Internacional

“Si conocieras el don de Dios” Jn. 4, 10

El domingo pasado, contemplábamos a Jesús cansado del camino, sediento, necesitado de los
demás, capaz de establecer diálogo, situado desde la lógica de la gratuidad, con tiempo para el
encuentro.
Experimentando una necesidad humana vital: agua. Imposible, no sentirnos completamente
identificadas/os con Jesús.
También nosotras/os, cansados del camino, reconocemos que tenemos sed. En esta coyuntura del
mundo, no acabamos de comprender la magnitud de lo que sucede:
– Una pandemia que nos recuerda lo vulnerables que somos, un virus, capaz de modificar
nuestras agendas, el ritmo de la vida, el orden mundial. Una ráfaga de enfermedad que
evidencia que las desigualdades, especialmente en el área de la salud, son un factor que
aumenta el riesgo para los más pobres. Y que nos recuerda que mientras unos se empeñan en
abastecerse con abundancia de lo que algún día pudieran necesitar y que tal vez, termine
pudriéndose en sus neveras, otros, no poseen ni techo para aislarse, ni agua para beber…
Sin embargo y misteriosamente, el impacto de lo que vivimos nos hace reconocernos aldea
global afectada por lo inesperado. Todas/os llamados a salir de nuestros individualismos, a
procurar el cuidado los unos de los otros.
– Una crisis económica, que pone a tambalear a las grandes potencias, que nos afecta a todos y
que especialmente a los más pobres, los golpea con fuerza. Una crisis que supondrá que en
nuestras decisiones cotidianas hagamos un adecuado control del gasto, que nos situemos con
austeridad frente a los destellos de la sociedad de consumo, que reflexionemos personal y
comunitariamente la manera de vivir una solidaridad real con los más necesitados.
– Un oleaje permanente de migrantes que, forzadas/os por la violencia, por la tiranía de sus
mandatarios, o por la crudeza de la pobreza en sus países, se ve obligado a salir, aun a riesgo
de perder la vida en el mediterráneo, al cruzar el desierto, al borde de la frontera, o sobre la
“bestia” capaz de sepultar dignidad y sueños.
– Un estallido constante de la corrupción, que nos revela una crisis ética enquistada, en todos
los niveles de la sociedad y que deja al descubierto, el afán de tantos de nuestros líderes por
buscar solo su propio interés, aún a costa de la vida y el bienestar de la mayoría.
“Si conocieras
el don de Dios”
Jn. 4, 10
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Tels. + 57 (1) 310 0481 +57 (1) 927 2889 – E- mail: clar@clar.org – Web: www.clar.org
Confederación Latinoamericana
de Religiosos – CLAR
Hagan todo lo que Él diga ¡Ya es la hora!
Un… podríamos seguir enumerando los matices de la realidad, que nos ubican en lo más árido
del desierto. Como Jesús y la Samaritana, buscamos un pozo dónde poder beber. Y resuena con
una fuerza capaz de renovarnos en la esperanza, la expresión de Jesús en el Evangelio del
domingo: “…si conocieras el don de Dios”. Si pudiéramos desentrañar lo que Él en su
desbordado amor puede darnos.
Con Él, estamos llamadas/os a ir hasta lo profundo del pozo. No podemos quedarnos en la
superficie, en el escenario de quienes solo repiten, lo que las inclementes redes sociales no paran
de decir, tampoco podemos empeñarnos en abrigarnos en caparazones que nos den seguridades
que nos impiden ser para los demás, vivir para la vocación para la que hemos sido convocadas/os
y mucho menos deberíamos desestimar el riesgo, relativizar el impacto, abrigadas/os en nuestra
condición de “súper seres humanos”.
Lo nuestro será encontrarnos como hermanas y hermanos, junto al pozo, para hablar, recoger los
datos de nuestra realidad, reflexionar y discernir juntos la manera de situarnos. Será
comprometernos. Eso nos exigirá atención frente a los medios de comunicación, lectura crítica y
contrastada de la información que nos llega. Debemos hacer lectura de fe, que el Evangelio, sea
la óptica desde la cual leemos los acontecimientos.
La misión a la que hemos sido convocadas/os desde nuestra identidad de consagradas y
consagrados, nos pone del lado del cuidado de la vida y nos exige hacer de esta coyuntura, una
plataforma de aprendizaje. ¿Qué aprendemos?, ¿de qué estilos, esquemas y hábitos nos libera?,
¿del lado de quién nos sitúa?, ¿junto a quiénes nos invita a estar, con quiénes solidarizarnos? No
cabe la pasividad, las lamentaciones y mucho menos la indiferencia. Este es un tiempo propicio
para salir de nosotras/os mismos y compartir el agua que tenemos.
Lo que nos corresponde será empeñarnos en el arte del cuidado. Cuidarnos unos a otros y cuidar
de aquellas/os que se nos han confiado. Buscar los medios razonables para el cuidado, sin
exagerar y sin minimizar. Con discernimiento, pensando en el bien común y abiertas/os siempre a
compartir.
Sembremos esperanza, motivemos a la unidad, a la expresión creativa del cariño. Las/os
invitamos a que hagamos un acto de fe, en que el “don de Dios”, se manifiesta hoy y siempre.
Esperemos con confianza, trabajemos con decisión por un mundo mejor y no olvidemos nunca
que lo nuestro es dar la vida.

Página web: www.clar.org

Fuente: Confederación Latinoamericana de Religiosos