Análisis

SERÁS SIEMPRE MI AMIGO

A ti, joven campesino. 

Un buen amigo español, residente en Sucre desde hace algo más de un año, me ha pedido que escriba un artículo sobre la amistad. Me insistió en que plasmara la necesidad de ser fieles y coherentes, evitando convertir a los amigos en el blanco de nuestros desatinos al no corresponder a sus desvelos por nosotros y nuestros problemas.

Cuando yo hago un favor a alguien -me dijo- deseo, no ya que me lo pague, sino que respete nuestra amistad y demuestre con sinceridad interés en cultivarla. Y eso se traduce en multitud de pequeños detalles diarios. Ante todo, que no me desprecie…

En seguida me vinieron a la mente muchas vivencias de amigos en las que estáis involucrados vosotros, chicos del internado. La adolescencia es, ciertamente, una edad de oro para recorrer el largo y sinuoso camino de la afectividad. Camino que, más tarde o más temprano, os llevará a una difícil disyuntiva: optar por la generosidad y gratuidad en la amistad o por el infortunio de unas relaciones grotescas, egoístas y carentes de sentido.

Os confieso que cuando en las homilías de las Eucaristías dominicales debo presentar el mensaje de amor y entrega del Maestro, traduciéndolo a las diversas circunstancias de nuestra vida, me embarga un cierto agobio, al pensar que difícilmente os hará mella. En muchas ocasiones tengo la sensación de que, en vuestras relaciones de compañeros, valoráis más la fuerza y la rivalidad que la delicadeza de una amistad serena, sacrificada y elegante. Quizá por el hecho de ser chicos, varones educados en un contexto machista, conserváis esas ideas peregrinas que consideran los sentimientos nobles como propiedad exclusiva del carácter femenino. Algo que, ciertamente, nos hace pensar a nosotros los adultos en qué medida nos sentimos reflejados.

Pero no. Sería injusto con vosotros si tales pensamientos alimentaran demasiado negativamente mi ánimo. Un día y otro soy testigo, a veces sorprendido, de esos pequeños detalles que labran y maduran vuestra amistad, como pedía mi buen amigo español. Detalles que hacen creíbles, convincentes, estos años de crecimiento humano, intelectual y espiritual. Hacen creíble vuestra adolescencia.

No dejéis que la amarga planta de la indiferencia se adueñe de vuestro aprecio por los demás. No lo permitáis, queridos chavales. Consentiros, eso sí, desplegar una especial sensibilidad con ese amigo, el más amigo, confidente y acompañante en los momentos gozosos y, sobre todo, en los torpes y tortuosos. Y recordad que amigos, auténticos amigos, hay pocos. Nos sobran dedos en la mano para contarlos.

No hace mucho, uno de vosotros me dijo confiadamente:

Padrecito, aconséjeme. Ya varios amigos míos, de los buenos, tuvieron que ausentarse. Desaparecieron, no por su propia voluntad. Parece que resulta imposible tener cerca a los mejores. He pensado que lo ideal es no arriesgarse a tener amigos. No encariñarse con nadie. Al final… ¡terminan lejos!

Puede que sea cierto. Que una inexorable ley de la vida haga que los mejores se desvanezcan. Quien tenga este noble sentimiento de abandono, como es el caso del compañero que me habló, nada contracorriente en este mar, en esta sociedad, que suele tejer las historias de amistad con fríos cálculos y sutiles desprecios. Humillantes historias plagadas de desencuentros, violaciones, venganzas y todo un sinfín de descalabros.

Por favor, no renunciéis a creer en la amistad. A buscar y querer al amigo sincero. Sin miedo al mañana. Disfrutando la alegría del encuentro de hoy.

La verdadera amistad -respondí- pervive más allá del tiempo y la distancia. Su recuerdo, sus efectos, nunca mueren. Sé capaz de decirle un día a alguien: “Serás siempre mi amigo”. Habrás pagado el precio de la felicidad.

Mi amigo español me pidió que escribiera un artículo. Sobre ese generoso riesgo que llaman amistad.