le espera. Jesús siente la angustia y el peso de sumisión y la vence gracias a la oración y a la asistencia del espíritu que le da la fuerza de cumplir el mandato del padre.

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Hemos visto a otro ejemplar heroico el profeta Jeremías, arriesga su vida porque anuncia la destrucción de Jerusalén y del Reino de Judá. Esa valentía de decirle al pueblo lo que va a ocurrir, viene de la fuerza del Señor, tiene que hablar, es su misión. Lo que más cuenta es transmitir con fidelidad la palabra de Dios y ésta es nuestra misión, porque todos los bautizados somos profetas llamados a recorrer el mismo camino con la mima radicalidad aunque sabemos que podemos sufrir incomprensiones y hasta el martirio.

Enfrentar las dificultades con coraje desde la mirada puesta en el señor, en el iniciador y consumador de nuestra fe, fijemos la mirada en Jesús. Vivir y dar testimonio arraigados en una fuerte experiencia de Dios, esto nos da el valor de luchar por la verdad, por el amor, la justicia, la fraternidad, para defender los derechos de los pobres de los débiles como es el caso del embrión humano que se abre a la vida y que ahora con una Ley se lo quiere matar.

¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No.  Les digo, he venido a traer la división. ¿Jesús enciende una esperanza en nuestro corazón y después la apaga? Mi paz les dejo, mis paz les doy pero no como la da el mundo, nosotros muchas veces consideramos paz a la ausencia de la guerra. A nivel internacional, ¿consideramos paz cuando recurrimos a las armas y se aplacan a los que no piensan de la misma manera o se lanzan sectores contra otros sectores? Esa no es paz, es paz de los sepulcros.

Llamamos paz cuando vivimos en la abundancia sin considerar si se ha conseguido con engaño.

Llamamos paz los egoísmos porque hemos logrado tener unos bienes muy deseados, casa movilidad, las piedras que muchos hermanos han ido a sacar a Urkupiña. ¿Esto nos hace hombres de paz?

¿Cual es la paz de Jesús? ¡es su propia vida entregada por nosotros¡

Tenemos que abrir nuestro corazón a la palabra cuando verdaderamente ésta se vuelve luz en el camino.

Ésta valentía es la que hemos visto en Jesús y en el profeta Jeremías, hombre de paz. Sin la verdad no hay paz. Es la valentía de Jesús que entrego toda su vida para que tuviéramos la verdadera paz.

Dios nos invita a sumergirnos en la paz de Jesús y a ser gente de paz, esto implica hablar como Jeremías, no en nombre nuestro, sino en nombre de la verdad, en nombre de Dios, así habla el Señor.

Amén